Distintas formas de irse del país


Mucho se ha discutido, en estos días y en los últimos años, sobre las empresas y personas que se han ido del país o que piensan hacerlo. Quisiera agregar a esta discusión un complemento que considero fundamental: los argentinos que vivimos en el territorio nacional también estamos todo el tiempo yéndonos de distintas maneras. En un país con una fuerte impronta estadocéntrica, se consolida un proceso según el cual todo sucede cada vez más por fuera de la órbita del Estado. Las personas, aún sin abandonar el territorio de la Argentina, abandonan su aparato institucional.

     El caso más resonante y discutido tiene que ver con el ahorro. Al momento de guardar recursos para el futuro, los argentinos no sólo se escapan de la moneda nacional, sino también del sistema financiero. El ahorro se realiza en billetes de moneda extranjera, guardados en cajas de seguridad, colchones y otros tantos escondites cada vez más rebuscados e insólitos.

     Además, un porcentaje creciente del trabajo y de la actividad económica se produce por fuera de la órbita del Estado. El sistema oficial establece unos parámetros exigentes, pero se aplica a un universo en declinación, mientras predominan formas de interacción económica informal y semi-informal. Hace unos años, por ejemplo, se decía que la Argentina tenía un buen salario mínimo. Esto ya no es así, pero es interesante señalar que, incluso en aquel momento, la figura llamada “salario mínimo” no nos permitía hacernos una idea correcta sobre los ingresos de los argentinos, puesto que su área de aplicación era muy acotada. Las estadísticas de ingresos (publicadas como estadísticas de pobreza) nos brindaban un panorama que no se correspondía con lo sugerido por la idea de un buen salario mínimo.

     En materia de seguridad, la fuga y privatización también es creciente. La idea de “seguridad privada” nos remite inmediatamente a celebridades, políticos y grandes empresarios. Sin embargo, todos los seres humanos procuramos por nuestra seguridad de manera privada, lo cual se exacerba y profundiza cuando creemos que el Estado no lo hará, ya sea por falta de interés o de capacidad. Nos mudamos de barrio o de ciudad, ponemos rejas y alarmas, adaptamos nuestros horarios, pagamos taxis porque se hizo de noche, dejamos de ir a ciertos lugares, hacemos extensos rodeos en nuestros recorridos, establecemos protocolos de ingreso y egreso a nuestras casas, fijamos pautas de cuidado mutuo entre amigos y familiares, pagamos seguros, pagamos servicios de todo tipo, estamos con la guardia alta gran parte del día. Sumando todas estas cosas, podemos hacernos una idea del nivel de privatización de la seguridad. Si solamente denunciamos un robo cuando el cobro de un seguro privado nos lo exige, hemos llegado a un nivel de desconfianza en las instituciones casi completo.

     Con respecto a la justicia, mucho se ha discutido en los últimos años sobre los siguientes fenómenos: los linchamientos y los escraches. Hay quienes defienden los linchamientos y critican los escraches, y viceversa. No creo que esta discusión sea la más interesante. Lo central es que se trata de dos formas de privatización de la justicia. Además de informales, estas formas de justicia son innegablemente desordenadas e incluso cruentas. No las defiendo bajo ningún aspecto. Me limito a decir que responden a la convicción de que las instituciones no tienen interés o capacidad de dar una respuesta a ciertos problemas.

     Por último, menciono el ejemplo de la educación. En este ámbito se viene produciendo una doble fuga. Por un lado, del colegio público al privado. Por otro lado, del sistema educativo (público y privado) a una especie de gran sistema complementario de clases particulares e institutos privados. La magnitud de esta segunda fuga es muy superior a la que pudiera sospecharse a partir de los debates públicos. La enseñanza de idiomas, la preparación para la universidad y la propia enseñanza del currículum escolar suceden en estos espacios en un nivel muy significativo y creciente.

     Estos son algunos de los casos (tal vez los más notables, pero no los únicos) que conforman este proceso de fugas internas, este ejercicio de abandonar las instituciones del país, sin abandonar el territorio. Entonces, además de la eventual salida de empresas y personas que se trasladan a otras latitudes, deberíamos discutir por qué los argentinos que vivimos en el país tampoco estamos del todo en él. Vivimos parcialmente es un enorme sistema paralelo que tiene sus propias conductas, lógicas e interacciones. Esto no sólo implica que todo debe pagarse dos o tres veces, sino que solamente acceden a ciertos bienes quienes tienen la capacidad de pagarlos dos o tres veces.    




Publicado por Tercer Cajón - Franco Puricelli

Versos, historias y reflexiones. Te invito a visitar mi blog "Tercer Cajón".

2 comentarios sobre “Distintas formas de irse del país

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