Nos despertamos cada mañana
dispuestos a dominar
el artefacto de la vida.
Pero después de siglos y milenios
seguimos sin encontrar
el manual de instrucciones.
Imagen tomada de Unsplash
Nos despertamos cada mañana
dispuestos a dominar
el artefacto de la vida.
Pero después de siglos y milenios
seguimos sin encontrar
el manual de instrucciones.
Imagen tomada de Unsplash
I
Teniendo tantas piezas para maltratar
nos duele la vida siempre
en los mismos lugares.
II
En la fortaleza del miedo
estamos a salvo de todo
también de la felicidad.
III
Las palabras son sólo palabras
se parecen poco a las cosas reales
pero nos pueden hacer saltar de la silla.
IV
Hagamos como si nada pasara
y casi siempre
tendremos razón.
Imagen tomada de Unsplash
Una mentira nunca es estrictamente “una” mentira, ya que toda modificación de un hecho implica la modificación de otros. Si miento sobre mi ubicación, debo mentir sobre mis acciones. Si miento sobre mis acciones, debo mentir sobre las consecuencias de dichas acciones. Por eso, quien miente sobre un hecho particular se ve obligado casi siempre a construir un entramado de mentiras: no puede cambiar un solo elemento, sino que debe reestructurar una red de circunstancias. A la hora de elaborar este entramado de hechos alternativos, el mentiroso suele apoyarse en aquellas cosas que supone que su interlocutor ignora, de modo tal que miente decididamente sobre aquello que el otro no sabe y trata de respetar en cambio los hechos conocidos. El problema es que no siempre puede saber con precisión qué cosas ignora su interlocutor, y mucho menos puede saber de cuáles se enterará en el futuro. La mayor parte de las mentiras suelen sucumbir frente a este escollo.
Imagen tomada de Unsplash
Queremos ser animales racionales. Queremos que nuestra capacidad intelectual oriente las decisiones que tomamos, los valores que asumimos, las ideas que defendemos. Pero nuestro intelecto es un mandatario bastante débil y poco disciplinado. Se distrae con el zumbido de un mosquito, flaquea ante el hambre y el cansancio. En el gobierno de nosotros mismos, tal vez deberíamos apelar a una división de poderes.
Imagen tomada de Unsplash
Observo los rostros
uno por uno.
Los cuerpos vestidos, categóricos
montados en máquinas rodadas
sobrevolando es asfalto.
¿Solamente a mí me cuesta
cargar con el peso de este día?
Todos parecen enteros, contenidos en sus límites
¿Estarán, cómo yo,
a punto de romperse en pedazos?
Imagen tomada de Unsplash
Quien genuinamente cree en el más allá, ¿puede genuinamente angustiarse por los infortunios menores de esta vida? Esas personas que no se preocupan por nada, que olvidan por igual sus deudas y sus acreencias, son las que en verdad confían en la vida eterna, aunque no lo sepan. Creer en la vida eterna y creer solamente en el ahora son en cierto modo la misma cosa.
Imagen tomada de Unsplash
En el ámbito del conocimiento, todos los esfuerzos deberían estar orientados a la enseñanza del llamado pensamiento crítico, que no debe confundirse con el acto de criticar. El ejercicio de la disidencia no establece por sí mismo un conocimiento, como tampoco lo hace el mero ejercicio del acuerdo. La afirmación “la Tierra es plana” fue en el pasado objeto de acuerdo y en el presente objeto de disidencia, pero en ambos casos igualmente falsa. La confusión del pensamiento crítico con la mera disidencia es una de las grandes tragedias intelectuales de nuestro tiempo.
Un elemento fundamental del pensamiento crítico es la vocación de atenerse a los hechos por sobre nuestros deseos, intereses y prejuicios. Atenerse a los hechos no es tan simple como parece y exige una serie de virtudes: memoria, observación, atención, coherencia, reflexión, conceptualización, claridad expresiva, paciencia, flexibilidad. Nada de esto es simplemente natural, por el contrario, estas virtudes se desarrollan en oposición a unos cuantos de nuestros instintos más arraigados.
En el ámbito moral, la principal enseñanza debería ser la siguiente: el odio y la intolerancia son actitudes miserables y dignas de vergüenza. Nada hay más absurdo y patético que la actual costumbre de exhibir nuestros odios como medallas o incluso como rasgos identitarios. Por el contrario, lo verdaderamente digno de reconocimiento es la capacidad para no odiar cosmovisiones y discursos con los que no estamos de acuerdo, ya que la vida contemporánea exige precisamente que la firmeza a la hora de defender nuestro punto de vista se complemente con la flexibilidad para compartir el espacio común con otros y aprender de ellos.
En este contexto, perder los estribos porque alguien dice algo que consideramos falso o perjudicial no tiene nada de meritorio y resulta incluso ridículo, ya que esto nos sucederá todo el tiempo si vivimos en una democracia con libertad de expresión. Por otra parte, si defendemos nuestras ideas con convicción, pero con una actitud respetuosa hacia los demás, siempre podremos corregirnos sin poner en cuestión nuestro orgullo o nuestra identidad. En cambio, si expresamos abiertamente odio hacia quienes no ven la realidad como nosotros, estamos generando condiciones e incentivos para no revisar nunca más nuestras ideas, ya que cualquier corrección nos haría parecernos un poco a esas personas a las que hemos dirigido nuestro odio. De este modo, el odio nos condena al dogmatismo y a la repetición.
Por último, en el ámbito emocional, lo más importante que debemos aprender es a tranquilizarnos de una manera sana. La importancia de esta sabiduría emocional se ha menospreciado históricamente, pero es quizás la que necesitamos con mayor frecuencia y nuestro destino depende más de ella que de ninguna otra. El entorno nos da motivos para la angustia y la intranquilidad a cada minuto, y no parece posible ni humano que nos mantengamos imperturbables en semejante situación. Por eso resulta difícil encontrar algo más indispensable para nosotros que la capacidad de tranquilizarnos y de mantener un rumbo entre los vaivenes de la marea, la capacidad de crear espacios de calma que no conlleven un daño para nosotros ni para los demás.
Las maneras que encontramos de tranquilizarnos, beneficiosas o perjudiciales, reparadoras o dañinas, nos definirán más que ninguna otra cosa: somos lo que nos calma. Nada es tan crucial como ejercitar los músculos de la tranquilidad, la paciencia y la atención, sin los cuales estaremos por completo entregados a un mundo que nos arrastrará impiadosamente de un lado a otro.
Estas enseñanzas pueden tal vez resumirse en una sola: reconocer los propios límites y la propia fragilidad. La plena conciencia de nuestra finitud, un hecho tan indiscutible como frecuentemente olvidado, nos mantiene predispuestos a admitir nuestros errores, a recordar que necesitamos la ayuda de los demás y a recordar que tenemos el control de muy pocas cosas. Toda la sabiduría humana se construye a partir de estos humildes materiales.
Imagen tomada de Unsplash
Soy muchas cosas, pero en lo más profundo de mi alma soy una persona triste. Inexplicable e irremediablemente triste. La vida me colmó de privilegios, pero yo enfrento cada mañana desde un dolor que no puedo entender, desde una soledad que asumo como si fuera una más de mis extremidades. Al mismo tiempo, soy también el cotidiano y sostenido esfuerzo de no mirar el mundo con los ojos de la tristeza, de no proyectar las incapacidades de mi espíritu en el rostro de los demás. Trato de no temerle al sufrimiento y de no pedirle explicaciones a la felicidad.
Imagen tomada de Unsplash
¿Dónde está el mar? ¿Dónde la montaña y el río?
Somos un pueblo de espíritu sencillo
de árboles genealógicos breves
usted dirá de gente bruta y sin historia
El destino nos ha clavado en esta llanura inmensa
nos ha abandonado silenciosamente
sin armaduras ni murallas
en esta galería de hostilidades
¿Dónde está el mar? Lo hemos hecho todo
hemos domesticado las mugres del otoño
pusimos en orden las bolsas de plástico
hicimos cercos y caminos, casas con puertas y ventanas
¿Dónde la montaña y el río? Tuvimos hijos
nos reinventamos una y mil veces
hemos nacido todo lo nacible
y hemos muerto también todo lo morible
Hicimos los sacrificios que demanda la cordura
fijamos los límites, elevamos un altar a la lógica
porque queríamos ser una gran nación
y que la naturaleza se inclinara ante nuestros prodigios
Pero estamos aquí, en la soledad más pura
preguntando por el mar, la montaña y el río
como si nos aferráramos a una vieja promesa
que jamás escuchamos, que nunca nadie nos hizo.
Imagen tomada de Unsplash
Es un error pensar que la locura se quedará sentada en un rincón: su propia naturaleza la impulsa a expandirse. Para lograr esto, no necesita reclamar todo de una vez, no tiene que expresar abiertamente su vocación de dominio. Basta con que exija una pequeña porción que no le corresponda. La cordura, que detesta entrar en conflicto por nimiedades, preferirá ceder ese espacio.
Ahora bien, tanto como odia el conflicto, la cordura ama la coherencia. Entonces, una vez admitida la primera excepción, tendrá que reordenar el conjunto, porque la locura se habrá apoderado de una parte que no le pertenecía y eso obligará a crear un esquema de ajustes y compensaciones que vuelva a establecer el equilibrio perdido. Este esfuerzo de reordenación acabará produciendo un completo sistema de la locura.
Así pues, la locura tan sólo realiza un pequeño gesto inicial y luego deja que la cordura haga el resto del trabajo. Aprovecha para esto la principal debilidad de su adversaria: la sensación de omnipotencia. La pobre cordura no deja de creer que puede acomodar las cosas y la fuerza de su empuje arrastra todo al dominio de la locura.
Imagen tomada de Unsplash