Argumentum ad timorem


Hay un fraude intelectual en afirmar que el otro no piensa como uno por temor. Por ejemplo, vemos un vaso de vidrio y decimos: “he aquí un vaso de vidrio”. Nos golpeamos el pecho, estamos orgullosos de nuestro hallazgo. De pronto, alguien nos responde: “no veo ningún vaso de vidrio” o “el vaso es de plástico”.

     Entonces, nos preguntamos cómo es posible que esta persona no vea lo que nosotros vemos, que no vea el mismo vaso de vidrio. Concluimos, pues, que seguramente percibe lo mismo que nosotros, pero dice otra cosa, tal vez por temor. No se atreve a decir “he aquí un vaso de vidrio”, teme las posibles reacciones y represalias.

     Bien visto, esto puede aplicarse a cualquier teoría o afirmación que pudiera resultar potencialmente polémica. De este modo, ya no tenemos que justificar nada, no tenemos que dar pruebas. Basta decir que los otros no se atreven a pensar como nosotros.

     Es cierto que, siempre y en todo lugar, hay cosas que no se dicen por temor. Esto nos ha inducido a creer que la verdad es una cuestión de pura valentía. La valentía, por cierto, es un valor destacable, puesto que no todo el mundo se atreve a contradecir a un tirano o al sentido común. Pero la verdad sigue siendo una cuestión de método, de pruebas y argumentos.

     El argumentum ad timorem no siempre es acertado: la valentía, si bien admirable, no prejuzga verdad o falsedad. La memoria histórica, tal vez con buen criterio, suele olvidar a los valientes equivocados. Se queda con el buen recuerdo de los valientes que al fin y al cabo tenían razón, o al menos con aquellos que tuvieron éxito.

     ¿Qué decir de los cobardes? Galileo fue seguramente más cobarde que los miles de mártires que pueblan nuestra historia, pero no por eso estaba equivocado. Tal vez consideró que la solidez de sus pruebas lo eximía del énfasis del sacrificio. ¿Será por inseguridad, entonces, que Sócrates dio la vida, por falta de mejores argumentos?




La soga, de A. Hitchcock


La película es notable en muchos aspectos, pero argumentativamente extrañísima. Un profesor dedica su vida a predicar sobre los seres superiores e inferiores, y sobre el asesinato como privilegio de los superiores. Durante años, explica a sus estudiantes que la moral es un invento de los débiles para impedir a los fuertes el libre despliegue de sus facultades.

     Un día, uno de sus estudiantes comete un asesinato, amparándose en las teorías del profesor. Cuando éste descubre el crimen, reniega del joven. Aclara que nunca quiso decir lo que el asesino creyó escuchar. Acusa al estudiante de escudarse en teorías filosóficas para cometer un acto absolutamente horrible y condenable, insiste en que nadie tiene derecho a juzgar la superioridad o inferioridad del prójimo.

     De pronto, el profesor se vuelve demócrata, improvisa un discurso sobre la igualdad. ¿Qué quiere decir todo esto? ¿Es posible desvincular las teorías del profesor de los actos del estudiante? ¿Existe una interpretación no criminal de la teoría de los seres superiores y del privilegio de asesinar? ¿Es válido el retroceso del profesor? ¿Qué significa realmente su reacción al enterarse de lo sucedido? ¿Es una corrección, un arrepentimiento o una salida de compromiso?




Virtudes


El cobarde, justamente a causa de su cobardía, puede llegar a desarrollar cierta paciencia y estoicismo. Al no poder tener las reacciones explícitas y directas de una persona valiente, tendrá que volverse más sistemático y astuto, tendrá que ser más moderado y perseverante. Si logra esto, habrá adquirido unas virtudes mucho más valiosas y útiles que la valentía, aunque nunca dejará de envidiarla.




La indiferencia del mundo


Me han dicho mil veces que el mundo está en mi cabeza, que es un producto de mi actividad mental. Sin embargo, no puedo deshacerme de él como me deshago de las malas ideas. Para tratarse de meros pensamientos, las cosas que me rodean parecen demasiado persistentes.

     Quisiera, por ejemplo, hacer desaparecer a los mosquitos con la misma facilidad con que descarto un mal plan de fin de semana, quisiera modificar el mundo como cambio en este texto las palabras que no me convencen.

     Pero no puedo. Los mosquitos siguen ahí, por mucho que pretenda olvidarlos o por mucho que me concentre en su desaparición. Parecen indiferentes a mis elucubraciones y silogismos. Entre las cosas que están en mi cabeza, el mundo es la más frustrante de todas, ya que no suelen alterarlo mis ejercicios de distracción o de énfasis.  





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La pobreza del discurso


Se han dicho muy pocas cosas, existen todavía infinitas combinaciones de palabras sin explorar. Por ejemplo: “la inconveniente mañana del fenómeno arrugado”. Por ejemplo: “cuántos años de soberbia hipnótica y de anochecer compulsivo”. Por ejemplo: “incapaz es redondo”.

     Alguien podría objetar que estas cosas no suelen decirse debido a su carácter absurdo, a su ausencia de significado. Los hablantes prefieren no insistir en combinaciones de palabras que no llevan a ninguna parte.

     No sé si esto es realmente así, pero existen combinaciones que, a pesar de tener un sentido claro y específico, son cuidadosamente evitadas por los hablantes. Por ejemplo: “el sol sale cada día porque no hay manera de saber cuánto costarán las naranjas el año que viene”.

     Ya imagino la objeción: la idea expresada en ese enunciado es falsa. Pero nadie puede dudar de que se dicen muchas cosas falsas. ¿Por qué algunas falsedades proliferan en el discurso y otras no?

    Además, hay muchas oraciones que, a pesar de ser verdaderas, no se dicen. Por ejemplo, hemos escuchado muchas veces “el libro está sobre la mesa”, pero no solemos escuchar “la mesa está debajo del libro”. La segunda oración es tan verdadera como la primera, pero por algún motivo no suele decirse.  

   Por todo esto, concluyo que los seres humanos hemos sido muy descuidados en la exploración de las posibilidades de nuestro lenguaje. Quién sabe cuántas combinaciones maravillosas y perfectamente viables duermen en los laberintos de la lengua, mientras nosotros insistimos en secuencias tan vulgares como “qué calor”, “es así” o “ya vendrán tiempos mejores”.




Fin de año


Hace tiempo, me propuse el ejercicio de reflexionar sobre la felicidad y de poner por escrito una lista de bienaventuranzas. En este fin de año tan particular, comparto con ustedes el humilde resultado de aquellas indagaciones.


  • Felices los que aceptan que nuestra salud es frágil, que nuestra lucidez es frágil, que nuestro carácter es frágil.
  • Felices los que aceptan que no podemos controlarlo todo, que cada cosa es lo que es.
  • Felices los que comparten un plato de comida, felices los que comparten la palabra y el silencio.
  • Felices los que viven en paz, felices los que se la desean a otros.
  • Felices los que creen en el perdón, felices los que no se sienten deudores ni adeudados.
  • Felices los que no tienen motivos para sentir culpa, felices los que sólo la sienten cuando tienen motivos.
  • Felices los que no hacen ni conocen el mal.
  • Felices los que aman.



El año de la peste


Trataré de no molestar.

No hablaré de las palabras

ni de las miserias del poema.


Hablaré, por ejemplo

de este año infame

pero sin decir nada.


No narraré las historias

no describiré la peste y el encierro

no contaré muertos ni sobrevivientes.


No intentaré borronear con palabras

la espera infinita

las cosas que ya todos han visto.


El minucioso barrido

de suciedades invisibles

el acoso microscópico.


No intentaré explicar

la sensación de estar invadidos

por nosotros mismos.