Animales racionales


Queremos ser animales racionales. Queremos que nuestra capacidad intelectual oriente las decisiones que tomamos, los valores que asumimos, las ideas que defendemos. Pero nuestro intelecto es un mandatario bastante débil y poco disciplinado. Se distrae con el zumbido de un mosquito, flaquea ante el hambre y el cansancio. En el gobierno de nosotros mismos, tal vez deberíamos apelar a una división de poderes.



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Eternidad


Quien genuinamente cree en el más allá, ¿puede genuinamente angustiarse por los infortunios menores de esta vida? Esas personas que no se preocupan por nada, que olvidan por igual sus deudas y sus acreencias, son las que en verdad confían en la vida eterna, aunque no lo sepan. Creer en la vida eterna y creer solamente en el ahora son en cierto modo la misma cosa.  



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Sobre las cosas que deben enseñarse


En el ámbito del conocimiento, todos los esfuerzos deberían estar orientados a la enseñanza del llamado pensamiento crítico, que no debe confundirse con el acto de criticar. El ejercicio de la disidencia no establece por sí mismo un conocimiento, como tampoco lo hace el mero ejercicio del acuerdo. La afirmación “la Tierra es plana” fue en el pasado objeto de acuerdo y en el presente objeto de disidencia, pero en ambos casos igualmente falsa. La confusión del pensamiento crítico con la mera disidencia es una de las grandes tragedias intelectuales de nuestro tiempo.

Un elemento fundamental del pensamiento crítico es la vocación de atenerse a los hechos por sobre nuestros deseos, intereses y prejuicios. Atenerse a los hechos no es tan simple como parece y exige una serie de virtudes: memoria, observación, atención, coherencia, reflexión, conceptualización, claridad expresiva, paciencia, flexibilidad. Nada de esto es simplemente natural, por el contrario, estas virtudes se desarrollan en oposición a unos cuantos de nuestros instintos más arraigados.

En el ámbito moral, la principal enseñanza debería ser la siguiente: el odio y la intolerancia son actitudes miserables y dignas de vergüenza. Nada hay más absurdo y patético que la actual costumbre de exhibir nuestros odios como medallas o incluso como rasgos identitarios. Por el contrario, lo verdaderamente digno de reconocimiento es la capacidad para no odiar cosmovisiones y discursos con los que no estamos de acuerdo, ya que la vida contemporánea exige precisamente que la firmeza a la hora de defender nuestro punto de vista se complemente con la flexibilidad para compartir el espacio común con otros y aprender de ellos.

En este contexto, perder los estribos porque alguien dice algo que consideramos falso o perjudicial no tiene nada de meritorio y resulta incluso ridículo, ya que esto nos sucederá todo el tiempo si vivimos en una democracia con libertad de expresión. Por otra parte, si defendemos nuestras ideas con convicción, pero con una actitud respetuosa hacia los demás, siempre podremos corregirnos sin poner en cuestión nuestro orgullo o nuestra identidad. En cambio, si expresamos abiertamente odio hacia quienes no ven la realidad como nosotros, estamos generando condiciones e incentivos para no revisar nunca más nuestras ideas, ya que cualquier corrección nos haría parecernos un poco a esas personas a las que hemos dirigido nuestro odio. De este modo, el odio nos condena al dogmatismo y a la repetición.

Por último, en el ámbito emocional, lo más importante que debemos aprender es a tranquilizarnos de una manera sana. La importancia de esta sabiduría emocional se ha menospreciado históricamente, pero es quizás la que necesitamos con mayor frecuencia y nuestro destino depende más de ella que de ninguna otra. El entorno nos da motivos para la angustia y la intranquilidad a cada minuto, y no parece posible ni humano que nos mantengamos imperturbables en semejante situación. Por eso resulta difícil encontrar algo más indispensable para nosotros que la capacidad de tranquilizarnos y de mantener un rumbo entre los vaivenes de la marea, la capacidad de crear espacios de calma que no conlleven un daño para nosotros ni para los demás.

Las maneras que encontramos de tranquilizarnos, beneficiosas o perjudiciales, reparadoras o dañinas, nos definirán más que ninguna otra cosa: somos lo que nos calma. Nada es tan crucial como ejercitar los músculos de la tranquilidad, la paciencia y la atención, sin los cuales estaremos por completo entregados a un mundo que nos arrastrará impiadosamente de un lado a otro.

Estas enseñanzas pueden tal vez resumirse en una sola: reconocer los propios límites y la propia fragilidad. La plena conciencia de nuestra finitud, un hecho tan indiscutible como frecuentemente olvidado, nos mantiene predispuestos a admitir nuestros errores, a recordar que necesitamos la ayuda de los demás y a recordar que tenemos el control de muy pocas cosas. Toda la sabiduría humana se construye a partir de estos humildes materiales.



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Cosas que soy


Soy muchas cosas, pero en lo más profundo de mi alma soy una persona triste. Inexplicable e irremediablemente triste. La vida me colmó de privilegios, pero yo enfrento cada mañana desde un dolor que no puedo entender, desde una soledad que asumo como si fuera una más de mis extremidades. Al mismo tiempo, soy también el cotidiano y sostenido esfuerzo de no mirar el mundo con los ojos de la tristeza, de no proyectar las incapacidades de mi espíritu en el rostro de los demás. Trato de no temerle al sufrimiento y de no pedirle explicaciones a la felicidad. 



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Mar, montaña y río


¿Dónde está el mar? ¿Dónde la montaña y el río?

Somos un pueblo de espíritu sencillo

de árboles genealógicos breves

usted dirá de gente bruta y sin historia


El destino nos ha clavado en esta llanura inmensa

nos ha abandonado silenciosamente

sin armaduras ni murallas

en esta galería de hostilidades


¿Dónde está el mar? Lo hemos hecho todo

hemos domesticado las mugres del otoño

pusimos en orden las bolsas de plástico

hicimos cercos y caminos, casas con puertas y ventanas


¿Dónde la montaña y el río? Tuvimos hijos

nos reinventamos una y mil veces

hemos nacido todo lo nacible

y hemos muerto también todo lo morible


Hicimos los sacrificios que demanda la cordura

fijamos los límites, elevamos un altar a la lógica

porque queríamos ser una gran nación

y que la naturaleza se inclinara ante nuestros prodigios


Pero estamos aquí, en la soledad más pura

preguntando por el mar, la montaña y el río

como si nos aferráramos a una vieja promesa

que jamás escuchamos, que nunca nadie nos hizo.



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El dominio de la locura


Es un error pensar que la locura se quedará sentada en un rincón: su propia naturaleza la impulsa a expandirse. Para lograr esto, no necesita reclamar todo de una vez, no tiene que expresar abiertamente su vocación de dominio. Basta con que exija una pequeña porción que no le corresponda. La cordura, que detesta entrar en conflicto por nimiedades, preferirá ceder ese espacio.

Ahora bien, tanto como odia el conflicto, la cordura ama la coherencia. Entonces, una vez admitida la primera excepción, tendrá que reordenar el conjunto, porque la locura se habrá apoderado de una parte que no le pertenecía y eso obligará a crear un esquema de ajustes y compensaciones que vuelva a establecer el equilibrio perdido. Este esfuerzo de reordenación acabará produciendo un completo sistema de la locura.

Así pues, la locura tan sólo realiza un pequeño gesto inicial y luego deja que la cordura haga el resto del trabajo. Aprovecha para esto la principal debilidad de su adversaria: la sensación de omnipotencia. La pobre cordura no deja de creer que puede acomodar las cosas y la fuerza de su empuje arrastra todo al dominio de la locura.



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Visión de conjunto


Tener conciencia es tener una visión de conjunto: disponer las cosas en un orden reflexivo y no meramente estimulativo.

¿Cómo se gana algo un lugar en la galería de los problemas?

La conciencia es un regalo maravilloso que se agradece aprendiendo a caminar con dolor.

¿Tiene respuesta la pregunta del deseo? ¿No será el deseo una más de esas seudo preguntas que denuncian los lógicos?

La naturaleza aborrece la desdicha. Acepta con gusto la enfermedad y la indiferencia, pero no sabe qué hacer con la tristeza y la duda.



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Revelaciones


1- Ocupas mucho tiempo y esfuerzo en ocultar a los demás aquellos rasgos o peculiaridades tuyas que supones que podrían encontrar desagradables. Lo curioso es que ellos no dejan de percibir igualmente eso que intentas disimular, y que no les importa en absoluto.

    2- La variedad y complejidad de las formas orgánicas da cuenta de una astucia que nos motiva a pensar en los seres vivos como estructuras orientadas a un fin. Nos desconcierta advertir que ese fin podría no ser otro que la vida misma.

    3- De poco te sirve aprender a repetir verdades si no puedes pensarlas por ti mismo. De poco te sirve pensar por ti mismo si todos tus pensamientos son falsos.

    4- Hay quienes afirman que la realidad es un producto de nuestro discurso, un fenómeno enteramente textual. Por desgracia, la gente tiene la mala costumbre de seguir diciendo que los mosquitos pican y que los automóviles atropellan.

    5- ¿Hay que descubrir primero el alma en uno mismo para luego descubrirla en los demás? ¿Hay que descubrir primero el alma en los demás para luego descubrirla en uno mismo? Lo importante es advertir, tan pronto como sea posible, que todas las almas pertenecen a una misma estirpe.



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    Una cosa y la otra


    El mundo se anuncia a mis sentidos. Me obliga con ello a saber que yo también existo. Pero no me dice qué hacer con mi existencia.

    Siento un deseo en mí que no conozco. Lo observo como al cuerpo vacío de un extraño. Pero este deseo sin nombre soy yo mismo.

    Hay una fe oculta en todo lo que hacemos. En cada movimiento de nuestras manos vivas. Pero esta vida que nos une también se nos escapa.



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