Invasión


La calle está llena de pelos. Cuando los pisamos, se pegan al zapato y los trasladamos de un lugar a otro, los subimos a los taxis y colectivos. Al arrastrar los pies por la vereda, se va formando bajo el calzado una suerte de ovillo, las basuras que el viento desparrama de una baldosa a otra se pegan y se acumulan entre las hendiduras de la suela.

     A cada lugar que vamos, llevamos con nosotros la bola de pelos. Después de horas y días, llega a tener un tamaño tal que casi deberíamos presentarla a los demás, como si fuera una mascota. Si tenemos suerte, se desprende del calzado y termina en el rincón de una tienda o en la vereda misma, a la espera de algún desprevenido que la adopte de un pisotón.

     Si no logramos dejarla por ahí, Dios no lo permita, acaba ingresando en nuestra casa. Las bolas de pelo son seres astutos y ambiciosos. Una vez en nuestro hogar, su objetivo es convertirse en uno de nosotros, tal vez incluso desplazarnos y ocupar el lugar que nos pertenece.

     Al principio, sus pretensiones son más bien humildes, se conforman con el trato que recibiría un hámster o una tortuga. En poco tiempo, logran que su punto de vista se imponga por sobre el de las visitas y los parientes lejanos. Si no las detienes a tiempo, ya verás cómo acabarán sentadas en tu propia mesa, ya verás cómo serás tú el que deba levantarse de la silla para ir a buscar en la cocina el condimento preferido de las bolas de pelo.



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Ejercicio de imaginación



Imaginemos un mundo en el que a nadie le importara lo que hace, pero todos quisieran ser exitosos en ello. Un mundo en el que a las personas no les significara nada ser artistas, comerciantes, médicos, arquitectos, periodistas o docentes, pero dieran todo por tener éxito en alguna de estas actividades o en cualquier otra. Un mundo en el que los niños dijeran “de grande quiero ser famoso”, pero no pudieran mencionar la actividad que los llevaría a ese resultado.

     Imaginemos que el predominio de la fama y el éxito por sobre las materias y actividades llegara a tal punto que “ser famoso” se considerase una actividad en sí misma o que “ser exitoso” se convirtiera en una carrera universitaria. Ya no habría “músicos famosos”, sino famosos con inclinación musical; ya no habría “comerciantes exitosos”, sino exitosos con inclinación comercial.

    Imaginemos que, siguiendo esta misma lógica, las actividades y materias no sólo dejaran de ser necesarias para el éxito, sino que además se convirtieran en un estorbo. De este modo, el éxito alcanzaría su máxima independencia, se liberaría por completo de las enojosas molestias que impone el contenido. Si fuera así, sólo podrían volverse exitosas aquellas personas a las que no les importara en absoluto lo que hacen. La pregunta “¿por qué es famoso?” dejaría de tener sentido. La gente se liberaría de la pesada carga de elegir una vocación. Bastaría con elegir si uno quiere tener éxito o si quiere en cambio fracasar. Todo lo demás vendría por añadidura.



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Nietzsche y el sentimentalismo


Nietzsche se propuso derribar lo que él consideraba una de las grandes ilusiones de la civilización judeocristiana: la creencia en la superioridad moral y epistemológica del marginado, del impotente, del castigado por las circunstancias. Esta ilusión conduce al sofisma de que la torpeza, el sufrimiento y la mala fortuna prueban la verdad del punto de vista de quien las padece. Asimismo, conduce al sentimentalismo, a la confusión entre los buenos sentimientos y las verdades. [1]

     Los instrumentos metodológicos utilizados por Nietzsche para este fin fueron en buena medida falaces, pero muy efectivos: 1) la denuncia del origen de las creencias; 2) la denuncia de los sentimientos que acompañan a las creencias; 3) la denuncia de las consecuencias de las creencias.

     Desde mediados del siglo XX, se ha instalado con fuerza creciente un movimiento filosófico de profunda inspiración anti nietzscheana, que no obstante se ha apropiado de sus instrumentos metodológicos. Las mismas denuncias psicológicas y sociológicas se utilizan ahora para defender una suerte de restauración cristiana, un regreso a la ilusión sentimentalista, al sofisma de la superioridad del débil y desafortunado.

     Vale decir que el nuevo cristianismo no es exactamente igual que el anterior, ya que se desentiende de la vida después de la muerte y de la prédica anti mundana. Pero no se desentiende de la compasión como medida de la verdad. Los intelectuales neocristianos ya no argumentan ni pretenden establecer hechos o conclusiones válidas. Simplemente compiten por quién se muestra más compasivo, más cercano a los dolores del mundo. Se perdona la falacia y hasta la contradicción, pero no se perdona la insensibilidad.

     La diferencia es que la solución ya no puede venir de Dios ni de la vida después de la muerte, puesto que no se cree en estas cosas. Ahora se cree que la solución es el Estado, que es el Dios de los nuevos cristianos, del cual se exige que resuelva todos los sufrimientos en esta vida y ya no en la otra. El viejo cristianismo no podía decepcionar, no prometía nada en este mundo. El nuevo cristianismo sólo puede decepcionar, porque promete todo en este mundo.



[1] Cabe preguntarse si Nietzsche no incurre acaso en la ilusión contraria: la creencia en la superioridad moral y epistemológica del fuerte, del activo, del capaz.



Patas y orejas


Cuando observo un perro, puedo fijar mi atención en las orejas, en las patas, en el color de su pelaje, en el hocico, en su manera de caminar. Ahora bien, en nada de esto se evidencia el “ser perro” del perro. ¿Cómo se presta atención al “ser perro”, al carácter de perro que determina a este ser que estoy mirando?

     Es cierto que, así como digo “veo las orejas puntiagudas de este perro”, puedo decir también “veo que es un perro”. Sin embargo, ¿dónde veo semejante cosa? Es obvio que veo las orejas precisamente en las orejas y que veo el perro en el perro, pero no sé dónde veo el “ser orejas” ni el “ser perro”.

     Si pusieran un perro frente a mí y me preguntaran de qué se trata, diría que se trata de un perro. ¿Qué miraría para saber esto? Las orejas, el hocico, las patas, el pelaje. Mi vista se fijaría en estos rasgos y otros tantos. En algún momento, como por arte de magia, mi voz diría “es un perro”.



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Febrero


Publicado en la revista Río Arga


No te dabas cuenta de lo que hacías.

Tenías los pies encajados

en esos zapatos diminutos

y un vestido tan gris

como la madrugada.


Desapareciste

detrás de muros y ventanas

llevándote para siempre

entre los zapatos

un pedazo de aquella esquina.


Y sin darte cuenta

dibujaste con tu vestido

en el aire

un camino entre aquella noche

y estos versos. 



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Conquistar el poder



Le concedieron el puesto de encargado de la iluminación. No podía sentirse más honrado y valioso. Antes de asumir sus funciones, le hicieron prometer que no cambiaría el tono ni el lugar de las luminarias y que seguiría comprando los repuestos necesarios al mismo proveedor de siempre.

     Su trabajo fue excelente. La ausencia de cambios no pasó inadvertida y por eso decidieron ascenderlo a secretario de fuentes, estatuas y jardines. Prometió conservar las mismas plantas en los mismos lugares, pintar los bancos de los mismos colores, mantener todo exactamente igual.

     Nadie pudo señalar ninguna diferencia respecto de la gestión anterior, de modo tal que fue ascendido a director de reformas arquitectónicas. En su discurso de asunción, puso especial énfasis en el carácter innecesario y perjudicial de cualquier reforma concebible. Los aplausos fueron efusivos, no sólo por las palabras, sino también porque el hombre había dado grandes muestras de compromiso en cada tarea que se le había encomendado.

     Cuando las garantías otorgadas por él a lo largo de los años fueron consideradas al fin suficientes, lo nombraron autoridad máxima, presidente absoluto de la institución. Una vez sentado en el sillón presidencial, se sintió a gusto consigo mismo y se maravilló de lo sencillo que le había resultado conquistar el poder.



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Un lugar vivible



En noviembre de 1983, Juan Carlos Torre escribió: uno no puede seguir esperando indefinidamente que la Argentina se convierta en un lugar vivible.[1] Han pasado casi cuarenta años desde entonces y la tarea de convertir a la Argentina en un lugar vivible parece todavía pendiente. ¿Qué sería un lugar vivible? ¿Qué características tendría? Podemos intentar definirlo por su opuesto, esto es, enumerando los problemas que angustiaban en aquel entonces al autor de la frase, muchos de los cuales nos siguen angustiando ahora.

     Con respecto a los problemas de carácter político, hemos dejado atrás, precisamente a partir de 1983, la sucesión de dictaduras militares. Los momentos de inestabilidad política han podido encauzarse dentro de las reglas definidas por la Constitución y se han celebrado con regularidad elecciones creíbles. Desde el año 2003, después de las turbulencias de la crisis de 2001, ha sucedido otro fenómeno alentador: los gobiernos terminan sus mandatos, incluso aquellos que tenían fuertes vaticinios en contra, como es el caso de los períodos de Néstor Kirchner y de Mauricio Macri. Esa misma crisis destruyó el sistema de partidos políticos, pero con el tiempo parece reconstruirse.

     El peligro es que los problemas económicos enumerados por Torre (inflación, deuda, déficit, inestabilidad, descapitalización) persisten hasta el día de hoy, la democracia no ha podido resolver ninguno de ellos. Esto no quiere decir que estemos en el mismo lugar, por el contrario, nos hemos ido acostumbrando a cifras de pobreza cada vez mayores, un fenómeno bastante insólito. La persistencia de los mismos problemas no se tradujo en estancamiento, sino en decadencia.

     El sistema político, afortunada y misteriosamente, ha resistido. Vale la pena preguntarse si esta realidad puede sostenerse indefinidamente, si acaso una democracia inflacionaria y empobrecedora no corre el riesgo de hundirse y derivar en alguna forma de autoritarismo. También puede suceder lo contrario, esto es, que los argentinos no estemos interesados en una economía razonable y que el intento de construirla pueda derivar como reacción en alguna forma de autoritarismo. Nos movemos en la estrecha senda que delimitan estos dos temores, al colapso económico y al colapso político, todavía sin encontrar la fórmula para convertir a la Argentina en un lugar vivible. 


[1] Diario de una temporada en el quinto piso, año 2021.



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En el lugar del otro



No sospechamos a la persona que camina por la calle, no sentimos su dolor de espalda, su preocupación por el hijo enfermo. No advertimos los sutiles movimientos que la mantienen en equilibrio, que le permiten no dejarse la vida en una esquina, que le consumen la energía que debería tener para sonreír al que pasa, para disfrutar las fachadas de los edificios. Su presencia nos resulta al mismo tiempo sólida y vacía, sus movimientos nos parecen mecánicos y naturales. No imaginamos que se desplaza por la vereda con el mismo esfuerzo y cansancio que nosotros, con las mismas deudas que nosotros, con la misma negación. 



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