Natural y artificial


Nunca vemos la naturaleza. Vemos el árbol, el perro, la tierra removida. Vemos el libro sobre la mesa. Sin embargo, la naturaleza es para nosotros una verdad indiscutible. Queremos creer que hay algo mejor, más inocente, más puro. Queremos creer en la existencia de un orden, de un sentido.

     Nunca vemos la naturaleza o la vemos todo el tiempo, sin aceptar que no es lo que pretendíamos. Nuestras infinitas montañas de basura forman parte de ella también, porque nosotros mismos formamos parte de ella. No queremos pensar en todo lo que ha tenido que suceder para que las cosas estén ahí y sea percibidas por nosotros como libros sobre la mesa, como árboles, perros, tierra removida.

     Nos damos cuenta, tenemos cierto registro, cierto pudor. Por eso nos cuesta sentirnos parte. Por eso hemos creado el discurso sobre lo natural y lo artificial, aunque nunca se haya visto nada natural ni nada artificial. Nos encantaría que el universo tuviese la benevolencia de respetar nuestras susceptibilidades. Lamentablemente, la conciencia es una alarma que la realidad se ha inventado para no escucharla nunca.



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Mirar


¿Se habrá imaginado el mundo

                   que un ojo lo estaría mirando?


¿Se habrá imaginado

                   que alguien se preguntaría

si eso frente al ojo es realmente el mundo?


¿Habrá sospechado siquiera

                  que llegaríamos a dar tan por hecho

                  el cotidiano milagro de mirar?



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Lo que nos toca


Queremos atención y reconocimiento, queremos que nos vean y que nos pregunten. Sin embargo, cada uno de nosotros está la mayor parte del tiempo encerrado en sí mismo, absorbido en sus problemas y en sus pensamientos. De este modo, la demanda de atención y reconocimiento excede ampliamente a la oferta.

En semejante situación, todos tenemos motivos para estar insatisfechos, para creer que se nos debe algo. El problema se agrava si tenemos en cuenta que existen formas devaluadas de la atención, ya sea irónicas o meramente verbales. Los demás pueden prestarnos atención y al mismo tiempo retener el sentido de su atención. Hacernos ver no necesariamente es hacernos valorar.

Cabe admitir, entonces, la posibilidad de que estemos incluso más solos de lo que pensamos. Sin embargo, nada de esto justifica la desesperación, ya que todo el problema surge del error inicial de creer que el reconocimiento abunda, cuando en realidad es muy escaso. Aceptar esto nos permitirá tener una medida más razonable de lo que se nos debe y una mejor valoración de lo que nos toca.



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Lo que nos define


Lo que más nos define como personas es lo que hacemos para tranquilizarnos: contar inspiraciones y exhalaciones, mirar televisión, buscar comida, leer, trabajar, transpirar, consumir, hablar, guardar silencio. En los momentos de nerviosismo, algunos necesitan estar solos y otros necesitan contacto humano, unos se calman con la aprobación y otros con el rechazo, algunos desean irse y otros quedarse. No somos más que la suma de nuestras maneras de lidiar con la inquietud. Solemos pensar que, una vez tranquilos, seremos al fin nosotros mismos. Pero esto no es verdad. No nos define la tranquilidad, sino la forma de tranquilizarnos.



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Álbum Familiar


Duele vernos como somos

en los espejos

de la expectativa


La felicidad inmensa

la foto de los amantes

en un barquito de madera


La familia moderna

una madre sentada en una silla

un tipo fumando


Un deseo pálido y débil

a la tarde

un nudo en la garganta


La liberación años después

una madre cansada

un tipo que se queda sin excusas


Y una vez más el dolor

como un simulacro de muerte

sin el gesto propio de morirse


Trabajar y comprar cosas

tener hijos tener nietos

hablar de lo que pasó en algún lado


Imaginarnos la felicidad tan pequeña

como una especie de foto

con los bordes comidos.



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Pesadilla


Soñé que alguien se acercaba con la intención de matarme. Yo estaba armado, pero cuando intenté dispararle, nada sucedió. En ese momento, pensé que todo lo que debía hacer para evitar la muerte era despertar lo más pronto posible. Mis ojos se abrieron justo antes de que el agresor me alcanzara.

¿Qué manera de soñar es esta, que pierde toda convicción cuando se descubre impotente? ¿Por qué el temor a la muerte, si en el fondo sabía que se trataba de un sueño? ¿El agresor habrá soñado también que me perseguía? ¿Habrá sido él quien puso fin al sueño, horrorizado ante la posibilidad de matar a alguien?



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La insensatez humana


Hay que tener conciencia de que nuestro mundo es insensato y de que siempre ha sido así. El ser humano cae repetidamente en los mismos engaños, compra una y otra vez los mismos venenos con diferentes envoltorios. Esto podrá resultarnos por momentos angustiante y por momentos un poco divertido, pero lo cierto es que nunca nos acostumbraremos del todo. Sin importar cuánto esfuerzo hayamos dedicado a desentrañar la insensatez humana y a protegernos de ella, igualmente encontrará la forma de sorprendernos.

Sin embargo, hay que saber también que la conciencia de dicha insensatez puede ser muchas veces un falso consuelo, una forma gratuita e inmediata de inocularnos con cierto aire de superioridad. La ilusoria sensación de control que nos brinda el ser capaces de objetar cada cosa que nos rodea puede ser también un veneno que va cambiando de envoltorio. No está mal depositar un poco de confianza en una especie que ha logrado sobrevivir a tantos peligros, incluyendo aquellos que ella misma ha creado.



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La naturaleza


Seguimos viviendo en la naturaleza

nos asustan otras formas de la noche

nos asusta el futuro.


La voz que nos cuenta las historias

es siempre una voz como la nuestra

el sonido interior de la burbuja.


La ciudad es el implante predilecto

una promesa inexigible

un repertorio de disfraces.


Caminamos frágilmente las calles

como juguetes rotos

como animales heridos.


Tratamos de encontrar un silencio

la sombra de un rostro familiar

para ejecutar los rituales del cuidado.


Para recuperar lo que perdimos

en el amontonamiento involuntario

en la aburrida tempestad cotidiana.



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Sensaciones


La primera vez sentí miedo, mucho miedo. Cuando empecé entender lo que sucedía, además de miedo sentí tristeza.

La segunda vez volví a sentir miedo y tristeza, pero ahora creía saberlo todo, lo que me hizo sentir compasión y responsabilidad.

La tercera vez sentí rabia y ganas de huir. Tuve la necesidad de maldecir al destino y de tomar distancia.

En la distancia, me di cuenta de que el miedo y la tristeza seguían conmigo, al igual que la rabia y la compasión.

La cuarta vez sentí todo esto y después no sentí más nada. Descubrí que, a pesar de las distintas emociones y palabras, en verdad había sentido todo el tiempo una sola cosa: esperanza.



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