Medios y objetivos


Los economistas afirman que los medios deben estar alineados con los objetivos. Por ejemplo, no se puede pintar una casa entera con un litro de pintura, no es razonable rebanar tomates con una tijera. Semejantes ejercicios vendrían a ser, pues, antieconómicos. Ahora bien, este principio de adecuación entre medios y objetivos no encierra únicamente una verdad “económica”, sino más bien una verdad general sobre la existencia humana. Agregar cada vez más objetivos a un mismo instrumento es en todo caso una conducta poco razonable.

Sin embargo, los seres humanos seguimos cayendo una y otra vez en la tentación de intentarlo. Sabemos muy bien que el año que empieza consta del mismo tiempo que el año que termina, pero nos imaginamos que podremos realizar en ese mismo tiempo el doble de tareas. Cuando observamos que cierta institución cumple razonablemente con su función, nos parece que lo más lógico es agregarle otra, con lo cual destruimos la eficacia y el prestigio que dicha institución había logrado. Al advertir los distintos bienes alternativos que podríamos adquirir con los recursos que tenemos disponibles, empezamos a buscar formas de burlar la escasez y adquirir todos esos bienes en forma simultánea.

Se trata, en todos estos casos, de intentos de negar el carácter siempre limitado de nuestra existencia, de evadir la dolorosa necesidad de enfrentarnos a la falta de tiempo, de recursos, de energía, de conocimientos. Las “leyes económicas”, en este sentido, no son otra cosa que leyes de la finitud humana, y por eso resultarán siempre desagradables e inconvenientes a quienes creen que el ser humano tiene la capacidad de encarnar o producir alguna forma de infinitud, es decir, de inmortalidad. 



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Cuestión de fe


Como el mar, que es inmensamente una misma cosa y otra distinta cada vez que lo miras, así es este mundo y así también eres tú. Como el oleaje del mar, que no sabe que es una pintura que el viento dibuja con minuciosa indiferencia, así son tus obras, vagas líneas que trazan fuerzas desconocidas sobre un papel desgastado. Como aprende el viento su frenético oficio, así aprendiste tú la tarea del ser humano, sin que nadie te la enseñara. Pero, a diferencia del mar y del viento, tú tenías conciencia, y tan necesaria como la tarea era para ti la fe en la tarea.



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El ritmo minucioso


Quedó en venir a las seis. Yo estoy sentado en el sillón, ya completamente sumergido en el espíritu de la espera. Faltan todavía veinte minutos. No es tiempo suficiente como para ponerme a trabajar en el informe, por menos de una hora no tiene sentido encender la computadora y preparar mate.

¿Cómo puedo aprovechar el tiempo? Tengo un ejemplar de los Cuentos Completos de García Márquez apoyado en la mesa ratona. Me toca leer uno que se titula “Amargura para tres sonámbulos”, de cinco páginas.

Sobra tiempo, hasta puedo desperdiciar unos minutos pensando si no me conviene hacer otra cosa. Intentar unos versos, hacer flexiones de brazos, lavar platos. Empiezo a darme golpecitos en las rodillas con las palmas de las manos.

Recuerdo las noticias: otro año perdido, otro gobierno perdido. Como si fuera poco, está haciendo un frío que corta los labios y azula los dedos. Si el día de las elecciones llegara a hacer tanto frío como ahora, ¿tiene sentido ir a votar? ¿Alguna de las opciones vale el esfuerzo de salir a la calle y caminar hasta el colegio público?

No dejo de golpearme las rodillas. Sin levantarme del sillón, dirijo la mirada al ventanal y alcanzo a observar el edificio de enfrente. La luz del sol se ve tenue y anaranjada, como retirándose. Se ven las sombras larguísimas que dibujan los recovecos de la fachada.

Faltan quince minutos. Tomo el libro y me pongo a leer. “Sentados en triángulo, la imaginábamos allá adentro, abstracta, incapacitada hasta para escuchar los innumerables relojes que medían el ritmo, marcado y minucioso, en que se iba convirtiendo en polvo.”

No puedo concentrarme tanto como quisiera. La espera me tiene en ese estado de transición, en ese ya no estar en nuestra actividad actual pero tampoco todavía en la siguiente. Me siento inquieto, ansioso, no logro retener debidamente las oraciones. Tal vez tenga que volver a leer estas páginas, tal vez sea mejor quedarme con esta idea vaga e imprecisa, con esta sensación de fragilidad y tristeza. Quién sabe si no era esa la intención del autor, si esto que atribuyo a mi estado de ánimo no está en verdad impregnado en el texto mismo.

Termino de leer el cuento y son justo las seis de la tarde. Todavía no llega. Releo algunos párrafos, siempre con la misma ineficacia. Tengo la sensación de resbalar por las palabras.

Ya debería escuchar el timbre. Reviso si hay mensajes en el celular. Nada. Por lo menos, ahora resulta más fácil decidir qué hacer: lavar los platos es una actividad que se puede interrumpir en cualquier momento.

El agua sale del grifo en un chorro espumoso, casi blanco, homogéneo hasta el punto de dar una cierta imagen de solidez. Lo toco y se deshace, adopta distintas formas según pongo el dedo. Cuando siento que está tibio, empiezo a lavar.

La suciedad está consolidada en la superficie de la vajilla, las horas han hecho su trabajo. Observo cómo la grasa se disuelve, cómo los restos se despegan de a poco. Trato de imaginar en qué lugar del planeta se vuelve a juntar y solidificar esta mugre.

Lavo hasta el último plato. Continúo con el barrido del piso. Ya son las seis y cuarenta. Sigo esperando. Pienso que bien podría haberme puesto con el informe, si esta persona hubiera tenido la decencia de avisarme de su demora. Me siento en la necesidad de criticar al país, a las costumbres insufribles, a la incapacidad para percibir el universo del otro.

Reviso nuevamente el celular. No se ven mensajes ni notificaciones. Decido que ya es hora de hacer una llamada. Pulso el contacto en la pantalla, me llevo el aparato al oído y asomo a la ventana. La tarde está cada vez más débil, cada vez más aplastada y diluida por la aproximación de la noche.

No atiende. Sigo mirando por la ventana, observo desde lo alto el creciente flujo de vehículos. En una hora será un caos, como siempre.

Voy al baño. Cuando tiro la cadena, alcanzo a ver un pequeño charquito de agua a un costado del inodoro. Me agacho. El caño flexible tiene una mínima rajadura por la que se filtra un goteo leve pero constante.

Se me ocurre la desafortunada idea de improvisar un tapón. Mientras manipulo el caño, no logro hacer otra cosa que expandir el agujero y agravar el problema.

El agua se acumula en el piso del baño. Se me mojan las zapatillas y parte de la ropa. Busco una toalla y un recipiente de plástico y trato de contener el ahora no tan leve goteo, pero fracaso nuevamente. En el intento de colocar el recipiente para que el agua caiga dentro de él, le doy un golpe al caño flexible. El agua empieza a brotar intensamente y se escucha sonar la melodía del portero eléctrico.

Por la ventana apenas abierta del comedor entran los ruidos del tráfico, junto con los últimos retazos de la tarde. El cielo se pone cada vez más oscuro, cediendo el paso al reinado de la luz artificial. Después de unos segundos de confusión, dejo la toalla en el piso y me apuro a cortar el agua del baño.

La melodía vuelve a sonar. En cuestión de segundos, logro dejar el baño limpio y seco, pero todavía tengo que cambiarme la ropa. Mientras camino hacia la habitación, se escucha sonar el timbre por tercera vez.

Me quedo inmóvil unos segundos. Por alguna razón, se me viene a la mente la frase que leí hace más de una hora: “el ritmo, marcado y minucioso, en que se iba convirtiendo en polvo.” Mientras estoy parado en medio del pasillo que va desde el baño a la habitación, voy tomando conciencia de mi cuerpo, del momento del día, de las circunstancias. Me doy cuenta de que no tengo ganas de recibir a quien está tocando el portero. Si bien no se trata de un encuentro formal, la manera en que se dieron las cosas me deja un amplio margen para justificarme.

Suena mi teléfono. Apago las luces del departamento y desaparezco, como desaparecen también los últimos rastros de sol entre los edificios.    



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Un pequeño propósito


Conviene comenzar el día con un pequeño propósito, una tarea cuyo cumplimiento despeje ese estado de indefinición emocional en el que uno se despierta. Una vez realizada esta actividad, por humilde que sea, todo lo demás se desenvuelve con mayor facilidad y ligereza. Por el contrario, el no poder superar ese primer momento nebuloso del día puede arruinarle a uno toda la jornada.



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Ilusiones


La ilusión es siempre ilusión de posesión. Hay formas ilusorias del amor, de la riqueza, del saber. Todas ellas tienen que ver con el intento de guardar un pedazo de mundo bajo llave.

Nada está a salvo. No existen realmente paredes ni cerrojos. No hay más que distintos niveles de una misma intemperie.

No será tuyo ni siquiera el recuerdo que dejes en otros. Nada es tuyo tampoco hoy. Tus posesiones simplemente te acompañan y por eso tienes miedo de perderlas.



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Orden y desorden


Dormí mal anoche. Cuando comenté esta circunstancia a otras personas, todas respondieron que les había sucedido lo mismo. ¿Habrá producido la noche alguna perturbación general que alteró el sueño de los humanos? ¿Será pura coincidencia? ¿Tendremos todos una inquietud interior que nos impide dormir bien?

No siempre es fácil saber si la intranquilidad está en nosotros o en el entorno. Nos ponemos a ordenar la casa porque su desorden nos inquieta, pero una vez terminada la tarea nuestro ánimo sigue igual. Nos ponemos a meditar porque percibimos un malestar interno, pero no nos sentimos mejor hasta no haber ordenado la casa. ¿Dónde está el desorden que nos intranquiliza, dónde el ruido que no nos deja dormir?



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Espacio y tiempo


Nos resulta más o menos sencillo tener conciencia de los desplazamientos en el espacio, saber que hemos abandonado una casa, una ciudad o un país. En cambio, nuestro constante desplazamiento en el tiempo suele pasarnos desapercibido, tal vez porque no podemos acelerarlo ni revertirlo. En términos temporales, siempre estamos abandonando “países” sin saberlo, dejando atrás etapas y circunstancias. De pronto, descubrimos que ya no tenemos algo que nos hacía felices o que ya no sufrimos por ciertos males que ahora nos parecen insignificantes. En esos momentos, tomamos conciencia de aquello que sucedió lentamente y sin que nos diéramos cuenta.



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Natural y artificial


Nunca vemos la naturaleza. Vemos el árbol, el perro, la tierra removida. Vemos el libro sobre la mesa. Sin embargo, la naturaleza es para nosotros una verdad indiscutible. Queremos creer que hay algo mejor, más inocente, más puro. Queremos creer en la existencia de un orden, de un sentido.

     Nunca vemos la naturaleza o la vemos todo el tiempo, sin aceptar que no es lo que pretendíamos. Nuestras infinitas montañas de basura forman parte de ella también, porque nosotros mismos formamos parte de ella. No queremos pensar en todo lo que ha tenido que suceder para que las cosas estén ahí y sea percibidas por nosotros como libros sobre la mesa, como árboles, perros, tierra removida.

     Nos damos cuenta, tenemos cierto registro, cierto pudor. Por eso nos cuesta sentirnos parte. Por eso hemos creado el discurso sobre lo natural y lo artificial, aunque nunca se haya visto nada natural ni nada artificial. Nos encantaría que el universo tuviese la benevolencia de respetar nuestras susceptibilidades. Lamentablemente, la conciencia es una alarma que la realidad se ha inventado para no escucharla nunca.



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Mirar


¿Se habrá imaginado el mundo

                   que un ojo lo estaría mirando?


¿Se habrá imaginado

                   que alguien se preguntaría

si eso frente al ojo es realmente el mundo?


¿Habrá sospechado siquiera

                  que llegaríamos a dar tan por hecho

                  el cotidiano milagro de mirar?



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Lo que nos toca


Queremos atención y reconocimiento, queremos que nos vean y que nos pregunten. Sin embargo, cada uno de nosotros está la mayor parte del tiempo encerrado en sí mismo, absorbido en sus problemas y en sus pensamientos. De este modo, la demanda de atención y reconocimiento excede ampliamente a la oferta.

En semejante situación, todos tenemos motivos para estar insatisfechos, para creer que se nos debe algo. El problema se agrava si tenemos en cuenta que existen formas devaluadas de la atención, ya sea irónicas o meramente verbales. Los demás pueden prestarnos atención y al mismo tiempo retener el sentido de su atención. Hacernos ver no necesariamente es hacernos valorar.

Cabe admitir, entonces, la posibilidad de que estemos incluso más solos de lo que pensamos. Sin embargo, nada de esto justifica la desesperación, ya que todo el problema surge del error inicial de creer que el reconocimiento abunda, cuando en realidad es muy escaso. Aceptar esto nos permitirá tener una medida más razonable de lo que se nos debe y una mejor valoración de lo que nos toca.



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