El prestigio de las palomas


Los magos y los artistas son los instrumentos de que se sirven las palomas para lavar su prestigio frente a los seres humanos, que de lo contrario podrían simplemente despreciarlas o incluso temerlas como fuente de infecciones y pulgas.

     Es fácil odiar al animal que ensucia las veredas y los edificios, pero no se puede más que sentir simpatía por aquella criatura que emerge de un sombrero mágico o que es retratada y celebrada como símbolo de paz, como mensajera de Dios.

     Si no fuera por los magos y artistas, y en parte también por los jubilados, los seres humanos se habrían enemistado con las palomas hace rato, las considerarían lisa y llanamente ratas que no han tenido la decencia de esconderse en los mundos subterráneos y nocturnos.

     Por eso, cuando veas un mago sacando una paloma del sombrero, o un artista dibujando una paloma o dedicándole unos versos, piensa que es exactamente al revés de como lo has visto siempre: el mago es un truco de la paloma, el artista es una obra de la paloma. Incluso estas palabras son obra de las palomas, que han decidido que la proliferación de teorías conspirativas en su contra no haría más que seguir aumentando su prestigio.



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Sobre la libertad


Existe la idea de que ser libre es tener los medios materiales para hacer lo que uno quiere. Según esta lógica, mientras más recursos y riquezas tengamos, más libres seremos. El pobre no puede elegir entre comprar A, B o C. Compra lo que puede o incluso no compra nada. El rico puede elegir o incluso puede comprar todo. Por lo tanto, el rico es libre y el pobre no.

     Sin embargo, existe también un concepto opuesto de libertad, según el cual la riqueza nos esclaviza y la pobreza nos libera. Nos encontramos con este concepto tanto en la tradición socrática como en la cristiana. Sócrates va al mercado y se alegra al ver todas las cosas que no necesita. Se admira de su propio desapego, experimenta cierto poder en ello. También el cristiano se reconforta en su capacidad de tomar distancia de las cosas mundanas.

     Ser rico es estar sumergido en el mundo. La libertad, por el contrario, consiste en la capacidad de decirle que no al mundo. Evidentemente, la pobreza material no suele ser consecuencia del desapego. El pobre quisiera ser rico. Por eso, el modelo de libertad es el asceta, una especie de pobre por elección, un pobre espiritualizado y consciente.

     ¿Cuál es el verdadero libre? ¿El rico, el pobre, el asceta? ¿El intelectual que reflexiona sobre todas estas cosas? ¿Quién es el que verdaderamente ha superado la esclavitud, quién es el verdadero amo y señor de sí mismo? No es fácil responder a estas preguntas y tal vez no tenga sentido siquiera intentarlo. Una palabra que parece tan clara y poco problemática admite en realidad significados distintos e incluso opuestos. Esta dificultad debería servirnos como punto de partida y como advertencia, sobre todo si tenemos en cuenta que éstos no son los únicos conceptos posibles.  



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Repeticiones


Todo el mundo colecciona variedades

cosas raras y nuevas

rincones perdidos y lejanos parajes

como para ir tachando de una lista.

Yo también colecciono recurrencias.


La repetición es igualmente milagrosa

si se mira con ojos desprovistos

si se desaprende la moderna inclinación

por lo fragmentario y disruptivo

el sentido turístico de la vida.


La naturaleza no persiste y se unifica

por un prejuicio absolutista

tampoco se dispersa y muta por romántica.

Hace lo uno y lo otro

con igual indiferencia.


Yo por eso vuelvo a las mismas cosas

a los mismos libros, los mismos rostros

camino la misma calle bajo el mismo cielo

y las repeticiones no son tales para mí

porque siempre tienen la novedad de suceder ahora.



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Envoltorio


Si no fuera por las ganas de mear, hay días en que no me levantaría de la cama. Las ganas de mear me sacan de ese estado somnoliento y depresivo en que amanezco, son el resguardo fundamental de mi rutina.

     Estoy semidespierto, tapado hasta la cabeza, frágil. Me aferro a esta situación como quien se esconde de los más temibles perseguidores, siento la cama como un refugio ante el mundo. Decido no salir de mi envoltorio, no someterme nunca más a la exposición, a la torpeza, al infortunio.

     Pero me dan ganas de mear. Doy vueltas en la cama, intento volver a dormirme, hasta que finalmente admito la necesidad de ir al baño. No puedo mearme encima, porque arruinaría mi refugio.

     Cuando abandono la posición horizontal y camino hasta el inodoro, las ideas empiezan a reacomodarse, como si fueran un líquido dentro de mi cabeza. Al momento de tirar la cadena, ya se me da por pensar que tengo ganas de lavarme la cara, de prepararme un café y hasta de ponerme los zapatos.




Se deshizo en lágrimas


Publicado en la revista Encima de la Niebla


Primero la piel se le puso pálida y su rostro quedó bañado en la humedad que brotaba desde los párpados. Después comenzó a agrietarse por la deshidratación. En pocos días, quedó tan sólido y áspero como un pedazo de leña. Sus ojos parecían carozos de durazno secados al sol, pero aún podían verse hilitos de agua cayendo por las hendiduras.

     Comenzó a desgranarse de a poco. No dejaba de soltar pequeños fragmentos, como si fueran astillas que se iban amontonando alrededor y que el viento desparramaba impiadosamente.

     Perdió la piel y las extremidades, perdió cualquier atisbo de figura humana. Su cuerpo parecía una vieja roca volcánica. Pero seguía llorando.

     Finalmente, después de semanas y meses, ya no fue capaz de mantener reunidas todas sus partes. Se desmoronó. Miles de pedacitos de una materia dura y ennegrecida cayeron al suelo junto con la última gota salada.




Falta de ideas


No se me ocurre. Miro la luz en el aparato. Corto rodajas de limón. Un vaso de vidrio. Hielo. Nada. Enrollo un pequeño papelito alargado. Necesito tomar algo y enrollar papeles. Un vaso y otro. Miro el techo. Estoy el suficiente tiempo como para que me den ganas de orinar. Me siento otra vez. Encaro el cuaderno y la birome. Observo semillas y cáscaras a través de un vidrio. Escucho música y voces de alguna fiesta en algún edificio. Cada tanto escribo una línea. Absolutamente nada.

     Se me ocurre que la masturbación es más productiva. Me pregunto si en un mundo donde todos fueran lindos seguiría existiendo el concepto de belleza. Quizás habría que reparar en detalles. Como la piel del codo. La piel del codo podría hacer toda la diferencia.

     Y sin embargo nada. Ni siquiera la creencia. Con la creencia podría uno al menos moverse. Intentar algo. Imaginar un desarrollo, un avance. Ya no estoy donde antes, porque ahora hice esto y aquello, adelanté este paso y aquel otro. Por ejemplo: te despertás un día y te dan un martillo. Te dicen que es importantísimo que martilles. O te despertás simplemente con la idea de que es importantísimo que martilles. Entonces te ponés a martillar como un loco mañana y tarde. Por el motivo que sea. Tiene sentido. O parece que tiene sentido. Es exactamente igual. El impulso corre desde el martillador a lo martillado, atraviesa el martillo con fluidez. El mundo es armonía pura.

     Pero no. No te dicen nada, no sentís nada, no tenés ninguna idea. Tenés un vaso de vidrio con hielo y rodajas de limón. El mundo no existe. La fuerza se concentra en un punto, se dispersa, se atrofia. Recursividades. Nada de nada. Tratar de imaginarse una experiencia consciente de ser parido. Imaginarse permanecer consciente hasta dos minutos después de la muerte. Hacer una pausa. Dejar pasar los días.

     Retomar. Preguntarse si es verdaderamente posible el intercambio. El lógico alemán Gottlob Frege escribió: “él no tiene mi dolor y yo no tengo su compasión.” Entonces, ¿de qué hablamos cuando yo le cuento mi dolor y él me transmite su compasión? Justamente de eso. O de nada.

     Sacar al ser humano del medio, como solución a todos los problemas. Valorar la animalidad. Es todo lo que hay. Todos somos animales. El filósofo también es un animal, de la especie que dice que la realidad no existe con independencia del sujeto. El idealismo es el ladrido del filósofo. El sentido común es el ladrido cotidiano.

     La nada misma. Incomodidad. Desgaste. Donde sea que pongas la vista, las cosas están como queriendo escapar de un envoltorio que las aprieta. Se va toda la energía en eso. La vida es un ejercicio de terquedad, una dispersión de alegrías gratuitas. Una estructura uniforme. Un conjunto cerrado de reglas. Inferencias válidas. Lo verdadero, lo bueno y lo bello. Lo que es. Dios. Nada de nada.




Prejuicios


Premiado en la cuarta edición del certamen Siembra de Libros


Era una de esas tardes nubladas que parecen una forma atenuada de la noche. Nos habíamos visto un puñado de veces y siempre terminábamos hablando de temas esotéricos. Me burlé de sus comentarios sobre la posibilidad de hablar con los muertos. “El universo es indiferente a nuestros prejuicios”, me dijo. Y desapareció.




¿Quién soy?


¿Soy el que recuerda haber pasado mañanas y tardes en un aula, sentado junto a la pared que daba al pasillo? ¿Soy el que siente el interior de los zapatos con los dedos de los pies, el que necesita que haya aberturas en las paredes para pasar de un lado a otro? ¿Soy el que reconoce a su madre y a su padre, el que no podría reconocer a las personas que acaba de cruzarse? ¿Soy el que mira a las hormigas desde arriba y a las nubes desde abajo? ¿Soy el que agradece la existencia de almohadas y respaldares, el que necesita anteojos y despertadores? ¿Soy el que nació en una ciudad y caminó por tantas otras? ¿Soy el que se ha enamorado y ha temido perder el amor y lo ha perdido? ¿Soy el que estuvo triste mucho tiempo sin darse cuenta? ¿Soy el que pasa horas imaginando cosas que nunca suceden, el que espera que termine la lluvia, el que llora cuando se despide?