Lo que nos define


Lo que más nos define como personas es lo que hacemos para tranquilizarnos: contar inspiraciones y exhalaciones, mirar televisión, buscar comida, leer, trabajar, transpirar, consumir, hablar, guardar silencio. En los momentos de nerviosismo, algunos necesitan estar solos y otros necesitan contacto humano, unos se calman con la aprobación y otros con el rechazo, algunos desean irse y otros quedarse. No somos más que la suma de nuestras maneras de lidiar con la inquietud. Solemos pensar que, una vez tranquilos, seremos al fin nosotros mismos. Pero esto no es verdad. No nos define la tranquilidad, sino la forma de tranquilizarnos.



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Álbum Familiar


Duele vernos como somos

en los espejos

de la expectativa


La felicidad inmensa

la foto de los amantes

en un barquito de madera


La familia moderna

una madre sentada en una silla

un tipo fumando


Un deseo pálido y débil

a la tarde

un nudo en la garganta


La liberación años después

una madre cansada

un tipo que se queda sin excusas


Y una vez más el dolor

como un simulacro de muerte

sin el gesto propio de morirse


Trabajar y comprar cosas

tener hijos tener nietos

hablar de lo que pasó en algún lado


Imaginarnos la felicidad tan pequeña

como una especie de foto

con los bordes comidos.



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Pesadilla


Soñé que alguien se acercaba con la intención de matarme. Yo estaba armado, pero cuando intenté dispararle, nada sucedió. En ese momento, pensé que todo lo que debía hacer para evitar la muerte era despertar lo más pronto posible. Mis ojos se abrieron justo antes de que el agresor me alcanzara.

¿Qué manera de soñar es esta, que pierde toda convicción cuando se descubre impotente? ¿Por qué el temor a la muerte, si en el fondo sabía que se trataba de un sueño? ¿El agresor habrá soñado también que me perseguía? ¿Habrá sido él quien puso fin al sueño, horrorizado ante la posibilidad de matar a alguien?



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La insensatez humana


Hay que tener conciencia de que nuestro mundo es insensato y de que siempre ha sido así. El ser humano cae repetidamente en los mismos engaños, compra una y otra vez los mismos venenos con diferentes envoltorios. Esto podrá resultarnos por momentos angustiante y por momentos un poco divertido, pero lo cierto es que nunca nos acostumbraremos del todo. Sin importar cuánto esfuerzo hayamos dedicado a desentrañar la insensatez humana y a protegernos de ella, igualmente encontrará la forma de sorprendernos.

Sin embargo, hay que saber también que la conciencia de dicha insensatez puede ser muchas veces un falso consuelo, una forma gratuita e inmediata de inocularnos con cierto aire de superioridad. La ilusoria sensación de control que nos brinda el ser capaces de objetar cada cosa que nos rodea puede ser también un veneno que va cambiando de envoltorio. No está mal depositar un poco de confianza en una especie que ha logrado sobrevivir a tantos peligros, incluyendo aquellos que ella misma ha creado.



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La naturaleza


Seguimos viviendo en la naturaleza

nos asustan otras formas de la noche

nos asusta el futuro.


La voz que nos cuenta las historias

es siempre una voz como la nuestra

el sonido interior de la burbuja.


La ciudad es el implante predilecto

una promesa inexigible

un repertorio de disfraces.


Caminamos frágilmente las calles

como juguetes rotos

como animales heridos.


Tratamos de encontrar un silencio

la sombra de un rostro familiar

para ejecutar los rituales del cuidado.


Para recuperar lo que perdimos

en el amontonamiento involuntario

en la aburrida tempestad cotidiana.



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Sensaciones


La primera vez sentí miedo, mucho miedo. Cuando empecé entender lo que sucedía, además de miedo sentí tristeza.

La segunda vez volví a sentir miedo y tristeza, pero ahora creía saberlo todo, lo que me hizo sentir compasión y responsabilidad.

La tercera vez sentí rabia y ganas de huir. Tuve la necesidad de maldecir al destino y de tomar distancia.

En la distancia, me di cuenta de que el miedo y la tristeza seguían conmigo, al igual que la rabia y la compasión.

La cuarta vez sentí todo esto y después no sentí más nada. Descubrí que, a pesar de las distintas emociones y palabras, en verdad había sentido todo el tiempo una sola cosa: esperanza.



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Origen y destino



Los seres humanos somos animales que nos preguntamos por el origen. Queremos saber de dónde vienen las cosas, qué caminos han transitado hasta llegar al lugar que hoy ocupan. Queremos saber de qué están hechos los objetos que vemos y tocamos, qué tuvo que existir antes para que hoy exista este mundo que nos rodea.

Los seres humanos nos preguntamos por el origen de los astros, de los ríos y mares, de las plantas, de las especies animales. Nos preguntamos también por nuestro propio origen. Queremos saber de qué estamos hechos y cómo hemos llegado hasta aquí. Suponemos que en el origen de una cosa está cifrada de alguna manera su esencia.

Entonces, si logramos conocer el origen de cada objeto que nos rodea, sabremos exactamente qué esperar de este mundo, estaremos finalmente a salvo. Además, si logramos conocer nuestro origen, sabremos también nuestro destino. Nada hay más importante, al parecer, que estar a salvo y saber nuestro destino.



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No distraerse


Muchos pensarán que las bibliotecas son lugares silenciosos y calmos, inevitablemente impregnados de cierta majestuosidad. No conocen la biblioteca que yo frecuento. Aunque, a decir verdad, es muy probable que sí la conozcan. Pero, por algún motivo, prefieren utilizar la palabra “biblioteca” para referirse a otras cosas.

     Debo admitir, en primer lugar, que la biblioteca a la que me refiero no es precisamente un lugar, sino más bien una forma de vida. Es algo que se lleva encima todo el tiempo con la misma naturalidad con que se llevan los zapatos o los anteojos, o incluso las manos y los pies. En segundo lugar, es tan cierto decir que uno la frecuenta como decir que ella lo frecuenta a uno.

     Por eso, tal vez tenga sentido comenzar describiendo las otras bibliotecas, aquellas que la gente suele nombrar de esa manera. Estás tomando café en un bar con un amigo. Mientras pruebas el café y conversas con tu compañero, piensas en distintos libros que quisieras leer, en informaciones que desearías buscar. En algún momento, puede ser ese mismo día o cualquier otro, decides que, de todas las posibilidades que pasaron por tu cabeza, una o dos son las que verdaderamente importan. Tal vez la conversación con tu amigo tuvo algo que ver con la decisión, o quizás fue algo que escuchaste decir a la gente de la mesa vecina, o el gusto del café, o nada de eso.

     Entonces, en otro momento, después de tomar café y conversar, al día siguiente o a la semana siguiente, quizás después de haber cambiado de opinión varias veces, te diriges a un edificio particular y pides un libro, o una revista, o una guía, o una película, o una colección de fotografías, o un disco, o lo que sea. Una vez que eso tan importante llega a tus manos, lo consultas dentro del mismo edificio o te lo llevas a tu casa para consultarlo luego.

     Hablemos, ahora sí, de la otra biblioteca, aquella que la gente no suele llamar de esa manera. Estás tomando café en un bar con un amigo. De todas las posibilidades que pasan por tu cabeza, la biblioteca decide cuáles son las importantes y las envía directamente a tu mesa. De pronto, tienes en tus manos las diez últimas páginas de Crimen y Castigo, una guía turística de Praga, una postal de la Patagonia, una receta para cocinar galletas de avena, secciones sueltas de distintos catálogos, un poema de César Vallejo, la discografía completa de Regina Spektor y una pila de revistas de farándula. Todo lo que en verdad necesitas. Algunas de estas cosas pasaron por tu mente, otras por la mente de tu amigo, otras fueron mencionadas en la conversación, otras simplemente aparecieron. Ninguna de ellas es mal recibida.

     Ya no es necesario, pues, trasladarse hacia un edificio en particular ni tampoco dedicar a esta tarea un momento específico de la semana. La biblioteca está todo el tiempo contigo. Es imposible diferenciarla del bar, de la mesa que sostiene el café, de la conversación y hasta de tu propio cuerpo.

     La biblioteca es una parte de ti, la más lúcida y disciplinada, aquella que te salva de cometer errores gravísimos, de perder tiempo en cosas que no te interesan. Por ejemplo, si abres un libro que crees que quieres leer, pero la biblioteca advierte que en realidad preferirías ocupar tu tiempo en otra lectura, lo que hará es reemplazar las páginas de la lectura indeseada por las páginas de la deseada. Si sospecha que no estás del todo decidido, probará intercalando fragmentos de distintos textos hasta ver cuál de todos se lleva tu atención.

     No tiene sentido discutir el criterio de la biblioteca, se pierde más tiempo del que se gana. Si te acercas al escritorio con un libro en la mano y observas que ella ya dispuso otro sobre la mesa, mejor resígnate a leer este último. De lo contrario, te verás metido en una intensa batalla entre lo que crees que quieres leer y lo que la biblioteca sabe que en realidad prefieres. Si tomas el libro escogido por ella y lo guardas en un estante, volverá a aparecer sobre tu escritorio de un momento a otro. Si lo tiras a la basura o lo prendes fuego, tampoco lograrás demasiado, ya que las páginas de este libro aparecerán en cualquier otro que abras. Así no puedes distraerte de ninguna manera.



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