Nosotros y ellos



Cada vez se hace más difícil prestar atención, aislarnos momentáneamente de los estímulos del entorno y ocuparnos de algo, detenernos en algo. Se nos hace difícil la reflexión y la toma de distancia. Cada cual confía plenamente en sus reacciones inmediatas y se rodea de personas con reacciones parecidas. Al mismo tiempo en que se multiplica la comunicación, se profundiza también el encierro en nosotros mismos. Nuestras formas de espíritu colectivo reflejan más que nunca nuestro egoísmo.

     Nos retroalimentamos en pequeños entornos, entre semejantes y parecidos. Cuando salimos al mundo y descubrimos la existencia de otros entornos, tan convencidos e hiperestimulados como el nuestro, nos parece una extravagancia, un error en el sistema. Nos irritamos mutuamente. Creemos tener buenos motivos para no escucharnos. Volvemos a la comodidad y calidez de nuestro líquido amniótico espiritual.

     El grupo importa más que la realidad, la imperturbabilidad ideológica importa más que el intercambio con el otro, el estímulo importa más que el concepto. Hemos vuelto a adoptar la trinchera como forma de vida, hemos desaprendido la inutilidad del odio y la violencia. Pedir un poco de paz y de paciencia en este mundo se ha vuelto una tarea inoportuna, una ocurrencia delirante y trasnochada. No vemos el enorme peligro que supone la mala gestión de nuestras pequeñas ansiedades.



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El gran secreto



Estuvo horas revisando bolsillos, cajas y estanterías, hasta que finalmente encontró la llave del cajón del escritorio. Había quedado solo en la casa y pensó que era el momento oportuno para develar el viejo misterio de ese recinto, siempre cuidadosamente cerrado, como si resguardara la verdadera identidad de su padre.

     Mientras buscaba la llave, no dejó de pensar ni un segundo en lo que encontraría: un amor clandestino, un pasado inconfesable, documentos que atestiguaran vidas paralelas o múltiples estafas.

     Pero el cajón estaba minuciosamente vacío. Ese mismo día, hizo una copia de la llave y la dejó otra vez en su lugar. Volvió a revisar en varias oportunidades, pero nunca encontró nada. Tardó bastante tiempo en resignarse y comprender la verdadera gravedad del gran secreto oculto bajo llave: su padre era exactamente quien decía ser.



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Defender las ideas



Las ideas pueden y deben ser defendidas con vehemencia, pero sin tratar al otro de tonto o de corrupto. Si hacemos esto último, no sólo faltamos el respeto y violentamos las reglas de la discusión razonable, sino que además estamos condicionando nuestra conducta futura.

     Si la defensa de X nos lleva a decir que los defensores de Y son ignorantes, interesados, miserables, etc., no estamos simplemente cometiendo un exabrupto. Después de decir semejantes cosas, nuestro mayor incentivo a la hora de razonar ya no puede ser la búsqueda de la verdad, de la coherencia, de la seriedad argumentativa. Nuestro mayor incentivo será mantenernos alejados de Y, puesto que lo hemos asociado directamente con lo peor de la humanidad, con el mal.

     Desde entonces, tenemos que evitar a priori todo curso de pensamiento que pudiera llevarnos a reconocer algo de razonabilidad en Y. Quizás no estábamos destinados a ser fanáticos, pero nuestra defensa de X no nos dejó otra alternativa en el futuro. En un exceso de entusiasmo, o tal vez guiados por el deseo de producir un mayor impacto retórico, dijimos cosas horribles de quienes no pensaban como nosotros en ese momento. Sin darnos cuenta, estábamos congelando nuestro pensamiento para siempre, nos estábamos privando de revisar nuestros puntos de vista y de encontrar algo de razón en los demás.

     Si asociamos las ideas del otro con el mal y con lo más despreciable de la humanidad, en adelante cualquier revisión de nuestras ideas implica un acercamiento al mal y a lo más despreciable de la humanidad. Nos ponemos una barrera a nosotros mismos. Ya no podemos más que aferrarnos a nuestras primeras convicciones y radicalizarnos en el sentido sugerido por ellas. ¡Cuántos fanáticos deberán su condición de tales al simple hecho de haber cometido algunos exabruptos en su juventud y haber tenido luego demasiado orgullo como para desdecirse y pedir disculpas!



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Piedad



En este mundo de metal

                               cemento

                              montañas

                              aguas profundas


Se rompe un hueso como si nada

Las ideas se nublan

                      oscurecen

                      como si nada


Uno quisiera pedir al mundo

                                  de metal

                                  aguas profundas

un poco de piedad.



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Insatisfacciones de la ciencia



Dedicó años de su vida a demostrar la existencia de los ángeles. Presentó un proyecto en un prestigioso y acaudalado instituto, recibió una beca de investigación y una fecha límite.

     No perdió tiempo, trabajó día y noche eligiendo las palabras, encadenando los silogismos. Descartó innumerables bocetos hasta que finalmente pudo formular, en una carilla, la demostración final, su obra maestra.

     Cuando llegó el día de la exposición de su argumento, los ángeles estaban allí, sobrevolando las butacas de la sala de conferencias, entonando melodías en una voz etérea y magistral. El hombre, al ver semejante espectáculo, no pudo más que abrir la boca y extender los brazos en dirección a las inesperadas criaturas.

     Los evaluadores dieron la demostración por concluida. La presencia de los ángeles volvía innecesarias las inferencias y deducciones, hacía que bastara el simple señalamiento de lo que estaba a la vista de todos. El nombre de nuestro investigador quedó grabado para siempre en la gran historia de la ciencia, pero él abandonó la sala disconforme, como un mago al que la realidad se le adelantara, convirtiendo sus ilusiones en hechos.  



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Prestar atención



Nuestra atención es el regalo más valioso que podemos dar, es el mejor reconocimiento que podemos hacerle a una persona, el más incuestionable gesto de interés que podemos dirigir a un objeto. La atención es además un bien escaso: puede concederse a muy pocas cosas y siempre por tiempo limitado. Dividir nuestra atención es diluirla, poner el foco en muchas cosas al mismo tiempo degrada la dedicación concedida a cada una de ellas. Por eso “llamar la atención” es tan valorado, por eso nada se agradece más que una “buena atención”.

     Atender es destacar algo por sobre el resto, es iluminar una cosa mientras otras permanecen a oscuras. Pero estas metáforas son insuficientes. Que algo sea atendido no quiere decir solamente que está subrayado o iluminado, sino que es objeto del interés, que hay energías humanas dirigidas a ello. Lo que está fuera del interés está fuera del trato o es objeto de un trato secundario. Nada pone en valor más que la atención, nada desvaloriza más que la indiferencia.

     Si bien estas reflexiones pueden parecer en buena medida obvias, muchas veces olvidamos el rol fundamental que cumple la atención en nuestro mundo. La atención misma rara vez es objeto de nuestra atención. Decimos “el árbol es verde”, “el pájaro canta”, “los diamantes son caros”. No solemos advertir que estos enunciados deben su pertinencia al hecho de que el color del árbol, el canto del pájaro y los diamantes en general son objetos del interés. Esto no quiere decir que los pájaros dejen de cantar cuando no se les presta atención. La atención no altera la realidad en este sentido, sino que delimita en gran parte las fronteras de nuestra realidad vivida. No hace falta insistir en la importancia de esto para nosotros.

     Este insuficiente reconocimiento del valor de la atención nos lleva a distribuirla de manera descuidada. Por ejemplo, solemos dedicar muchísimo tiempo a cosas que, si nos preguntan, decimos que son irrelevantes para nosotros, que no nos importan. Pero dedicar atención es dar importancia. Dos opciones: 1) no tenemos claro lo que nos importa; 2) estamos malgastando nuestra atención. Cualquiera de estas dos posibilidades es grave. Vivimos en un mundo poblado de cosas diseñadas para competir por nuestro tiempo e interés. Llamar la atención es fundamental porque, como dijimos, prestar atención a algo es dedicarle energía, y todo lo que existe quiere que se le dedique energía. En un mundo en el que todo es llamativo, en el que todo parece urgente y esencial, mantener el dominio de nuestra atención es cada vez más difícil. Sin embargo, nada puede ser más importante, ya que mantener el dominio de nuestra atención es mantener el dominio de nuestros intereses y de nuestra vida.



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Utopías



En el capitalismo nada se repara, todo se tira y se compra de nuevo. El costo de la reparación es más alto que el del producto completo. El revés del capitalismo son las montañas de basura, el desperdicio incesante de la materia.

     En el comunismo, por el contrario, todo se arregla una y mil veces. El costo de tener a una persona manipulando un artefacto durante horas y días es bajísimo. El revés del comunismo es el menosprecio del tiempo y del trabajo.

     Así son las utopías que hemos sido capaces de crear: el capitalismo desperdicia el planeta, el comunismo al ser humano.




El desinterés de los edificios



Nada se compara con esos momentos en que logramos vivir a cara descubierta, dejar a un lado las infinitas formas de disimulo aprendidas con tanto esfuerzo y dedicación. No es todo el tiempo ni tiene por qué serlo, pero cuando sucede finalmente podemos observar la ingeniería celestial como quien forma parte de su sofisticada indiferencia, podemos sentirnos en última instancia protegidos por el desinterés de los edificios y de las órbitas planetarias. Cuando entendemos que la luz no tiene la más mínima intención de ayudarnos a encontrar los anteojos, nos cambia la vida.



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Ciudad



La ciudad es el límite máximo de cosas que se pueden meter en un espacio determinado, es la materialización involuntaria y torpe de una idea, es tener más o menos cerca lo que estamos buscando, es el peligro de que nos invadan elementos extraños, es una persona que está encerrada en su casa y tiene miedo.

     La ciudad es el desprolijo fluir de los pobres, es la sucesiva ocupación y abandono de ciertos barrios por parte de los ricos, es la necesidad de transformarse todo el tiempo para permanecer en el mismo lugar.

     La ciudad es un gran negocio y lo que se va gestando alrededor de él, es lo que hace posible las paredes de mármol y los techos de zinc. La ciudad es la imposibilidad de prestar atención a todas las cosas que están sucediendo, es no poder imaginarse la vida sin inquietud, es hacer una cosa mientras se sueña con otra.



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La protección de los débiles



Ganador de la cuarta edición del certamen Siembra de libros



El patio del establecimiento estaba listo para la ejecución. El sol entraba de lleno en ese pequeño espacio abierto, rodeado de paredes altísimas, y no corría ni la más mínima ráfaga de viento. El reo se encontraba ya encadenado en un punto equidistante de las cuatro esquinas y no tardarían en llegar los verdugos con sus fusiles.

     En un principio se permitía el acceso al público en general, como para que no quedaran dudas respecto del carácter por completo transparente y democrático de las ejecuciones. Sin embargo, no se tardó mucho en dar marcha atrás con eso, puesto que se generaban situaciones pintorescas que resultaban inaceptables en un escenario de esa naturaleza y que atentaban contra el carácter serio, aséptico y neutral que debe mantener toda institución del Estado.

     El funcionario a cargo parecía maravillarse ante cada cosa, aunque en realidad ya conocía todo a la perfección. Iba de un lado a otro, se asomaba a la puerta del patio para ver si llegaban los verdugos. Entretanto, el condenado se mantenía casi inmóvil: miraba el cielo cada tanto, examinaba sus alrededores, seguía con la vista los movimientos del funcionario, tratando de que todo esto le revelara algo y lo ayudara a comprender la situación.

     Las cadenas estaban ahí menos para inmovilizar al reo que para una debida construcción de la escena, ya que éste había mostrado desde el principio una docilidad absoluta, se había aferrado a la autoridad de sus captores como si fuera una mascota.

     El funcionario, impaciente, deseoso de ganar tiempo, se acercó al encadenado para realizar la entrevista de rigor.

-¿Sabe por qué está aquí? -le preguntó.

-Supongo que me van a matar -respondió el condenado.

-¡No siga con eso! -se apuró a corregir el funcionario-. Usted sabe bien que el verbo “matar” no se aplica en estos casos, ¿no ve mi uniforme? Le presento nuestro patio de depuraciones -dijo mientras extendía los brazos-. Lo que hacemos aquí es más bien un trabajo de desinfección, nos ocupamos de la limpieza social. De hecho, pertenecemos al Ministerio de Higiene, como habrá visto en mi credencial y en toda la cartelería del establecimiento.

-¿Y qué hago aquí? -dijo el reo, sin dejar de observar la credencial del funcionario.

-A usted se lo ha encontrado culpable de agredir a una persona que aparece en el Registro Estatal de los Débiles.- El funcionario mantenía un gesto sereno pero firme. Por dentro, ya iba preparando las explicaciones que tendría que dar.

-Tuve una pelea con él porque quiso adelantarse en una fila.

-Usted no tuvo una pelea con él, es imposible. Ya le dije que se trata de alguien que aparece en el Registro Estatal de los Débiles. Por lo tanto, no puede tener una pelea con él. Usted solamente puede agredirlo. Por eso este caso es tan sencillo, el Registro no deja lugar a dudas.

     El condenado se quedó en silencio unos segundos.

-Parece que yo mismo podría aparecer ahora en ese Registro -dijo finalmente.

     El funcionario se rió con ganas.

-Buen intento, señor, muy buen intento. Nunca había escuchado una cosa así. Fíjese que, por el contrario, usted es un claro miembro del Registro Estatal de Opresores. Esa fue mi primera impresión, la cual pude corroborar después, cuando le tomamos la foto y la sometimos al sistema de reconocimiento.

-No tenía idea de que figuraba en ese registro.

-Lo cual no tiene nada de extraño -se apuró a responder el otro-. Un rasgo típico de todo opresor es no saberse opresor.

-Quisiera tener la oportunidad de defenderme y explicar bien el asunto de la pelea con ese hombre.

     El uniformado le apoyó las manos en los hombros y lo miró con indulgencia.

-No hay nada que explicar, para eso están los Registros. Como bien dice la nueva legislación, si tenemos un hecho que involucra a una persona del Registro Estatal de los Débiles y a otra del Registro Estatal de los Opresores, el único procesamiento que admite nuestro sistema es “agresión del segundo al primero”. Notará usted la manera en que esto lo simplifica todo. La gente nos exige soluciones rápidas, no tiene tiempo ni paciencia para explicaciones.

-Ya veo -dijo el agresor, en parte impresionado por la solidez de las argumentaciones-. ¿Y no puedo discutir siquiera lo de la pena de muerte?

-Usted insiste en no entender. No se trata de una pena de muerte, sino de una descontaminación social. La pena de muerte daría a entender que el problema es con usted y sólo con usted. Pero no es así, para eso hemos elaborado los Registros, para dejar en claro que nuestra lucha es contra la opresión.

     El funcionario, más que satisfecho, se alejó del reo y se asomó nuevamente a las puertas del patio. Ya se podía ver a los verdugos acercándose por el pasillo, fusil al hombro. Mientras entrevistaba al condenado, el clima había cambiado: el patio se veía más oscuro y se sentía una leve corriente de frío.

     Había que apresurarse, tal vez incluso resumir o eliminar algunas formalidades. No hace falta insistir en que es de máximo interés estatal que las ejecuciones, dentro de lo posible, no se lleven a cabo con lluvia.



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