Un día soy joven, me acuesto a dormir lleno de ambiciones y proyectos. Voy a la universidad, paso horas y horas sentado, descifrando un mundo desconocido. Me recibo con honores. Monto un pequeño estudio en una oficina lejana, inaccesible. Llegan los primeros clientes, tengo muchísimo tiempo para dedicarles, me recomiendan a sus vecinos. Mudo la oficina al centro de la ciudad, contrato empleados. Tengo un profesional recién recibido que me prepara el café, tengo otro que hace mandados. El estudio se mueve con la precisión de un reloj, me sobra tiempo como para ampliar mis horizontes y hacer negocios. Me enriquezco. La gente se amontona para sacarle fotos a mi auto nuevo. Soy un profesional respetado, un empresario exitoso, un marido ejemplar, un padre de familia. Me tientan con la política, rechazo todo tipo de cargos y candidaturas. La gente me admira. Mis nietos quieren venir a casa después del colegio. Despierto. Mi deslumbrante carrera no había sido más que un sueño. Respiro aliviado: soy joven otra vez.
La vida es sueño
Abrió los ojos y él estaba ahí, también mirándola. La cama, con su maraña de piernas, brazos y sábanas, parecía un enorme laberinto. Ella le contó asustada que acababa de verlo morir en sueños. Él la abrazó con fuerza y le dijo que había soñado lo mismo. La besó en la frente, cerró los ojos y desapareció.
Autoconocimiento
Parece mentira que tengamos que investigar nuestro propio cuerpo, como si fuera una especie de electrodoméstico del cual podemos hacer perfecto uso, pero cuyos mecanismos internos desconocemos por completo.
El conocimiento que necesitamos para hacer uso de un televisor es ínfimo comparado con el conocimiento necesario para repararlo, y este último sigue siendo ínfimo frente al necesario para diseñarlo y producirlo. Con el cuerpo humano sucede algo parecido, pero en este caso el electrodoméstico somos nosotros mismos. Las roturas de nuestro cuerpo son nuestras propias roturas, el desconocimiento de lo que sucede con los alimentos cuando los ingerimos es el desconocimiento de lo que sucede en el interior de nosotros mismos, los misterios de la actividad cerebral son los misterios de nuestra propia actividad.
Es extraño que nos suceda esto, nunca terminamos de acostumbrarnos a que el cuerpo nos resulte a la vez tan propio y tan ajeno, lo cual se refleja en las distintas maneras que tenemos de referirnos a él. A veces lo identificamos plenamente con nosotros y hablamos de él simplemente como una forma de decir nuestro nombre, a veces lo tratamos como un objeto que nos pertenece y que no puede más que obedecer nuestros designios, a veces se nos presenta como un extraño, como un conjunto de mecanismos arbitrarios y de fuerzas misteriosas que nos impone una lógica que desconocemos y detestamos. En estos momentos, advertimos la humillante verdad de que ser nosotros mismos es también ser otra cosa. No existe manera humana de digerir semejante verdad, aunque existan muchas maneras de olvidarla por algunas horas o días.
Urbano
La ciudad tiene esa cosa mágica.
Las bolsas de plástico
trazando figuras en el aire
La resignación de las hojas
aplastadas por la lluvia.
No saber cuánta gente pasó
Dejarse enseñar cosas nuevas
por un recién llegado
Que la vista nunca te alcance
para abarcarlo todo.
Y de pronto un ruido cualquiera
o las luces brillantes de un cartel
alguna distracción
completando la trampa mortal
de las veredas rotas.
El monstruo y el héroe
El monstruo invadió nuestras tierras, rodeó nuestras ciudades con sus ejércitos del mal. Cuando la rendición se hizo inminente, nos preguntamos cuánto nos costaría aquella derrota.
El enemigo impuso sus normas y estilo de vida: muchos fueron sometidos a la esclavitud, otros no advirtieron ningún cambio, unos pocos fueron astutamente promovidos y pasaron a formar parte de la burocracia invasora.
Un día, el héroe llegó a nuestras tierras, rodeó con sus ejércitos del bien nuestras ciudades ocupadas por ejércitos del mal. Cuando la expulsión del enemigo se hizo inminente, nos preguntamos cuánto nos costaría esta salvación.
Dos poemas
Publicados en la revista Río Arga, nro. 142.
Febrero
No te dabas cuenta de lo que hacías
tenías los pies encajados
en esos zapatos diminutos
y un vestido tan gris
como la madrugada.
Desapareciste
detrás de muros y ventanas
llevándote para siempre
entre los zapatos
un pedazo de aquella esquina.
Y sin darte cuenta
dibujaste con tu vestido
en el aire
un camino entre aquella noche
y estos versos.
El amor
Acaso la sospecha
de una vida más oscura
sin la sensación del cuerpo amado.
Acaso el constante regreso
de una serie de gestos
celebrados cada vez como la última.
Acaso la observación
de un rostros que hace su vida
y que salva la nuestra.
