La insensatez humana


Hay que tener conciencia de que nuestro mundo es insensato y de que siempre ha sido así. El ser humano cae repetidamente en los mismos engaños, compra una y otra vez los mismos venenos con diferentes envoltorios. Esto podrá resultarnos por momentos angustiante y por momentos un poco divertido, pero lo cierto es que nunca nos acostumbraremos del todo. Sin importar cuánto esfuerzo hayamos dedicado a desentrañar la insensatez humana y a protegernos de ella, igualmente encontrará la forma de sorprendernos.

Sin embargo, hay que saber también que la conciencia de dicha insensatez puede ser muchas veces un falso consuelo, una forma gratuita e inmediata de inocularnos con cierto aire de superioridad. La ilusoria sensación de control que nos brinda el ser capaces de objetar cada cosa que nos rodea puede ser también un veneno que va cambiando de envoltorio. No está mal depositar un poco de confianza en una especie que ha logrado sobrevivir a tantos peligros, incluyendo aquellos que ella misma ha creado.



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La naturaleza


Seguimos viviendo en la naturaleza

nos asustan otras formas de la noche

nos asusta el futuro.


La voz que nos cuenta las historias

es siempre una voz como la nuestra

el sonido interior de la burbuja.


La ciudad es el implante predilecto

una promesa inexigible

un repertorio de disfraces.


Caminamos frágilmente las calles

como juguetes rotos

como animales heridos.


Tratamos de encontrar un silencio

la sombra de un rostro familiar

para ejecutar los rituales del cuidado.


Para recuperar lo que perdimos

en el amontonamiento involuntario

en la aburrida tempestad cotidiana.



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Sensaciones


La primera vez sentí miedo, mucho miedo. Cuando empecé entender lo que sucedía, además de miedo sentí tristeza.

La segunda vez volví a sentir miedo y tristeza, pero ahora creía saberlo todo, lo que me hizo sentir compasión y responsabilidad.

La tercera vez sentí rabia y ganas de huir. Tuve la necesidad de maldecir al destino y de tomar distancia.

En la distancia, me di cuenta de que el miedo y la tristeza seguían conmigo, al igual que la rabia y la compasión.

La cuarta vez sentí todo esto y después no sentí más nada. Descubrí que, a pesar de las distintas emociones y palabras, en verdad había sentido todo el tiempo una sola cosa: esperanza.



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Origen y destino



Los seres humanos somos animales que nos preguntamos por el origen. Queremos saber de dónde vienen las cosas, qué caminos han transitado hasta llegar al lugar que hoy ocupan. Queremos saber de qué están hechos los objetos que vemos y tocamos, qué tuvo que existir antes para que hoy exista este mundo que nos rodea.

Los seres humanos nos preguntamos por el origen de los astros, de los ríos y mares, de las plantas, de las especies animales. Nos preguntamos también por nuestro propio origen. Queremos saber de qué estamos hechos y cómo hemos llegado hasta aquí. Suponemos que en el origen de una cosa está cifrada de alguna manera su esencia.

Entonces, si logramos conocer el origen de cada objeto que nos rodea, sabremos exactamente qué esperar de este mundo, estaremos finalmente a salvo. Además, si logramos conocer nuestro origen, sabremos también nuestro destino. Nada hay más importante, al parecer, que estar a salvo y saber nuestro destino.



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No distraerse


Muchos pensarán que las bibliotecas son lugares silenciosos y calmos, inevitablemente impregnados de cierta majestuosidad. No conocen la biblioteca que yo frecuento. Aunque, a decir verdad, es muy probable que sí la conozcan. Pero, por algún motivo, prefieren utilizar la palabra “biblioteca” para referirse a otras cosas.

     Debo admitir, en primer lugar, que la biblioteca a la que me refiero no es precisamente un lugar, sino más bien una forma de vida. Es algo que se lleva encima todo el tiempo con la misma naturalidad con que se llevan los zapatos o los anteojos, o incluso las manos y los pies. En segundo lugar, es tan cierto decir que uno la frecuenta como decir que ella lo frecuenta a uno.

     Por eso, tal vez tenga sentido comenzar describiendo las otras bibliotecas, aquellas que la gente suele nombrar de esa manera. Estás tomando café en un bar con un amigo. Mientras pruebas el café y conversas con tu compañero, piensas en distintos libros que quisieras leer, en informaciones que desearías buscar. En algún momento, puede ser ese mismo día o cualquier otro, decides que, de todas las posibilidades que pasaron por tu cabeza, una o dos son las que verdaderamente importan. Tal vez la conversación con tu amigo tuvo algo que ver con la decisión, o quizás fue algo que escuchaste decir a la gente de la mesa vecina, o el gusto del café, o nada de eso.

     Entonces, en otro momento, después de tomar café y conversar, al día siguiente o a la semana siguiente, quizás después de haber cambiado de opinión varias veces, te diriges a un edificio particular y pides un libro, o una revista, o una guía, o una película, o una colección de fotografías, o un disco, o lo que sea. Una vez que eso tan importante llega a tus manos, lo consultas dentro del mismo edificio o te lo llevas a tu casa para consultarlo luego.

     Hablemos, ahora sí, de la otra biblioteca, aquella que la gente no suele llamar de esa manera. Estás tomando café en un bar con un amigo. De todas las posibilidades que pasan por tu cabeza, la biblioteca decide cuáles son las importantes y las envía directamente a tu mesa. De pronto, tienes en tus manos las diez últimas páginas de Crimen y Castigo, una guía turística de Praga, una postal de la Patagonia, una receta para cocinar galletas de avena, secciones sueltas de distintos catálogos, un poema de César Vallejo, la discografía completa de Regina Spektor y una pila de revistas de farándula. Todo lo que en verdad necesitas. Algunas de estas cosas pasaron por tu mente, otras por la mente de tu amigo, otras fueron mencionadas en la conversación, otras simplemente aparecieron. Ninguna de ellas es mal recibida.

     Ya no es necesario, pues, trasladarse hacia un edificio en particular ni tampoco dedicar a esta tarea un momento específico de la semana. La biblioteca está todo el tiempo contigo. Es imposible diferenciarla del bar, de la mesa que sostiene el café, de la conversación y hasta de tu propio cuerpo.

     La biblioteca es una parte de ti, la más lúcida y disciplinada, aquella que te salva de cometer errores gravísimos, de perder tiempo en cosas que no te interesan. Por ejemplo, si abres un libro que crees que quieres leer, pero la biblioteca advierte que en realidad preferirías ocupar tu tiempo en otra lectura, lo que hará es reemplazar las páginas de la lectura indeseada por las páginas de la deseada. Si sospecha que no estás del todo decidido, probará intercalando fragmentos de distintos textos hasta ver cuál de todos se lleva tu atención.

     No tiene sentido discutir el criterio de la biblioteca, se pierde más tiempo del que se gana. Si te acercas al escritorio con un libro en la mano y observas que ella ya dispuso otro sobre la mesa, mejor resígnate a leer este último. De lo contrario, te verás metido en una intensa batalla entre lo que crees que quieres leer y lo que la biblioteca sabe que en realidad prefieres. Si tomas el libro escogido por ella y lo guardas en un estante, volverá a aparecer sobre tu escritorio de un momento a otro. Si lo tiras a la basura o lo prendes fuego, tampoco lograrás demasiado, ya que las páginas de este libro aparecerán en cualquier otro que abras. Así no puedes distraerte de ninguna manera.



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Panorama general y particular



1- No está mal partir siempre de la hipótesis de que las personas con las que interactuamos no están tranquilas. Conviene presuponer que algo las tiene preocupadas o inquietas, lo que nos ayudará a comprender mejor sus motivaciones y a suavizar el trato con ellas. Esta hipótesis, además de útil, será en la mayoría de los casos cierta.

2- La conciencia de nuestra finitud e irrelevancia debería servirnos para ordenar prioridades. Sin embargo, persistimos en el error de darnos demasiada importancia y de creernos invulnerables.

3- Lo que más puede darnos felicidad en la vida no es el placer, sino la sensación concreta de tener una mínima cuota de control en medio del caos y la incertidumbre. Esto exige que nos alejemos de dos extremos: por un lado, del deseo de tener todo bajo control, por el otro, de la dispersión en los estímulos del presente. Aceptar la realidad y trazarse en ella algún camino, sabiendo que al universo no le interesan nuestros planes.

4- Estar al tanto de cada cosa que sucede es incompatible con la dedicación que exige toda genuina actividad y todo ejercicio de pensamiento. El entorno nos arroja información a cada segundo y nuestra mente suele abalanzarse sobre ella con voracidad, sin distinguir entre lo relevante y lo circunstancial, ya que tanto lo uno como lo otro ofrece estímulo y distracción. Hoy, más que nunca, prestar atención es lo opuesto a enterarse de todo.

5- La política es importante, pero no es razonable ni conveniente esperar todo de ella. Los líderes son seres humanos: se equivocan, se obstinan, se cansan, se asustan. Más tarde o más temprano, en encierran en sí mismos. Tampoco deberíamos cometer el error de definir nuestra identidad a partir de convicciones políticas, ya que eso nos impedirá revisar dichas convicciones en adelante.

6- El pensamiento suele estar asociado con la angustia y la tristeza, mientras que la acción suele estar asociada con la vitalidad y la alegría. Se advierte que “pensar demasiado” es un error, pero nunca se señala que “actuar demasiado” también lo es. Por mucho que se diga que a veces es mejor “no saber”, lo cierto es que nadie renuncia a su cuota de conciencia, por pequeña que sea. En cambio, bien renunciaríamos a muchas de las acciones realizadas. Por supuesto, también existe el reproche por haber pensado algo en exceso. ¿Es bueno saber que vamos a morir? ¿Renunciaríamos a este saber? Nos gustaría conservar el saber y dejar a un lado la preocupación que conlleva.

7- El entendimiento humano muchas veces necesita de la exageración como un instrumento para poner el foco en fenómenos escurridizos o para someter a revisión errores profundamente arraigados. Esto se explica porque ninguna idea produce cambios en nosotros si primero no nos llama la atención. Así pues, los grandes cambios científicos e intelectuales a menudo se sirven de exageraciones que luego son matizadas en etapas ulteriores. Sin embargo, la marcada dispersión del debate actual hace que se necesiten exageraciones cada vez más desmesuradas para llamar la atención por cada vez menos tiempo, lo que convierte a la esfera pública en un flujo desordenado de discursos tan tajantes como efímeros. Tal vez haya llegado la hora de exagerar nuestras previsiones contra la exageración.

8- Todo el mundo se desespera por adquirir un poco de esa notoriedad que suele recibir el nombre de “éxito”. Esta palabra no se refiere hoy a ningún logro que justifique dicha notoriedad, sino a la notoriedad misma. Sólo existe y tiene valor aquello que es reproducido en múltiples pantallas. El éxito así entendido es una regla bastante defectuosa a la hora de medir nuestras vidas. Los ruidos estridentes siempre llaman la atención, pero rara vez la merecen. De vez en cuando, hay que detenerse a observar la melodía que estamos componiendo y no mirar solamente los tonos más llamativos. Valorar todo desde la perspectiva del éxito y el fracaso conduce al desorden y a la enfermedad.

9- El dinero debe su función y su atractivo a la promesa de todo aquello que puede obtenerse a cambio de él. Los seres humanos estamos dispuestos a dar el fruto de nuestro esfuerzo y trabajo a cambio de dinero, porque sabemos que con él podremos obtener parte del esfuerzo y trabajo de otros. Por eso, solemos considerar al dinero como una suerte de felicidad en pausa, como la garantía de una felicidad que puede hacerse efectiva hoy o mañana. En consecuencia, estamos dispuestos a sacrificar muchas cosas en la persecución del dinero, incluso nuestra propia felicidad, lo que acaba siendo una contradicción.

10- Los primeros sabios de los cuales tenemos registro advierten ya que el deseo humano es inagotable y que toda satisfacción es efímera. Observan también que nuestra especie tiene la capacidad de inventar deseos nuevos, de modo tal que las actuales generaciones se angustian por carencias inimaginables para las generaciones anteriores. Los nuevos deseos se incorporan a nuestra vida con gran facilidad, como si siempre hubiesen estado allí. Así pues, aquellos sabios recomiendan reflexionar sobre nuestros deseos, establecer distinciones entre ellos, evaluar cuáles merecen nuestra atención y cuáles no. De lo contrario, viviremos perturbados e inquietos, ya que nuestros deseos nos empujarán de un lado a otro y no tendremos control sobre ellos ni sobre nosotros mismos. Lo curioso es que, a pesar de que esta sabiduría es tan antigua como la civilización, los seres humanos caemos una y otra vez en la trampa. Inventamos tecnologías de satisfacción que prometen (ahora sí) calmar todas las inquietudes, pero que no hacen otra cosa que crear inquietudes nuevas. La rueda del deseo nunca se detiene, porque en el fondo no buscamos estar satisfechos, sino distraernos y llamar la atención.

11- Ciertas filosofías contemporáneas explicaron todos los malestares humanos como efectos de las inhibiciones propias de la civilización. En consecuencia, recomendaron un programa de desinhibiciones, una agenda de reemplazo de los conceptos por pulsiones y de la reflexión por la expresión. En la actualidad, la creación de una gigantesca red de interacciones virtuales ha permitido realizar este programa en una magnitud difícil de lograr bajo el predominio del intercambio “en persona”. Nuestros malestares, lejos de calmarse, se han intensificado.  

12- Se ha dicho que las actuales generaciones no se permiten el aburrimiento, que se saturan de estímulos y distracciones. Sin embargo, aburrirse exige ciertas condiciones, no es algo que simplemente uno se permite. Si despejamos la maraña de estímulos que nos rodea, lo que aflora no es un aburrimiento supuestamente suspendido, sino más bien angustia e inquietud. No se trata de un “no saber qué hacer”, sino de un “no poder estar con uno mismo”. El aburrimiento, en el sentido habitual de la palabra, exige una tranquilidad que hoy no tenemos.

13- Tal vez la vida no sea más que un error marginal de la materia, y tal vez la libertad no sea más que un error marginal de la biología. Pero estamos vivos y tenemos con suerte nuestra cuota de libertad. Aunque experimentamos cotidianamente el existir y el ser libres, quizás nunca logremos entender del todo el significado de dicha experiencia.   



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El todo y las partes



Mientras el mundo como un todo nos deprime y entristece, los detalles nos alegran y salvan la vida. ¿Cómo es posible que cosas tan simples como un café o un abrazo nos protejan de las angustias de un mundo violento e injusto? Los dioses nos han dado la guerra, la indiferencia y la corrupción, al mismo tiempo que nos han hecho sensibles al sabor del helado, a la risa de quien nos acompaña, al calor de una manta. Cada día el mundo nos enferma un poco y los detalles nos curan un poco.



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El tamaño de las cosas



Dentro de nosotros todo tiene una dimensión incorrecta. Es imposible calcular el verdadero tamaño de una idea que deambula en el interior de nuestra cabeza. La simple dinámica del pensamiento puede convertir una pequeña preocupación en un drama internacional. Si luego se filtra al exterior y recibe los efectos de la luz del sol, la preocupación vuelve a su tamaño original. También puede ocurrir lo contrario: sucesos que el pensamiento no registra tienen de pronto una importancia fundamental. Por eso, el tamaño de las cosas debe medirse siempre en el mundo y no en nuestra mente, ya que en ella nada tiene su verdadera dimensión, empezando por nosotros mismos.

     Necesitamos la mente para medir el tamaño de las cosas en el mundo, pero esto no quiere decir que ella misma sea la medida de todo. La razón es muy sencilla: por sí misma, la mente no sabe medir. En ella, los objetos se inflan y se desinflan, son al mismo tiempo gigantes y diminutos, sólidos y gaseosos, centrales y periféricos. Estamos, pues, obligados a medir las cosas con un instrumento que repudia toda medida. Por eso, hemos tenido que inventar otras herramientas complementarias: la palabra, la regla, el arte, la lógica.

     Sin embargo, la mente es orgullosa y quiere imponer siempre su propio criterio. Se siente realizada cuando logra convertir una gota de agua en un océano o cuando logra esconder un elefante debajo de una alfombra. Semejantes proezas alimentan su vanidad. A esto se debe que nos cueste tanto salir a la luz del sol, ya que tememos que en ese movimiento se revele nuestro verdadero tamaño. 



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