Muchos pensarán que las bibliotecas son lugares silenciosos y calmos, inevitablemente impregnados de cierta majestuosidad. No conocen la biblioteca que yo frecuento. Aunque, a decir verdad, es muy probable que sí la conozcan. Pero, por algún motivo, prefieren utilizar la palabra “biblioteca” para referirse a otras cosas.
Debo admitir, en primer lugar, que la biblioteca a la que me refiero no es precisamente un lugar, sino más bien una forma de vida. Es algo que se lleva encima todo el tiempo con la misma naturalidad con que se llevan los zapatos o los anteojos, o incluso las manos y los pies. En segundo lugar, es tan cierto decir que uno la frecuenta como decir que ella lo frecuenta a uno.
Por eso, tal vez tenga sentido comenzar describiendo las otras bibliotecas, aquellas que la gente suele nombrar de esa manera. Estás tomando café en un bar con un amigo. Mientras pruebas el café y conversas con tu compañero, piensas en distintos libros que quisieras leer, en informaciones que desearías buscar. En algún momento, puede ser ese mismo día o cualquier otro, decides que, de todas las posibilidades que pasaron por tu cabeza, una o dos son las que verdaderamente importan. Tal vez la conversación con tu amigo tuvo algo que ver con la decisión, o quizás fue algo que escuchaste decir a la gente de la mesa vecina, o el gusto del café, o nada de eso.
Entonces, en otro momento, después de tomar café y conversar, al día siguiente o a la semana siguiente, quizás después de haber cambiado de opinión varias veces, te diriges a un edificio particular y pides un libro, o una revista, o una guía, o una película, o una colección de fotografías, o un disco, o lo que sea. Una vez que eso tan importante llega a tus manos, lo consultas dentro del mismo edificio o te lo llevas a tu casa para consultarlo luego.
Hablemos, ahora sí, de la otra biblioteca, aquella que la gente no suele llamar de esa manera. Estás tomando café en un bar con un amigo. De todas las posibilidades que pasan por tu cabeza, la biblioteca decide cuáles son las importantes y las envía directamente a tu mesa. De pronto, tienes en tus manos las diez últimas páginas de Crimen y Castigo, una guía turística de Praga, una postal de la Patagonia, una receta para cocinar galletas de avena, secciones sueltas de distintos catálogos, un poema de César Vallejo, la discografía completa de Regina Spektor y una pila de revistas de farándula. Todo lo que en verdad necesitas. Algunas de estas cosas pasaron por tu mente, otras por la mente de tu amigo, otras fueron mencionadas en la conversación, otras simplemente aparecieron. Ninguna de ellas es mal recibida.
Ya no es necesario, pues, trasladarse hacia un edificio en particular ni tampoco dedicar a esta tarea un momento específico de la semana. La biblioteca está todo el tiempo contigo. Es imposible diferenciarla del bar, de la mesa que sostiene el café, de la conversación y hasta de tu propio cuerpo.
La biblioteca es una parte de ti, la más lúcida y disciplinada, aquella que te salva de cometer errores gravísimos, de perder tiempo en cosas que no te interesan. Por ejemplo, si abres un libro que crees que quieres leer, pero la biblioteca advierte que en realidad preferirías ocupar tu tiempo en otra lectura, lo que hará es reemplazar las páginas de la lectura indeseada por las páginas de la deseada. Si sospecha que no estás del todo decidido, probará intercalando fragmentos de distintos textos hasta ver cuál de todos se lleva tu atención.
No tiene sentido discutir el criterio de la biblioteca, se pierde más tiempo del que se gana. Si te acercas al escritorio con un libro en la mano y observas que ella ya dispuso otro sobre la mesa, mejor resígnate a leer este último. De lo contrario, te verás metido en una intensa batalla entre lo que crees que quieres leer y lo que la biblioteca sabe que en realidad prefieres. Si tomas el libro escogido por ella y lo guardas en un estante, volverá a aparecer sobre tu escritorio de un momento a otro. Si lo tiras a la basura o lo prendes fuego, tampoco lograrás demasiado, ya que las páginas de este libro aparecerán en cualquier otro que abras. Así no puedes distraerte de ninguna manera.
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