El año de la peste


Trataré de no molestar.

No hablaré de las palabras

ni de las miserias del poema.


Hablaré, por ejemplo

de este año infame

pero sin decir nada.


No narraré las historias

no describiré la peste y el encierro

no contaré muertos ni sobrevivientes.


No intentaré borronear con palabras

la espera infinita

las cosas que ya todos han visto.


El minucioso barrido

de suciedades invisibles

el acoso microscópico.


No intentaré explicar

la sensación de estar invadidos

por nosotros mismos.




La agenda del dictador


Otros líderes podrán decir que gobiernan países más ricos y poderosos, pero no como él gobierna el suyo, no con el mismo nivel de detalle. Tienen que dejar que la gente tome sus propias decisiones, tienen que compartir el poder. En la medida en que van cediendo el control de las cosas, terminan renunciando a toda pretensión de cambiar el mundo.

     Su agenda podrá parecer humilde en comparación con la de otros gobernantes: nada de reuniones con figuras internacionales, nada de grandes acuerdos de comercio. Pero él decide con qué tipo de sartén deben cocinar los habitantes de su país y hasta se toma el tiempo de grabar un video explicando cómo usarla. Decide cómo debe prepararse el desayuno, cuál es la mejor manera de enmendar un pantalón agujereado y qué adornos deben ponerse en una sala de estar.

     En algún momento, cuando daba sus primeros pasos como dictador, él también tuvo una agenda como la de sus pares. Pero pronto advirtió que, si firmaba acuerdos de comercio, no podía decidir el precio de las naranjas, y si se ocupaba del precio de las naranjas, no tenía tiempo para los asuntos que realmente le interesaban.

     Guiado por este razonamiento, fue simplificando la vida de su país hasta que finalmente pudo ocuparse de todo, se convirtió en el más poderoso y al mismo tiempo más insignificante de los líderes mundiales. Es imposible cambiar el mundo si se permite a la gente tomar sus propias decisiones, si se cede el control en temas tan delicados como la preparación del desayuno o la decoración de las salas de estar.




Carrera soñada


Un día soy joven, me acuesto a dormir lleno de ambiciones y proyectos. Voy a la universidad, paso horas y horas sentado, descifrando un mundo desconocido. Me recibo con honores. Monto un pequeño estudio en una oficina lejana, inaccesible. Llegan los primeros clientes, tengo muchísimo tiempo para dedicarles, me recomiendan a sus vecinos. Mudo la oficina al centro de la ciudad, contrato empleados. Tengo un profesional recién recibido que me prepara el café, tengo otro que hace mandados. El estudio se mueve con la precisión de un reloj, me sobra tiempo como para ampliar mis horizontes y hacer negocios. Me enriquezco. La gente se amontona para sacarle fotos a mi auto nuevo. Soy un profesional respetado, un empresario exitoso, un marido ejemplar, un padre de familia. Me tientan con la política, rechazo todo tipo de cargos y candidaturas. La gente me admira. Mis nietos quieren venir a casa después del colegio. Despierto. Mi deslumbrante carrera no había sido más que un sueño. Respiro aliviado: soy joven otra vez.  




Autoconocimiento


Parece mentira que tengamos que investigar nuestro propio cuerpo, como si fuera una especie de electrodoméstico del cual podemos hacer perfecto uso, pero cuyos mecanismos internos desconocemos por completo.

     El conocimiento que necesitamos para hacer uso de un televisor es ínfimo comparado con el conocimiento necesario para repararlo, y este último sigue siendo ínfimo frente al necesario para diseñarlo y producirlo. Con el cuerpo humano sucede algo parecido, pero en este caso el electrodoméstico somos nosotros mismos. Las roturas de nuestro cuerpo son nuestras propias roturas, el desconocimiento de lo que sucede con los alimentos cuando los ingerimos es el desconocimiento de lo que sucede en el interior de nosotros mismos, los misterios de la actividad cerebral son los misterios de nuestra propia actividad.

     Es extraño que nos suceda esto, nunca terminamos de acostumbrarnos a que el cuerpo nos resulte a la vez tan propio y tan ajeno, lo cual se refleja en las distintas maneras que tenemos de referirnos a él. A veces lo identificamos plenamente con nosotros y hablamos de él simplemente como una forma de decir nuestro nombre, a veces lo tratamos como un objeto que nos pertenece y que no puede más que obedecer nuestros designios, a veces se nos presenta como un extraño, como un conjunto de mecanismos arbitrarios y de fuerzas misteriosas que nos impone una lógica que desconocemos y detestamos. En estos momentos, advertimos la humillante verdad de que ser nosotros mismos es también ser otra cosa. No existe manera humana de digerir semejante verdad, aunque existan muchas maneras de olvidarla por algunas horas o días.




Urbano


La ciudad tiene esa cosa mágica.

Las bolsas de plástico

trazando figuras en el aire

La resignación de las hojas

aplastadas por la lluvia.


No saber cuánta gente pasó

Dejarse enseñar cosas nuevas

por un recién llegado

Que la vista nunca te alcance

para abarcarlo todo.


Y de pronto un ruido cualquiera

o las luces brillantes de un cartel

alguna distracción

completando la trampa mortal

de las veredas rotas. 




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El monstruo y el héroe


El monstruo invadió nuestras tierras, rodeó nuestras ciudades con sus ejércitos del mal. Cuando la rendición se hizo inminente, nos preguntamos cuánto nos costaría aquella derrota.

     El enemigo impuso sus normas y estilo de vida: muchos fueron sometidos a la esclavitud, otros no advirtieron ningún cambio, unos pocos fueron astutamente promovidos y pasaron a formar parte de la burocracia invasora.

     Un día, el héroe llegó a nuestras tierras, rodeó con sus ejércitos del bien nuestras ciudades ocupadas por ejércitos del mal. Cuando la expulsión del enemigo se hizo inminente, nos preguntamos cuánto nos costaría esta salvación.  




Dos poemas


Publicados en la revista Río Arga, nro. 142.


Febrero


No te dabas cuenta de lo que hacías

tenías los pies encajados

en esos zapatos diminutos

y un vestido tan gris

como la madrugada.


Desapareciste

detrás de muros y ventanas

llevándote para siempre

entre los zapatos

un pedazo de aquella esquina.


Y sin darte cuenta

dibujaste con tu vestido

en el aire

un camino entre aquella noche

y estos versos.




El amor


Acaso la sospecha

de una vida más oscura

sin la sensación del cuerpo amado.


Acaso el constante regreso

de una serie de gestos

celebrados cada vez como la última.


Acaso la observación

de un rostros que hace su vida

y que salva la nuestra.