Conquistar el poder



Le concedieron el puesto de encargado de la iluminación. No podía sentirse más honrado y valioso. Antes de asumir sus funciones, le hicieron prometer que no cambiaría el tono ni el lugar de las luminarias y que seguiría comprando los repuestos necesarios al mismo proveedor de siempre.

     Su trabajo fue excelente. La ausencia de cambios no pasó inadvertida y por eso decidieron ascenderlo a secretario de fuentes, estatuas y jardines. Prometió conservar las mismas plantas en los mismos lugares, pintar los bancos de los mismos colores, mantener todo exactamente igual.

     Nadie pudo señalar ninguna diferencia respecto de la gestión anterior, de modo tal que fue ascendido a director de reformas arquitectónicas. En su discurso de asunción, puso especial énfasis en el carácter innecesario y perjudicial de cualquier reforma concebible. Los aplausos fueron efusivos, no sólo por las palabras, sino también porque el hombre había dado grandes muestras de compromiso en cada tarea que se le había encomendado.

     Cuando las garantías otorgadas por él a lo largo de los años fueron consideradas al fin suficientes, lo nombraron autoridad máxima, presidente absoluto de la institución. Una vez sentado en el sillón presidencial, se sintió a gusto consigo mismo y se maravilló de lo sencillo que le había resultado conquistar el poder.



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En el lugar del otro



No sospechamos a la persona que camina por la calle, no sentimos su dolor de espalda, su preocupación por el hijo enfermo. No advertimos los sutiles movimientos que la mantienen en equilibrio, que le permiten no dejarse la vida en una esquina, que le consumen la energía que debería tener para sonreír al que pasa, para disfrutar las fachadas de los edificios. Su presencia nos resulta al mismo tiempo sólida y vacía, sus movimientos nos parecen mecánicos y naturales. No imaginamos que se desplaza por la vereda con el mismo esfuerzo y cansancio que nosotros, con las mismas deudas que nosotros, con la misma negación. 



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Lo extranjero



Los muros se construyen por el mismo motivo por el que se establecen aduanas y fronteras: para alimentar el mito de la existencia de lo extranjero. Ese mundo que el turista experimenta de una manera inofensiva, toda esa fingida cordialidad y buen trato, escondería en realidad unos perversos deseos de dominación económica y de invasión territorial. Los muros y las aduanas están para recordarnos a todos que la semejanza entre los seres humanos es un simulacro, para educarnos en la idea de la existencia de lo extranjero como tal.

     Pero lo extranjero no existe, no es más que un puro accidente institucional. Cualquiera de nosotros puede ser testigo de la artificialidad de las fronteras, cualquiera puede advertir la imposibilidad de encontrar un sentido oculto en esas líneas dibujadas con tiza. Misteriosamente, hay quienes enseñan que es posible tomar estos garabatos legales como parámetros objetivos para el miedo o el orgullo.    

     Difundida y consolidada esta ficción en todo el orbe, nos han tenido que explicar que existen unas personas llamadas extranjeros, y que no hay que dejarlas entrar a ellas ni a lo que hacen, porque de lo contrario nuestra identidad tal como la conocemos se pervertiría. Porque también nos han tenido que explicar eso, que existe una cosa llamada nuestra identidad tal como la conocemos, y que hay que cuidarla con muros y aduanas.



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Ni una cosa ni la otra



¿Qué mal puede hacerte esta tormenta

                                               que no elegiste?


¿Qué culpa tiene la piedra

                                por caerte encima?


El universo no quiso que nacieras

ni quiere verte morir


Pero no te acostumbras

                                    a una cosa

                                    ni a la otra.



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La puerta del refrigerador



Mientras el refrigerador está cerrado, me imagino las infinitas cosas que podría haber adentro. El aparato encierra un vasto repertorio de mundos posibles, una serie interminable de manjares alternativos. Cierro los ojos y veo toda clase de frutos exóticos, deliciosos postres y alimentos de todos los rincones del planeta.

     Cuando abro el refrigerador, estos mundos posibles se disipan como niebla y no veo más que mostaza, dos tomates, una naranja y un frasco de mermelada. Queda claro que, salvo en casos de extrema necesidad, conviene que algunas puertas permanezcan cerradas.



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Nosotros y ellos



Cada vez se hace más difícil prestar atención, aislarnos momentáneamente de los estímulos del entorno y ocuparnos de algo, detenernos en algo. Se nos hace difícil la reflexión y la toma de distancia. Cada cual confía plenamente en sus reacciones inmediatas y se rodea de personas con reacciones parecidas. Al mismo tiempo en que se multiplica la comunicación, se profundiza también el encierro en nosotros mismos. Nuestras formas de espíritu colectivo reflejan más que nunca nuestro egoísmo.

     Nos retroalimentamos en pequeños entornos, entre semejantes y parecidos. Cuando salimos al mundo y descubrimos la existencia de otros entornos, tan convencidos e hiperestimulados como el nuestro, nos parece una extravagancia, un error en el sistema. Nos irritamos mutuamente. Creemos tener buenos motivos para no escucharnos. Volvemos a la comodidad y calidez de nuestro líquido amniótico espiritual.

     El grupo importa más que la realidad, la imperturbabilidad ideológica importa más que el intercambio con el otro, el estímulo importa más que el concepto. Hemos vuelto a adoptar la trinchera como forma de vida, hemos desaprendido la inutilidad del odio y la violencia. Pedir un poco de paz y de paciencia en este mundo se ha vuelto una tarea inoportuna, una ocurrencia delirante y trasnochada. No vemos el enorme peligro que supone la mala gestión de nuestras pequeñas ansiedades.



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El gran secreto



Estuvo horas revisando bolsillos, cajas y estanterías, hasta que finalmente encontró la llave del cajón del escritorio. Había quedado solo en la casa y pensó que era el momento oportuno para develar el viejo misterio de ese recinto, siempre cuidadosamente cerrado, como si resguardara la verdadera identidad de su padre.

     Mientras buscaba la llave, no dejó de pensar ni un segundo en lo que encontraría: un amor clandestino, un pasado inconfesable, documentos que atestiguaran vidas paralelas o múltiples estafas.

     Pero el cajón estaba minuciosamente vacío. Ese mismo día, hizo una copia de la llave y la dejó otra vez en su lugar. Volvió a revisar en varias oportunidades, pero nunca encontró nada. Tardó bastante tiempo en resignarse y comprender la verdadera gravedad del gran secreto oculto bajo llave: su padre era exactamente quien decía ser.



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Defender las ideas



Las ideas pueden y deben ser defendidas con vehemencia, pero sin tratar al otro de tonto o de corrupto. Si hacemos esto último, no sólo faltamos el respeto y violentamos las reglas de la discusión razonable, sino que además estamos condicionando nuestra conducta futura.

     Si la defensa de X nos lleva a decir que los defensores de Y son ignorantes, interesados, miserables, etc., no estamos simplemente cometiendo un exabrupto. Después de decir semejantes cosas, nuestro mayor incentivo a la hora de razonar ya no puede ser la búsqueda de la verdad, de la coherencia, de la seriedad argumentativa. Nuestro mayor incentivo será mantenernos alejados de Y, puesto que lo hemos asociado directamente con lo peor de la humanidad, con el mal.

     Desde entonces, tenemos que evitar a priori todo curso de pensamiento que pudiera llevarnos a reconocer algo de razonabilidad en Y. Quizás no estábamos destinados a ser fanáticos, pero nuestra defensa de X no nos dejó otra alternativa en el futuro. En un exceso de entusiasmo, o tal vez guiados por el deseo de producir un mayor impacto retórico, dijimos cosas horribles de quienes no pensaban como nosotros en ese momento. Sin darnos cuenta, estábamos congelando nuestro pensamiento para siempre, nos estábamos privando de revisar nuestros puntos de vista y de encontrar algo de razón en los demás.

     Si asociamos las ideas del otro con el mal y con lo más despreciable de la humanidad, en adelante cualquier revisión de nuestras ideas implica un acercamiento al mal y a lo más despreciable de la humanidad. Nos ponemos una barrera a nosotros mismos. Ya no podemos más que aferrarnos a nuestras primeras convicciones y radicalizarnos en el sentido sugerido por ellas. ¡Cuántos fanáticos deberán su condición de tales al simple hecho de haber cometido algunos exabruptos en su juventud y haber tenido luego demasiado orgullo como para desdecirse y pedir disculpas!



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Piedad



En este mundo de metal

                               cemento

                              montañas

                              aguas profundas


Se rompe un hueso como si nada

Las ideas se nublan

                      oscurecen

                      como si nada


Uno quisiera pedir al mundo

                                  de metal

                                  aguas profundas

un poco de piedad.



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Insatisfacciones de la ciencia



Dedicó años de su vida a demostrar la existencia de los ángeles. Presentó un proyecto en un prestigioso y acaudalado instituto, recibió una beca de investigación y una fecha límite.

     No perdió tiempo, trabajó día y noche eligiendo las palabras, encadenando los silogismos. Descartó innumerables bocetos hasta que finalmente pudo formular, en una carilla, la demostración final, su obra maestra.

     Cuando llegó el día de la exposición de su argumento, los ángeles estaban allí, sobrevolando las butacas de la sala de conferencias, entonando melodías en una voz etérea y magistral. El hombre, al ver semejante espectáculo, no pudo más que abrir la boca y extender los brazos en dirección a las inesperadas criaturas.

     Los evaluadores dieron la demostración por concluida. La presencia de los ángeles volvía innecesarias las inferencias y deducciones, hacía que bastara el simple señalamiento de lo que estaba a la vista de todos. El nombre de nuestro investigador quedó grabado para siempre en la gran historia de la ciencia, pero él abandonó la sala disconforme, como un mago al que la realidad se le adelantara, convirtiendo sus ilusiones en hechos.  



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