Estar con los pies hundidos
en todo esto:
la respiración
el cuerpo amado
el rayo de luz sobre el papel
Y no llegar a imaginarse
ni remotamente
por qué habría de ser un consuelo
que alguien te recuerde.
Estar con los pies hundidos
en todo esto:
la respiración
el cuerpo amado
el rayo de luz sobre el papel
Y no llegar a imaginarse
ni remotamente
por qué habría de ser un consuelo
que alguien te recuerde.
La película es notable en muchos aspectos, pero argumentativamente extrañísima. Un profesor dedica su vida a predicar sobre los seres superiores e inferiores, y sobre el asesinato como privilegio de los superiores. Durante años, explica a sus estudiantes que la moral es un invento de los débiles para impedir a los fuertes el libre despliegue de sus facultades.
Un día, uno de sus estudiantes comete un asesinato, amparándose en las teorías del profesor. Cuando éste descubre el crimen, reniega del joven. Aclara que nunca quiso decir lo que el asesino creyó escuchar. Acusa al estudiante de escudarse en teorías filosóficas para cometer un acto absolutamente horrible y condenable, insiste en que nadie tiene derecho a juzgar la superioridad o inferioridad del prójimo.
De pronto, el profesor se vuelve demócrata, improvisa un discurso sobre la igualdad. ¿Qué quiere decir todo esto? ¿Es posible desvincular las teorías del profesor de los actos del estudiante? ¿Existe una interpretación no criminal de la teoría de los seres superiores y del privilegio de asesinar? ¿Es válido el retroceso del profesor? ¿Qué significa realmente su reacción al enterarse de lo sucedido? ¿Es una corrección, un arrepentimiento o una salida de compromiso?
Se nos ocurrió construir una torre altísima para arrojar desde allí a los malvados. Diseñamos una estructura imponente, empleamos los materiales más nobles. Cuando la torre estuvo terminada, observamos horrorizados que ellos también podían arrojarnos a nosotros desde la cima.
Feliz hora de la tarde
en que la luz se vuelve silenciosa
y el día está como yéndose
Hora en que no hay nada que demostrar
y cada cosa es en sí misma
su justificación
La tarde es inocencia y perdón
y desintegración de la jornada
y hundimiento feliz de las mentes
en transparente descuido.
El cobarde, justamente a causa de su cobardía, puede llegar a desarrollar cierta paciencia y estoicismo. Al no poder tener las reacciones explícitas y directas de una persona valiente, tendrá que volverse más sistemático y astuto, tendrá que ser más moderado y perseverante. Si logra esto, habrá adquirido unas virtudes mucho más valiosas y útiles que la valentía, aunque nunca dejará de envidiarla.
Me han dicho mil veces que el mundo está en mi cabeza, que es un producto de mi actividad mental. Sin embargo, no puedo deshacerme de él como me deshago de las malas ideas. Para tratarse de meros pensamientos, las cosas que me rodean parecen demasiado persistentes.
Quisiera, por ejemplo, hacer desaparecer a los mosquitos con la misma facilidad con que descarto un mal plan de fin de semana, quisiera modificar el mundo como cambio en este texto las palabras que no me convencen.
Pero no puedo. Los mosquitos siguen ahí, por mucho que pretenda olvidarlos o por mucho que me concentre en su desaparición. Parecen indiferentes a mis elucubraciones y silogismos. Entre las cosas que están en mi cabeza, el mundo es la más frustrante de todas, ya que no suelen alterarlo mis ejercicios de distracción o de énfasis.
Se han dicho muy pocas cosas, existen todavía infinitas combinaciones de palabras sin explorar. Por ejemplo: «la inconveniente mañana del fenómeno arrugado». Por ejemplo: «cuántos años de soberbia hipnótica y de anochecer compulsivo». Por ejemplo: «incapaz es redondo».
Alguien podría objetar que estas cosas no suelen decirse debido a su carácter absurdo, a su ausencia de significado. Los hablantes prefieren no insistir en combinaciones de palabras que no llevan a ninguna parte.
No sé si esto es realmente así, pero existen combinaciones que, a pesar de tener un sentido claro y específico, son cuidadosamente evitadas por los hablantes. Por ejemplo: «el sol sale cada día porque no hay manera de saber cuánto costarán las naranjas el año que viene».
Ya imagino la objeción: la idea expresada en ese enunciado es falsa. Pero nadie puede dudar de que se dicen muchas cosas falsas. ¿Por qué algunas falsedades proliferan en el discurso y otras no?
Además, hay muchas oraciones que, a pesar de ser verdaderas, no se dicen. Por ejemplo, hemos escuchado muchas veces «el libro está sobre la mesa», pero no solemos escuchar «la mesa está debajo del libro». La segunda oración es tan verdadera como la primera, pero por algún motivo no suele decirse.
Por todo esto, concluyo que los seres humanos hemos sido muy descuidados en la exploración de las posibilidades de nuestro lenguaje. Quién sabe cuántas combinaciones maravillosas y perfectamente viables duermen en los laberintos de la lengua, mientras nosotros insistimos en secuencias tan vulgares como «qué calor», «es así» o «ya vendrán tiempos mejores».
Hace tiempo, me propuse el ejercicio de reflexionar sobre la felicidad y de poner por escrito una lista de bienaventuranzas. En este fin de año tan particular, comparto con ustedes el humilde resultado de aquellas indagaciones.
Trataré de no molestar.
No hablaré de las palabras
ni de las miserias del poema.
Hablaré, por ejemplo
de este año infame
pero sin decir nada.
No narraré las historias
no describiré la peste y el encierro
no contaré muertos ni sobrevivientes.
No intentaré borronear con palabras
la espera infinita
las cosas que ya todos han visto.
El minucioso barrido
de suciedades invisibles
el acoso microscópico.
No intentaré explicar
la sensación de estar invadidos
por nosotros mismos.
Otros líderes podrán decir que gobiernan países más ricos y poderosos, pero no como él gobierna el suyo, no con el mismo nivel de detalle. Tienen que dejar que la gente tome sus propias decisiones, tienen que compartir el poder. En la medida en que van cediendo el control de las cosas, terminan renunciando a toda pretensión de cambiar el mundo.
Su agenda podrá parecer humilde en comparación con la de otros gobernantes: nada de reuniones con figuras internacionales, nada de grandes acuerdos de comercio. Pero él decide con qué tipo de sartén deben cocinar los habitantes de su país y hasta se toma el tiempo de grabar un video explicando cómo usarla. Decide cómo debe prepararse el desayuno, cuál es la mejor manera de enmendar un pantalón agujereado y qué adornos deben ponerse en una sala de estar.
En algún momento, cuando daba sus primeros pasos como dictador, él también tuvo una agenda como la de sus pares. Pero pronto advirtió que, si firmaba acuerdos de comercio, no podía decidir el precio de las naranjas, y si se ocupaba del precio de las naranjas, no tenía tiempo para los asuntos que realmente le interesaban.
Guiado por este razonamiento, fue simplificando la vida de su país hasta que finalmente pudo ocuparse de todo, se convirtió en el más poderoso y al mismo tiempo más insignificante de los líderes mundiales. Es imposible cambiar el mundo si se permite a la gente tomar sus propias decisiones, si se cede el control en temas tan delicados como la preparación del desayuno o la decoración de las salas de estar.