La luz del sol
dibuja sombras
bajo tus párpados
Pasa una nube
nos deja solos
blancos como el papel
Sonríes
y las sombras se mudan
a otros rincones
No percibimos
hasta qué punto
la ciudad nos envuelve.
Imagen tomada de Unsplash
La luz del sol
dibuja sombras
bajo tus párpados
Pasa una nube
nos deja solos
blancos como el papel
Sonríes
y las sombras se mudan
a otros rincones
No percibimos
hasta qué punto
la ciudad nos envuelve.
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La tecnología no es ni buena ni mala. Con un cuchillo, por ejemplo, se puede asesinar a alguien o cortar pan. Con la energía atómica se puede iluminar una ciudad o destruirla por completo. Con un rifle automático se puede salir a matar gente inocente, pero también se puede matar al que salió en primer lugar a matar gente inocente. Con un sistema de espionaje digital se puede invadir la privacidad de millones de seres humanos en todo el mundo, pero también es posible utilizarlo para encontrar personas enfermas o potenciales consumidores de gaseosa.
¿Por qué hay rifles automáticos y sistemas de espionaje? Esto no es ni bueno ni malo, no se puede culpar a la tecnología por resolver unos problemas en lugar de otros. Los artefactos que resuelven los problemas del Estado suelen ser mejores que los que resuelven mis problemas o los tuyos. Eso no invalida lo dicho: el Estado, como cualquier invención humana, tampoco es bueno ni malo.
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PALABRAS
Las palabras no tienen realidad alguna. “Se las lleva el viento”, suele decirse. Sin embargo, una vez dichas ciertas cosas, no se puede volver atrás.
PERSPECTIVAS
Pensar la timidez como una forma de audacia contenida. Pensar la inocencia como una forma de maldad impotente. Pensar la prudencia como una forma de temeridad maltratada.
PERSPECTIVAS II
Por qué decimos que nuestros sentidos nos engañan, que nuestros ojos nos hicieron ver agua donde no había más que arena, y no decimos en cambio que el mundo nos ha estafado, poniendo arena allí donde nosotros habíamos visto agua.
COMUNICACIÓN
Nada significa lo mismo, es imposible que los demás se conmuevan por las mismas cosas que nosotros. Sin embargo, no podemos dejar de intentarlo. Como cuando damos a probar el mate a un extranjero.
ESTAR A SALVO
Pensamos que, despejadas ciertas circunstancias, estamos a salvo. Lo sentimos de ese modo en todo el cuerpo, marchando como un sólido mecanismo evolutivo. Aunque, a decir verdad, no puedo dejar de preguntarme qué quiere decir semejante expresión, semejante descripción de un estado de cosas. ¿Estar a salvo de qué? ¿De que el tiempo pase? ¿De no entender?
CONCIENCIA
Creemos que nos pesa una molestia, un dolor, una incomodidad. Es falso. Lo que nos pesa, siempre, es la conciencia, la vinculación de esa molestia con una serie de causas y de efectos. En la inmediatez no hay peso: la vida es espasmo, arrogancia, desatino.
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Hay que dejar de ver el aburrimiento con tan malos ojos. La lucha obstinada contra el aburrimiento nos vuelve más débiles y tontos. Mantener cierta integridad psíquica en el mundo de hoy exige una disciplina para la que no estamos preparados, exige un desapego cada vez más violento. Lo contrario es la proliferación de la sordera institucionalizada, es abandonarse a la serie infinita de lo que no importa, al esquivamiento frenético de las horas. Lo contrario es conmoverse por un zapato, llamar poesía a los carteles de gaseosa, confundir el amor con el énfasis o con el cálculo de ganancias y pérdidas.
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No escapemos de nada
reposemos un minuto
en el otro
Observemos hasta qué punto
su fragilidad
es también la nuestra
Elevemos la vista
para descubrir el hilo
del que todos pendemos.
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Los magos y los artistas son los instrumentos de que se sirven las palomas para lavar su prestigio frente a los seres humanos, que de lo contrario podrían simplemente despreciarlas o incluso temerlas como fuente de infecciones y pulgas.
Es fácil odiar al animal que ensucia las veredas y los edificios, pero no se puede más que sentir simpatía por aquella criatura que emerge de un sombrero mágico o que es retratada y celebrada como símbolo de paz, como mensajera de Dios.
Si no fuera por los magos y artistas, y en parte también por los jubilados, los seres humanos se habrían enemistado con las palomas hace rato, las considerarían lisa y llanamente ratas que no han tenido la decencia de esconderse en los mundos subterráneos y nocturnos.
Por eso, cuando veas un mago sacando una paloma del sombrero, o un artista dibujando una paloma o dedicándole unos versos, piensa que es exactamente al revés de como lo has visto siempre: el mago es un truco de la paloma, el artista es una obra de la paloma. Incluso estas palabras son obra de las palomas, que han decidido que la proliferación de teorías conspirativas en su contra no haría más que seguir aumentando su prestigio.
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Existe la idea de que ser libre es tener los medios materiales para hacer lo que uno quiere. Según esta lógica, mientras más recursos y riquezas tengamos, más libres seremos. El pobre no puede elegir entre comprar A, B o C. Compra lo que puede o incluso no compra nada. El rico puede elegir o incluso puede comprar todo. Por lo tanto, el rico es libre y el pobre no.
Sin embargo, existe también un concepto opuesto de libertad, según el cual la riqueza nos esclaviza y la pobreza nos libera. Nos encontramos con este concepto tanto en la tradición socrática como en la cristiana. Sócrates va al mercado y se alegra al ver todas las cosas que no necesita. Se admira de su propio desapego, experimenta cierto poder en ello. También el cristiano se reconforta en su capacidad de tomar distancia de las cosas mundanas.
Ser rico es estar sumergido en el mundo. La libertad, por el contrario, consiste en la capacidad de decirle que no al mundo. Evidentemente, la pobreza material no suele ser consecuencia del desapego. El pobre quisiera ser rico. Por eso, el modelo de libertad es el asceta, una especie de pobre por elección, un pobre espiritualizado y consciente.
¿Cuál es el verdadero libre? ¿El rico, el pobre, el asceta? ¿El intelectual que reflexiona sobre todas estas cosas? ¿Quién es el que verdaderamente ha superado la esclavitud, quién es el verdadero amo y señor de sí mismo? No es fácil responder a estas preguntas y tal vez no tenga sentido siquiera intentarlo. Una palabra que parece tan clara y poco problemática admite en realidad significados distintos e incluso opuestos. Esta dificultad debería servirnos como punto de partida y como advertencia, sobre todo si tenemos en cuenta que éstos no son los únicos conceptos posibles.
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Todo el mundo colecciona variedades
cosas raras y nuevas
rincones perdidos y lejanos parajes
como para ir tachando de una lista.
Yo también colecciono recurrencias.
La repetición es igualmente milagrosa
si se mira con ojos desprovistos
si se desaprende la moderna inclinación
por lo fragmentario y disruptivo
el sentido turístico de la vida.
La naturaleza no persiste y se unifica
por un prejuicio absolutista
tampoco se dispersa y muta por romántica.
Hace lo uno y lo otro
con igual indiferencia.
Yo por eso vuelvo a las mismas cosas
a los mismos libros, los mismos rostros
camino la misma calle bajo el mismo cielo
y las repeticiones no son tales para mí
porque siempre tienen la novedad de suceder ahora.
Imagen tomada de Unsplash
Si no fuera por las ganas de mear, hay días en que no me levantaría de la cama. Las ganas de mear me sacan de ese estado somnoliento y depresivo en que amanezco, son el resguardo fundamental de mi rutina.
Estoy semidespierto, tapado hasta la cabeza, frágil. Me aferro a esta situación como quien se esconde de los más temibles perseguidores, siento la cama como un refugio ante el mundo. Decido no salir de mi envoltorio, no someterme nunca más a la exposición, a la torpeza, al infortunio.
Pero me dan ganas de mear. Doy vueltas en la cama, intento volver a dormirme, hasta que finalmente admito la necesidad de ir al baño. No puedo mearme encima, porque arruinaría mi refugio.
Cuando abandono la posición horizontal y camino hasta el inodoro, las ideas empiezan a reacomodarse, como si fueran un líquido dentro de mi cabeza. Al momento de tirar la cadena, ya se me da por pensar que tengo ganas de lavarme la cara, de prepararme un café y hasta de ponerme los zapatos.
Publicado en la revista Encima de la Niebla
Primero la piel se le puso pálida y su rostro quedó bañado en la humedad que brotaba desde los párpados. Después comenzó a agrietarse por la deshidratación. En pocos días, quedó tan sólido y áspero como un pedazo de leña. Sus ojos parecían carozos de durazno secados al sol, pero aún podían verse hilitos de agua cayendo por las hendiduras.
Comenzó a desgranarse de a poco. No dejaba de soltar pequeños fragmentos, como si fueran astillas que se iban amontonando alrededor y que el viento desparramaba impiadosamente.
Perdió la piel y las extremidades, perdió cualquier atisbo de figura humana. Su cuerpo parecía una vieja roca volcánica. Pero seguía llorando.
Finalmente, después de semanas y meses, ya no fue capaz de mantener reunidas todas sus partes. Se desmoronó. Miles de pedacitos de una materia dura y ennegrecida cayeron al suelo junto con la última gota salada.