Sobre el debate de la meritocracia


Lo curioso del debate de la meritocracia es que cada una de las partes (pro y contra) se esmera en refutar un punto de vista que no es el que verdaderamente defiende la otra. Por un lado, los detractores de la meritocracia aclaran una y otra vez que no es cierto que los pobres sean pobres por falta de esfuerzo. Sin embargo, los defensores de la meritocracia no dicen eso. No afirman que nuestra sociedad esté organizada actualmente en base al mérito, sino todo lo contrario. En su opinión, el problema de nuestra sociedad es que está organizada en base al acomodo político y a los negocios con el estado.

     Por otro lado, los defensores de la meritocracia objetan a sus adversarios el defender una especie de modelo soviético, según el cual el ascenso social viene determinado por la fidelidad al partido de gobierno y no por la idoneidad o el esfuerzo. Sin embargo, los detractores de la meritocracia tampoco proponen esto. Lo que dicen es que el estado debería apoyar a los sectores sociales más desprotegidos. Así pues, cada facción está tan profundamente sumergida en su propia trinchera que no alcanza a advertir que no está respondiendo a los argumentos de la otra.

     Esto no significa que no tengan verdaderos desacuerdos, significa que no los están discutiendo. Por ejemplo, los defensores de la meritocracia parecen sostener que el principal culpable de la pobreza es el estado, mientras que los detractores parecen sostener que el principal culpable es el mercado. Entonces, la pregunta es si los pobres son pobres porque el estado no los apoya lo suficiente o porque la sociedad estadocéntrica no genera suficientes oportunidades. Así planteado, el debate sigue siendo muy general. Pero implica ya una mejoría respecto de la discusión sobre la meritocracia.  

     En mi opinión, deberíamos discutir la organización interna del estado y su participación en la dinámica social. En lo que respecta a la organización interna, creo que tiene sentido debatir el lugar que el mérito debe ocupar en la conformación del estado. Por ejemplo, quizás todos estemos de acuerdo en que los docentes de escuelas y universidades deben elegirse por formación y no por fidelidad al partido de gobierno. Tenemos aquí una cierta dosis de meritocracia. ¿Debe ampliarse esta lógica a otras áreas del estado? ¿Debe repudiarse esta lógica en todos los casos, incluidos los docentes?

    Otro ejemplo: supongamos que yo he ganado competencias internacionales de confección de castillos de naipes y que tengo un pariente que es funcionario público. Este funcionario me contrata para hacer castillos de naipes en todos los edificios y oficinas bajo su autoridad. Nadie puede poner en duda mi idoneidad para realizar la tarea, pero puede ponerse en duda la pertinencia de la tarea. Discutir el mérito es discutir la idoneidad de la persona y la pertinencia de la tarea.  

     En lo que respecta a la participación del estado en la dinámica social, los puntos de vista posibles son varios. Algunos ejemplos: A) el estado debe limitarse a prestar seguridad y justicia; B) a lo anterior debe agregarse salud, educación e infraestructuras públicas; C) a lo anterior deben agregarse regulaciones del sector privado, transferencias de dinero a favor de ciertos sectores sociales y discriminaciones positivas; D) el estado debe organizar toda la dinámica social.

     Se trata, evidentemente, de una simplificación. Por un lado, estas no son todas las posibilidades. Por otro lado, podemos estar de acuerdo en alguna de estas fórmulas generales y no estar de acuerdo en su implementación, por ejemplo, estar de acuerdo en que el estado debe garantizar la educación y no estar de acuerdo en cómo debe hacerlo. En cualquier caso, mientras insistimos en intercambiar frases hechas sobre la meritocracia, el debate sobre estas cuestiones permanece en un estado de vaguedad bastante desalentador. Las partes enfrentadas en estos intercambios parecen estar cómodas con la situación, ya que les permite oponerse a una caricatura de las ideas del otro, fácil de ridiculizar, y porque de este modo se evitan dar definiciones más concretas sobre temas complejos. Cuando esta lógica se traslada a la alta dirigencia política, sucede algo muy peculiar: conocemos mejor las reacciones de nuestros políticos ante ciertos fenómenos y discursos que sus ideas respecto del estado y la sociedad. 




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Publicado por Tercer Cajón - Franco Puricelli

Versos, historias y reflexiones. Te invito a visitar mi blog "Tercer Cajón".

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