Autoconocimiento


Parece mentira que tengamos que investigar nuestro propio cuerpo, como si fuera una especie de electrodoméstico del cual podemos hacer perfecto uso, pero cuyos mecanismos internos desconocemos por completo.

     El conocimiento que necesitamos para hacer uso de un televisor es ínfimo comparado con el conocimiento necesario para repararlo, y este último sigue siendo ínfimo frente al necesario para diseñarlo y producirlo. Con el cuerpo humano sucede algo parecido, pero en este caso el electrodoméstico somos nosotros mismos. Las roturas de nuestro cuerpo son nuestras propias roturas, el desconocimiento de lo que sucede con los alimentos cuando los ingerimos es el desconocimiento de lo que sucede en el interior de nosotros mismos, los misterios de la actividad cerebral son los misterios de nuestra propia actividad.

     Es extraño que nos suceda esto, nunca terminamos de acostumbrarnos a que el cuerpo nos resulte a la vez tan propio y tan ajeno, lo cual se refleja en las distintas maneras que tenemos de referirnos a él. A veces lo identificamos plenamente con nosotros y hablamos de él simplemente como una forma de decir nuestro nombre, a veces lo tratamos como un objeto que nos pertenece y que no puede más que obedecer nuestros designios, a veces se nos presenta como un extraño, como un conjunto de mecanismos arbitrarios y de fuerzas misteriosas que nos impone una lógica que desconocemos y detestamos. En estos momentos, advertimos la humillante verdad de que ser nosotros mismos es también ser otra cosa. No existe manera humana de digerir semejante verdad, aunque existan muchas maneras de olvidarla por algunas horas o días.




Urbano


La ciudad tiene esa cosa mágica.

Las bolsas de plástico

trazando figuras en el aire

La resignación de las hojas

aplastadas por la lluvia.


No saber cuánta gente pasó

Dejarse enseñar cosas nuevas

por un recién llegado

Que la vista nunca te alcance

para abarcarlo todo.


Y de pronto un ruido cualquiera

o las luces brillantes de un cartel

alguna distracción

completando la trampa mortal

de las veredas rotas. 




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El monstruo y el héroe


El monstruo invadió nuestras tierras, rodeó nuestras ciudades con sus ejércitos del mal. Cuando la rendición se hizo inminente, nos preguntamos cuánto nos costaría aquella derrota.

     El enemigo impuso sus normas y estilo de vida: muchos fueron sometidos a la esclavitud, otros no advirtieron ningún cambio, unos pocos fueron astutamente promovidos y pasaron a formar parte de la burocracia invasora.

     Un día, el héroe llegó a nuestras tierras, rodeó con sus ejércitos del bien nuestras ciudades ocupadas por ejércitos del mal. Cuando la expulsión del enemigo se hizo inminente, nos preguntamos cuánto nos costaría esta salvación.  




¿Están de moda las ideas libertarias?


No creo que las personas que han comenzado a sentirse atraídas por el discurso libertario realmente quieran la abolición del Estado y el anarcocapitalismo. Creo que quieren instituciones creíbles y un poco de estabilidad, y que han perdido la fe en que el sistema político argentino esté alguna vez en condiciones de ofrecer semejante cosa. Frente a los ataques libertarios, las respuestas de los partidos mayoritarios resultan de una brutal simpleza e inocencia, puesto que se limitan a pedir que se tenga confianza en ciertas cosas porque sí.   

     El mapa político argentino ha quedado divido en dos grandes coaliciones a las que se puede acusar de muchas cosas, menos de haber resuelto la inflación. La persistencia de la inflación y de todos los problemas asociados a ella impiden toda proyección de futuro y hacen imposible cualquier intento de generar estabilidad económica y prosperidad. Las recesiones se vuelven cada vez más frecuentes, la pobreza se consolida en cifras cada vez más altas. El fracaso económico y social se devora la agenda a punto tal que resulta imposible discutir otros puntos fundamentales.

     En mi opinión, el supuesto surgimiento de una nueva ola libertaria solamente puede explicarse y comprenderse en el contexto de esta situación de crisis que se agrava y se prolonga en cada mandato presidencial. Por eso mismo, aciertan quienes se refieren a este fenómeno como una expresión antipolítica, lo cual no resulta extraño, dadas las circunstancias.

     Lo que resulta extraño, en todo caso, es que este brote antipolítico convive con el éxito electoral de las principales coaliciones políticas, las cuales curiosamente logran absorber casi todos los votos. Esto no se explica por un alto nivel de confianza en el sistema político, sino más bien porque nuestro repudio es asimétrico: A nos resulta menos desagradable que B. Como resultado de esto, convive el apoyo explícito a ciertas expresiones políticas nacionales con un rechazo implícito y subterráneo del sistema. Podemos alegrarnos por el triunfo electoral de tal o cual partido, pero eso no nos hace confiar en las instituciones. Seguimos desconfiando de la moneda, de la justicia, de los contratos, etc.

     Muchos intelectuales progresistas se han sentido bastante desconcertados con este nuevo formato de antipolítica, en parte porque la radicalidad de ciertos discursos los ha dejado a ellos ocupando el lugar de los conservadores. Creo que hacen una lectura demasiado directa y literal. Es claro que la antipolítica por sí misma no resuelve nada, pero no basta con repetir esta fórmula para neutralizarla. Tampoco sirven los simples llamados a creer y confiar. Así como los conservadores tienden a pensar que es posible que la gente se reconcilie mágicamente con una policía corrupta, los progresistas tienden a pensar que es posible que la gente se reconcilie mágicamente con una moneda en decadencia. No comprenden que la confianza no puede exigirse como un deber ni pedirse como un favor.

     La confianza en las instituciones sólo puede lograrse con resultados. Es problema es que nadie tiene resultados para ofrecer. Lo único que escuchamos es que se debe confiar en la política “porque es la política”, en la moneda “porque es nuestra moneda”, en la justicia “porque es la justicia”. Mientras tanto, sucede un curioso fenómeno: los que solamente quieren hacer su vida se radicalizan y los que quieren cambiar el mundo se vuelven conservadores.      







Insatisfacciones de la ciencia


Dedicó años de su vida a demostrar la existencia de los ángeles. Presentó un proyecto en un prestigioso y acaudalado instituto, recibió una beca de investigación y una fecha límite.

     No perdió tiempo, trabajó día y noche eligiendo las palabras, encadenando los silogismos. Descartó innumerables bocetos hasta que finalmente pudo formular, en una carilla, la demostración final, su obra maestra.

     Cuando llegó el día de la exposición de su argumento, los ángeles estaban allí, sobrevolando las butacas de la sala de conferencias, entonando melodías en una voz etérea y magistral. El hombre, al ver semejante espectáculo, no pudo más que abrir la boca y extender los brazos en dirección a las inesperadas criaturas.

     Los evaluadores dieron la demostración por concluida. La presencia de los ángeles volvía innecesarias las inferencias y deducciones, hacía que bastara el simple señalamiento de lo que estaba a la vista de todos. El nombre de nuestro investigador quedó grabado para siempre en la gran historia de la ciencia, pero él abandonó la sala disconforme, como un mago al que la realidad se le adelantara, convirtiendo sus ilusiones en hechos.  







El gran secreto


Estuvo horas buscando entre las cosas de su padre, revisando bolsillos, cajas, estanterías, hasta que finalmente encontró la llave del cajón del escritorio. Estaba solo en la casa y pensó que era el momento oportuno para develar el viejo misterio de ese cajón, siempre cuidadosamente cerrado, como si resguardara la verdadera identidad de su padre.

     Mientras buscaba la llave, no dejó de pensar ni un segundo en lo que encontraría: un amor clandestino, un pasado inconfesable, documentos que atestiguaran vidas paralelas o múltiples estafas.

     Pero el cajón estaba minuciosamente vacío. Ese mismo día, hizo una copia de la llave y la dejó otra vez en su lugar. Volvió a revisar el cajón en varias oportunidades. Siempre estaba con llave, siempre vacío. Tardó bastante tiempo en resignarse y comprender la verdadera gravedad del gran secreto oculto bajo llave: su padre era exactamente quien decía ser.




Distintas formas de irse del país


Mucho se ha discutido, en estos días y en los últimos años, sobre las empresas y personas que se han ido del país o que piensan hacerlo. Quisiera agregar a esta discusión un complemento que considero fundamental: los argentinos que vivimos en el territorio nacional también estamos todo el tiempo yéndonos de distintas maneras. En un país con una fuerte impronta estadocéntrica, se consolida un proceso según el cual todo sucede cada vez más por fuera de la órbita del Estado. Las personas, aún sin abandonar el territorio de la Argentina, abandonan su aparato institucional.

     El caso más resonante y discutido tiene que ver con el ahorro. Al momento de guardar recursos para el futuro, los argentinos no sólo se escapan de la moneda nacional, sino también del sistema financiero. El ahorro se realiza en billetes de moneda extranjera, guardados en cajas de seguridad, colchones y otros tantos escondites cada vez más rebuscados e insólitos.

     Además, un porcentaje creciente del trabajo y de la actividad económica se produce por fuera de la órbita del Estado. El sistema oficial establece unos parámetros exigentes, pero se aplica a un universo en declinación, mientras predominan formas de interacción económica informal y semi-informal. Hace unos años, por ejemplo, se decía que la Argentina tenía un buen salario mínimo. Esto ya no es así, pero es interesante señalar que, incluso en aquel momento, la figura llamada “salario mínimo” no nos permitía hacernos una idea correcta sobre los ingresos de los argentinos, puesto que su área de aplicación era muy acotada. Las estadísticas de ingresos (publicadas como estadísticas de pobreza) nos brindaban un panorama que no se correspondía con lo sugerido por la idea de un buen salario mínimo.

     En materia de seguridad, la fuga y privatización también es creciente. La idea de “seguridad privada” nos remite inmediatamente a celebridades, políticos y grandes empresarios. Sin embargo, todos los seres humanos procuramos por nuestra seguridad de manera privada, lo cual se exacerba y profundiza cuando creemos que el Estado no lo hará, ya sea por falta de interés o de capacidad. Nos mudamos de barrio o de ciudad, ponemos rejas y alarmas, adaptamos nuestros horarios, pagamos taxis porque se hizo de noche, dejamos de ir a ciertos lugares, hacemos extensos rodeos en nuestros recorridos, establecemos protocolos de ingreso y egreso a nuestras casas, fijamos pautas de cuidado mutuo entre amigos y familiares, pagamos seguros, pagamos servicios de todo tipo, estamos con la guardia alta gran parte del día. Sumando todas estas cosas, podemos hacernos una idea del nivel de privatización de la seguridad. Si solamente denunciamos un robo cuando el cobro de un seguro privado nos lo exige, hemos llegado a un nivel de desconfianza en las instituciones casi completo.

     Con respecto a la justicia, mucho se ha discutido en los últimos años sobre los siguientes fenómenos: los linchamientos y los escraches. Hay quienes defienden los linchamientos y critican los escraches, y viceversa. No creo que esta discusión sea la más interesante. Lo central es que se trata de dos formas de privatización de la justicia. Además de informales, estas formas de justicia son innegablemente desordenadas e incluso cruentas. No las defiendo bajo ningún aspecto. Me limito a decir que responden a la convicción de que las instituciones no tienen interés o capacidad de dar una respuesta a ciertos problemas.

     Por último, menciono el ejemplo de la educación. En este ámbito se viene produciendo una doble fuga. Por un lado, del colegio público al privado. Por otro lado, del sistema educativo (público y privado) a una especie de gran sistema complementario de clases particulares e institutos privados. La magnitud de esta segunda fuga es muy superior a la que pudiera sospecharse a partir de los debates públicos. La enseñanza de idiomas, la preparación para la universidad y la propia enseñanza del currículum escolar suceden en estos espacios en un nivel muy significativo y creciente.

     Estos son algunos de los casos (tal vez los más notables, pero no los únicos) que conforman este proceso de fugas internas, este ejercicio de abandonar las instituciones del país, sin abandonar el territorio. Entonces, además de la eventual salida de empresas y personas que se trasladan a otras latitudes, deberíamos discutir por qué los argentinos que vivimos en el país tampoco estamos del todo en él. Vivimos parcialmente es un enorme sistema paralelo que tiene sus propias conductas, lógicas e interacciones. Esto no sólo implica que todo debe pagarse dos o tres veces, sino que solamente acceden a ciertos bienes quienes tienen la capacidad de pagarlos dos o tres veces.    




Lo extranjero


Los muros se construyen por el mismo motivo por el que se establecen aduanas y fronteras: para alimentar el mito de la existencia de lo extranjero. Ese mundo que el turista experimenta de una manera inofensiva, toda esa fingida cordialidad y buen trato, escondería en realidad unos perversos deseos de dominación económica y de invasión territorial. Los muros y las aduanas están para recordarnos a todos que la semejanza entre los seres humanos es un simulacro, para educarnos en la idea de la existencia de lo extranjero como tal.

     Pero lo extranjero no existe, no es más que un puro accidente institucional. Cualquiera de nosotros puede ser testigo de la artificialidad de las fronteras, cualquiera puede advertir la imposibilidad de encontrar un sentido oculto en esas líneas dibujadas con tiza. Misteriosamente, hay quienes enseñan que es posible tomar estos garabatos legales como parámetros objetivos para el miedo o el orgullo.    

     Difundida y consolidada esta ficción en todo el orbe, nos han tenido que explicar que existen unas personas llamadas extranjeros, y que no hay que dejarlas entrar a ellas ni a lo que hacen, porque de lo contrario nuestra identidad tal como la conocemos se pervertiría. Porque también nos han tenido que explicar eso, que existe una cosa llamada nuestra identidad tal como la conocemos, y que hay que cuidarla con muros y aduanas.




Utopías


En el capitalismo nada se repara, todo se tira y se compra de nuevo. El costo de la reparación es más alto que el del producto completo. El revés del capitalismo son las montañas de basura, el desperdicio incesante de la materia.

     En el comunismo, por el contrario, todo se arregla una y mil veces. El costo de tener a una persona manipulando un artefacto durante horas y días es bajísimo. El revés del comunismo es el menosprecio del tiempo y del trabajo.

     Así son las utopías que hemos sido capaces de crear: el capitalismo desperdicia el planeta, el comunismo al ser humano.