Una mentira nunca es estrictamente “una” mentira, ya que toda modificación de un hecho implica la modificación de otros. Si miento sobre mi ubicación, debo mentir sobre mis acciones. Si miento sobre mis acciones, debo mentir sobre las consecuencias de dichas acciones. Por eso, quien miente sobre un hecho particular se ve obligado casi siempre a construir un entramado de mentiras: no puede cambiar un solo elemento, sino que debe reestructurar una red de circunstancias. A la hora de elaborar este entramado de hechos alternativos, el mentiroso suele apoyarse en aquellas cosas que supone que su interlocutor ignora, de modo tal que miente decididamente sobre aquello que el otro no sabe y trata de respetar en cambio los hechos conocidos. El problema es que no siempre puede saber con precisión qué cosas ignora su interlocutor, y mucho menos puede saber de cuáles se enterará en el futuro. La mayor parte de las mentiras suelen sucumbir frente a este escollo.
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