Modernidad


El hombre moderno, lo que todo el tiempo llaman el hombre moderno, no existe. Es el mismo animal que ha sido siempre, pero ahora sin tiempo para nada, aterrorizado, desesperado por sentirse útil. El hombre moderno es la maquinaria que lo empuja, es el efecto antropológico de las deudas. Decimos que el progreso ha desbaratado la urgencia, pero tendríamos que vernos detenidamente, observar nuestra marcha incesante de hormigas amaestradas.




Foucault y la cancelación


Desconozco si los hechos que se atribuyen a Michel Foucault son verdaderos y conozco su obra menos de lo que quisiera. No me ocuparé, pues, de hacer una defensa de la persona ni de su pensamiento. En cambio, haré algunos comentarios sobre la posibilidad o imposibilidad de llevar a cabo la cancelación en estos casos.

     Me parece bastante claro que muchas propuestas de cancelación parten de la siguiente premisa: la obra del candidato a cancelado es prescindible. De este modo, no habría una pérdida significativa en la eliminación de las referencias al autor y su obra en programas de materias, cursos y seminarios, así como también en debates académicos y otras instancias de intercambio. No habría una pérdida significativa en considerar a la obra sin más como equivocada o hasta peligrosa.

     Imaginemos el siguiente ejemplo: descubrimos que el matemático Carl Friedrich Gauss cometió hechos aberrantes y repudiables durante su vida. Digamos que no se trata de simples denuncias, sino de hechos absolutamente comprobados. Lo primero que constataríamos, en este caso, es la imposibilidad de eliminar las referencias al trabajo de Gauss en un sinnúmero de cursos, investigaciones, discusiones, etc. En el mejor de los casos, podríamos castigarlo rebautizando algunas funciones y leyes.  

     Cuando se trata de obras filosóficas, la divergencia de opiniones e intereses propia de la disciplina hace que cada cual tenga sus criterios respecto de lo que resulta prescindible. Quienes se apresuran a pedir la cancelación de un autor probablemente ya lo consideraban irrelevante de antemano, cuando no perjudicial. El descubrimiento del hecho aberrante confirma la opinión previa.

     En algún momento, se discutió largamente si la vinculación de Martin Heidegger con el nacionalsocialismo alemán invalidaba su obra. Hoy podemos decir, más allá de nuestras opiniones, que una eventual cancelación de la obra de Heidegger nos dejaría con un panorama muy incompleto de la filosofía del Siglo XX, dada su influencia determinante en una buena cantidad de corrientes de pensamiento.

     ¿Sucede lo mismo con la obra de Foucault? Me atrevo a decir que sí. La influencia del autor en el pensamiento de finales del Siglo XX y principios del Siglo XXI es lo suficientemente significativa como para que una eventual cancelación parezca bastante difícil de llevar a cabo. Incluso si fuera posible cumplir esa tarea de manera acabada, el resultado sería una visión completamente sesgada de las últimas décadas de debate filosófico. En conclusión, si creemos que el trabajo de un autor resulta prescindible o perjudicial, lo más honesto es discutir explícitamente los razonamientos que lo componen y no tratar de aprovechar atajos ad hominem.




Percepción


Hay, en nuestras pupilas, una pequeña copia de cada cosa que vemos. Por eso, al transitar una avenida, sentimos que se nos hinchan los ojos. Del mismo modo, hay extensiones de nuestros nervios que se adhieren a lo que nos rodea. Por eso, no es raro que una persona sensible dé un salto cuando alguien patea un basurero. No hay distinción. Todo lo que percibimos se vuelve parte de nuestro cuerpo y cada uno de nosotros no es más que una retención momentánea de sensaciones, imágenes y aspectos.




Sobre el debate de la meritocracia


Lo curioso del debate de la meritocracia es que cada una de las partes (pro y contra) se esmera en refutar un punto de vista que no es el que verdaderamente defiende la otra. Por un lado, los detractores de la meritocracia aclaran una y otra vez que no es cierto que los pobres sean pobres por falta de esfuerzo. Sin embargo, los defensores de la meritocracia no dicen eso. No afirman que nuestra sociedad esté organizada actualmente en base al mérito, sino todo lo contrario. En su opinión, el problema de nuestra sociedad es que está organizada en base al acomodo político y a los negocios con el estado.

     Por otro lado, los defensores de la meritocracia objetan a sus adversarios el defender una especie de modelo soviético, según el cual el ascenso social viene determinado por la fidelidad al partido de gobierno y no por la idoneidad o el esfuerzo. Sin embargo, los detractores de la meritocracia tampoco proponen esto. Lo que dicen es que el estado debería apoyar a los sectores sociales más desprotegidos. Así pues, cada facción está tan profundamente sumergida en su propia trinchera que no alcanza a advertir que no está respondiendo a los argumentos de la otra.

     Esto no significa que no tengan verdaderos desacuerdos, significa que no los están discutiendo. Por ejemplo, los defensores de la meritocracia parecen sostener que el principal culpable de la pobreza es el estado, mientras que los detractores parecen sostener que el principal culpable es el mercado. Entonces, la pregunta es si los pobres son pobres porque el estado no los apoya lo suficiente o porque la sociedad estadocéntrica no genera suficientes oportunidades. Así planteado, el debate sigue siendo muy general. Pero implica ya una mejoría respecto de la discusión sobre la meritocracia.  

     En mi opinión, deberíamos discutir la organización interna del estado y su participación en la dinámica social. En lo que respecta a la organización interna, creo que tiene sentido debatir el lugar que el mérito debe ocupar en la conformación del estado. Por ejemplo, quizás todos estemos de acuerdo en que los docentes de escuelas y universidades deben elegirse por formación y no por fidelidad al partido de gobierno. Tenemos aquí una cierta dosis de meritocracia. ¿Debe ampliarse esta lógica a otras áreas del estado? ¿Debe repudiarse esta lógica en todos los casos, incluidos los docentes?

    Otro ejemplo: supongamos que yo he ganado competencias internacionales de confección de castillos de naipes y que tengo un pariente que es funcionario público. Este funcionario me contrata para hacer castillos de naipes en todos los edificios y oficinas bajo su autoridad. Nadie puede poner en duda mi idoneidad para realizar la tarea, pero puede ponerse en duda la pertinencia de la tarea. Discutir el mérito es discutir la idoneidad de la persona y la pertinencia de la tarea.  

     En lo que respecta a la participación del estado en la dinámica social, los puntos de vista posibles son varios. Algunos ejemplos: A) el estado debe limitarse a prestar seguridad y justicia; B) a lo anterior debe agregarse salud, educación e infraestructuras públicas; C) a lo anterior deben agregarse regulaciones del sector privado, transferencias de dinero a favor de ciertos sectores sociales y discriminaciones positivas; D) el estado debe organizar toda la dinámica social.

     Se trata, evidentemente, de una simplificación. Por un lado, estas no son todas las posibilidades. Por otro lado, podemos estar de acuerdo en alguna de estas fórmulas generales y no estar de acuerdo en su implementación, por ejemplo, estar de acuerdo en que el estado debe garantizar la educación y no estar de acuerdo en cómo debe hacerlo. En cualquier caso, mientras insistimos en intercambiar frases hechas sobre la meritocracia, el debate sobre estas cuestiones permanece en un estado de vaguedad bastante desalentador. Las partes enfrentadas en estos intercambios parecen estar cómodas con la situación, ya que les permite oponerse a una caricatura de las ideas del otro, fácil de ridiculizar, y porque de este modo se evitan dar definiciones más concretas sobre temas complejos. Cuando esta lógica se traslada a la alta dirigencia política, sucede algo muy peculiar: conocemos mejor las reacciones de nuestros políticos ante ciertos fenómenos y discursos que sus ideas respecto del estado y la sociedad. 




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Poema sencillo


Tus ojos son pequeños y alegres

brillan preciosos

como estremecidas gotas de agua

y apenas pueden verse sus contornos

cuando sonríes.


Tus ojos se disimulan tras la sonrisa infinita

tus manos quietas

y yo quisiera saber qué piensas

a qué dedicas esa mirada

y esa alegría.


Los árboles se extienden entre el paisaje

el sol desciende

y en esta tarde las almas lucen

igual de inmensas

que el universo.


Y sin embargo todo es tan frágil

tan pasajero

que no quisiera acercarme ni decir nada

por no perturbar el misterio

de tu sonrisa.




Identidad y diferencia


Cada cosa se transforma en sí misma constantemente, minuto a minuto. Sin embargo, a veces sale mal, y entonces el mundo no consigue mantenerse idéntico: se va como gastando en algunas partes, en otras florece, en otras va trazando figuras tensas que se conservan o estallan. Nada reposa, todo es inquietud infinita. A cada minuto nos acecha, por tanto, el peligro de cambiar o de permanecer iguales. 




La abundancia de objetos


Estoy convencido de que hay demasiadas cosas en este mundo, pero no puedo decir exactamente cuáles sobran. Yo podría pensar, por ejemplo, que sobran aquellas cosas que jamás he usado, como es el caso de los helicópteros y las retroexcavadoras. Sin embargo, no hace falta ser muy lúcido para darse cuenta de la arbitrariedad de mi razonamiento. El hecho de que algo sea o no sea utilizado por mí no nos dice nada sobre su importancia en este mundo. Además, la existencia de las cosas que yo uso depende de la existencia de muchas otras que jamás he utilizado y que tal vez nunca conoceré.

     Se me ocurre, entonces, que una buena idea sería suprimir los objetos meramente embellecedores: los adornos, fragancias, melodías, decoraciones y ornamentos. Remover de nuestros cuerpos y de nuestro entorno todo aquello que no cumpla una función específica (la función de embellecer, en este caso, no sería considerada una verdadera función). Esto sí que podría descomprimir la sobrecarga de cosas que padece nuestro planeta, a la vez que podría llevarse a cabo en poquísimo tiempo, si todos estuviéramos dispuestos a colaborar.

     Sin embargo, parece que los objetos meramente embellecedores, a pesar de ser inútiles, están en todas partes. La especie humana tiene una curiosa e incomprensible predilección por ellos. Incomprensible, vale aclarar, no para las personas que los producen y los demandan, sino para quienes quisiéramos beneficiarlas con un mundo mejor.

     Teniendo en cuenta, entonces, esta omnipresencia del embellecimiento, no puede descartarse que el buen ánimo (o incluso la felicidad) de los miles de millones de seres humanos que habitan la tierra dependa en última instancia de los adornos que pueblan los espacios públicos y privados, así como de las fragancias y melodías con que se estimulan cotidianamente, o tal vez de las fachadas que cruzan todos los días de camino a sus obligaciones y quehaceres. En este caso, suprimir el enorme y abarrotado universo de lo inútil podría tener consecuencias catastróficas en el universo de lo útil.

     En este punto, advertirán ustedes la dificultad de mi proyecto de simplificación del mundo. Si no me atrevo a suprimir cosas como un perfume o un florero, sospecho que finalmente no me atreveré a suprimir nada. Todas las cosas parecen tener, sino una verdadera razón, al menos una excusa convincente para existir.




Argumentum ad timorem


Hay un fraude intelectual en afirmar que el otro no piensa como uno por temor. Por ejemplo, vemos un vaso de vidrio y decimos: “he aquí un vaso de vidrio”. Nos golpeamos el pecho, estamos orgullosos de nuestro hallazgo. De pronto, alguien nos responde: “no veo ningún vaso de vidrio” o “el vaso es de plástico”.

     Entonces, nos preguntamos cómo es posible que esta persona no vea lo que nosotros vemos, que no vea el mismo vaso de vidrio. Concluimos, pues, que seguramente percibe lo mismo que nosotros, pero dice otra cosa, tal vez por temor. No se atreve a decir “he aquí un vaso de vidrio”, teme las posibles reacciones y represalias.

     Bien visto, esto puede aplicarse a cualquier teoría o afirmación que pudiera resultar potencialmente polémica. De este modo, ya no tenemos que justificar nada, no tenemos que dar pruebas. Basta decir que los otros no se atreven a pensar como nosotros.

     Es cierto que, siempre y en todo lugar, hay cosas que no se dicen por temor. Esto nos ha inducido a creer que la verdad es una cuestión de pura valentía. La valentía, por cierto, es un valor destacable, puesto que no todo el mundo se atreve a contradecir a un tirano o al sentido común. Pero la verdad sigue siendo una cuestión de método, de pruebas y argumentos.

     El argumentum ad timorem no siempre es acertado: la valentía, si bien admirable, no prejuzga verdad o falsedad. La memoria histórica, tal vez con buen criterio, suele olvidar a los valientes equivocados. Se queda con el buen recuerdo de los valientes que al fin y al cabo tenían razón, o al menos con aquellos que tuvieron éxito.

     ¿Qué decir de los cobardes? Galileo fue seguramente más cobarde que los miles de mártires que pueblan nuestra historia, pero no por eso estaba equivocado. Tal vez consideró que la solidez de sus pruebas lo eximía del énfasis del sacrificio. ¿Será por inseguridad, entonces, que Sócrates dio la vida, por falta de mejores argumentos?