Origen y destino



Los seres humanos somos animales que nos preguntamos por el origen. Queremos saber de dónde vienen las cosas, qué caminos han transitado hasta llegar al lugar que hoy ocupan. Queremos saber de qué están hechos los objetos que vemos y tocamos, qué tuvo que existir antes para que hoy exista este mundo que nos rodea.

Los seres humanos nos preguntamos por el origen de los astros, de los ríos y mares, de las plantas, de las especies animales. Nos preguntamos también por nuestro propio origen. Queremos saber de qué estamos hechos y cómo hemos llegado hasta aquí. Suponemos que en el origen de una cosa está cifrada de alguna manera su esencia.

Entonces, si logramos conocer el origen de cada objeto que nos rodea, sabremos exactamente qué esperar de este mundo, estaremos finalmente a salvo. Además, si logramos conocer nuestro origen, sabremos también nuestro destino. Nada hay más importante, al parecer, que estar a salvo y saber nuestro destino.



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No distraerse


Muchos pensarán que las bibliotecas son lugares silenciosos y calmos, inevitablemente impregnados de cierta majestuosidad. No conocen la biblioteca que yo frecuento. Aunque, a decir verdad, es muy probable que sí la conozcan. Pero, por algún motivo, prefieren utilizar la palabra “biblioteca” para referirse a otras cosas.

     Debo admitir, en primer lugar, que la biblioteca a la que me refiero no es precisamente un lugar, sino más bien una forma de vida. Es algo que se lleva encima todo el tiempo con la misma naturalidad con que se llevan los zapatos o los anteojos, o incluso las manos y los pies. En segundo lugar, es tan cierto decir que uno la frecuenta como decir que ella lo frecuenta a uno.

     Por eso, tal vez tenga sentido comenzar describiendo las otras bibliotecas, aquellas que la gente suele nombrar de esa manera. Estás tomando café en un bar con un amigo. Mientras pruebas el café y conversas con tu compañero, piensas en distintos libros que quisieras leer, en informaciones que desearías buscar. En algún momento, puede ser ese mismo día o cualquier otro, decides que, de todas las posibilidades que pasaron por tu cabeza, una o dos son las que verdaderamente importan. Tal vez la conversación con tu amigo tuvo algo que ver con la decisión, o quizás fue algo que escuchaste decir a la gente de la mesa vecina, o el gusto del café, o nada de eso.

     Entonces, en otro momento, después de tomar café y conversar, al día siguiente o a la semana siguiente, quizás después de haber cambiado de opinión varias veces, te diriges a un edificio particular y pides un libro, o una revista, o una guía, o una película, o una colección de fotografías, o un disco, o lo que sea. Una vez que eso tan importante llega a tus manos, lo consultas dentro del mismo edificio o te lo llevas a tu casa para consultarlo luego.

     Hablemos, ahora sí, de la otra biblioteca, aquella que la gente no suele llamar de esa manera. Estás tomando café en un bar con un amigo. De todas las posibilidades que pasan por tu cabeza, la biblioteca decide cuáles son las importantes y las envía directamente a tu mesa. De pronto, tienes en tus manos las diez últimas páginas de Crimen y Castigo, una guía turística de Praga, una postal de la Patagonia, una receta para cocinar galletas de avena, secciones sueltas de distintos catálogos, un poema de César Vallejo, la discografía completa de Regina Spektor y una pila de revistas de farándula. Todo lo que en verdad necesitas. Algunas de estas cosas pasaron por tu mente, otras por la mente de tu amigo, otras fueron mencionadas en la conversación, otras simplemente aparecieron. Ninguna de ellas es mal recibida.

     Ya no es necesario, pues, trasladarse hacia un edificio en particular ni tampoco dedicar a esta tarea un momento específico de la semana. La biblioteca está todo el tiempo contigo. Es imposible diferenciarla del bar, de la mesa que sostiene el café, de la conversación y hasta de tu propio cuerpo.

     La biblioteca es una parte de ti, la más lúcida y disciplinada, aquella que te salva de cometer errores gravísimos, de perder tiempo en cosas que no te interesan. Por ejemplo, si abres un libro que crees que quieres leer, pero la biblioteca advierte que en realidad preferirías ocupar tu tiempo en otra lectura, lo que hará es reemplazar las páginas de la lectura indeseada por las páginas de la deseada. Si sospecha que no estás del todo decidido, probará intercalando fragmentos de distintos textos hasta ver cuál de todos se lleva tu atención.

     No tiene sentido discutir el criterio de la biblioteca, se pierde más tiempo del que se gana. Si te acercas al escritorio con un libro en la mano y observas que ella ya dispuso otro sobre la mesa, mejor resígnate a leer este último. De lo contrario, te verás metido en una intensa batalla entre lo que crees que quieres leer y lo que la biblioteca sabe que en realidad prefieres. Si tomas el libro escogido por ella y lo guardas en un estante, volverá a aparecer sobre tu escritorio de un momento a otro. Si lo tiras a la basura o lo prendes fuego, tampoco lograrás demasiado, ya que las páginas de este libro aparecerán en cualquier otro que abras. Así no puedes distraerte de ninguna manera.



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Panorama general y particular



1- No está mal partir siempre de la hipótesis de que las personas con las que interactuamos no están tranquilas. Conviene presuponer que algo las tiene preocupadas o inquietas, lo que nos ayudará a comprender mejor sus motivaciones y a suavizar el trato con ellas. Esta hipótesis, además de útil, será en la mayoría de los casos cierta.

2- La conciencia de nuestra finitud e irrelevancia debería servirnos para ordenar prioridades. Sin embargo, persistimos en el error de darnos demasiada importancia y de creernos invulnerables.

3- Lo que más puede darnos felicidad en la vida no es el placer, sino la sensación concreta de tener una mínima cuota de control en medio del caos y la incertidumbre. Esto exige que nos alejemos de dos extremos: por un lado, del deseo de tener todo bajo control, por el otro, de la dispersión en los estímulos del presente. Aceptar la realidad y trazarse en ella algún camino, sabiendo que al universo no le interesan nuestros planes.

4- Estar al tanto de cada cosa que sucede es incompatible con la dedicación que exige toda genuina actividad y todo ejercicio de pensamiento. El entorno nos arroja información a cada segundo y nuestra mente suele abalanzarse sobre ella con voracidad, sin distinguir entre lo relevante y lo circunstancial, ya que tanto lo uno como lo otro ofrece estímulo y distracción. Hoy, más que nunca, prestar atención es lo opuesto a enterarse de todo.

5- La política es importante, pero no es razonable ni conveniente esperar todo de ella. Los líderes son seres humanos: se equivocan, se obstinan, se cansan, se asustan. Más tarde o más temprano, en encierran en sí mismos. Tampoco deberíamos cometer el error de definir nuestra identidad a partir de convicciones políticas, ya que eso nos impedirá revisar dichas convicciones en adelante.

6- El pensamiento suele estar asociado con la angustia y la tristeza, mientras que la acción suele estar asociada con la vitalidad y la alegría. Se advierte que “pensar demasiado” es un error, pero nunca se señala que “actuar demasiado” también lo es. Por mucho que se diga que a veces es mejor “no saber”, lo cierto es que nadie renuncia a su cuota de conciencia, por pequeña que sea. En cambio, bien renunciaríamos a muchas de las acciones realizadas. Por supuesto, también existe el reproche por haber pensado algo en exceso. ¿Es bueno saber que vamos a morir? ¿Renunciaríamos a este saber? Nos gustaría conservar el saber y dejar a un lado la preocupación que conlleva.

7- El entendimiento humano muchas veces necesita de la exageración como un instrumento para poner el foco en fenómenos escurridizos o para someter a revisión errores profundamente arraigados. Esto se explica porque ninguna idea produce cambios en nosotros si primero no nos llama la atención. Así pues, los grandes cambios científicos e intelectuales a menudo se sirven de exageraciones que luego son matizadas en etapas ulteriores. Sin embargo, la marcada dispersión del debate actual hace que se necesiten exageraciones cada vez más desmesuradas para llamar la atención por cada vez menos tiempo, lo que convierte a la esfera pública en un flujo desordenado de discursos tan tajantes como efímeros. Tal vez haya llegado la hora de exagerar nuestras previsiones contra la exageración.

8- Todo el mundo se desespera por adquirir un poco de esa notoriedad que suele recibir el nombre de “éxito”. Esta palabra no se refiere hoy a ningún logro que justifique dicha notoriedad, sino a la notoriedad misma. Sólo existe y tiene valor aquello que es reproducido en múltiples pantallas. El éxito así entendido es una regla bastante defectuosa a la hora de medir nuestras vidas. Los ruidos estridentes siempre llaman la atención, pero rara vez la merecen. De vez en cuando, hay que detenerse a observar la melodía que estamos componiendo y no mirar solamente los tonos más llamativos. Valorar todo desde la perspectiva del éxito y el fracaso conduce al desorden y a la enfermedad.

9- El dinero debe su función y su atractivo a la promesa de todo aquello que puede obtenerse a cambio de él. Los seres humanos estamos dispuestos a dar el fruto de nuestro esfuerzo y trabajo a cambio de dinero, porque sabemos que con él podremos obtener parte del esfuerzo y trabajo de otros. Por eso, solemos considerar al dinero como una suerte de felicidad en pausa, como la garantía de una felicidad que puede hacerse efectiva hoy o mañana. En consecuencia, estamos dispuestos a sacrificar muchas cosas en la persecución del dinero, incluso nuestra propia felicidad, lo que acaba siendo una contradicción.

10- Los primeros sabios de los cuales tenemos registro advierten ya que el deseo humano es inagotable y que toda satisfacción es efímera. Observan también que nuestra especie tiene la capacidad de inventar deseos nuevos, de modo tal que las actuales generaciones se angustian por carencias inimaginables para las generaciones anteriores. Los nuevos deseos se incorporan a nuestra vida con gran facilidad, como si siempre hubiesen estado allí. Así pues, aquellos sabios recomiendan reflexionar sobre nuestros deseos, establecer distinciones entre ellos, evaluar cuáles merecen nuestra atención y cuáles no. De lo contrario, viviremos perturbados e inquietos, ya que nuestros deseos nos empujarán de un lado a otro y no tendremos control sobre ellos ni sobre nosotros mismos. Lo curioso es que, a pesar de que esta sabiduría es tan antigua como la civilización, los seres humanos caemos una y otra vez en la trampa. Inventamos tecnologías de satisfacción que prometen (ahora sí) calmar todas las inquietudes, pero que no hacen otra cosa que crear inquietudes nuevas. La rueda del deseo nunca se detiene, porque en el fondo no buscamos estar satisfechos, sino distraernos y llamar la atención.

11- Ciertas filosofías contemporáneas explicaron todos los malestares humanos como efectos de las inhibiciones propias de la civilización. En consecuencia, recomendaron un programa de desinhibiciones, una agenda de reemplazo de los conceptos por pulsiones y de la reflexión por la expresión. En la actualidad, la creación de una gigantesca red de interacciones virtuales ha permitido realizar este programa en una magnitud difícil de lograr bajo el predominio del intercambio “en persona”. Nuestros malestares, lejos de calmarse, se han intensificado.  

12- Se ha dicho que las actuales generaciones no se permiten el aburrimiento, que se saturan de estímulos y distracciones. Sin embargo, aburrirse exige ciertas condiciones, no es algo que simplemente uno se permite. Si despejamos la maraña de estímulos que nos rodea, lo que aflora no es un aburrimiento supuestamente suspendido, sino más bien angustia e inquietud. No se trata de un “no saber qué hacer”, sino de un “no poder estar con uno mismo”. El aburrimiento, en el sentido habitual de la palabra, exige una tranquilidad que hoy no tenemos.

13- Tal vez la vida no sea más que un error marginal de la materia, y tal vez la libertad no sea más que un error marginal de la biología. Pero estamos vivos y tenemos con suerte nuestra cuota de libertad. Aunque experimentamos cotidianamente el existir y el ser libres, quizás nunca logremos entender del todo el significado de dicha experiencia.   



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El todo y las partes



Mientras el mundo como un todo nos deprime y entristece, los detalles nos alegran y salvan la vida. ¿Cómo es posible que cosas tan simples como un café o un abrazo nos protejan de las angustias de un mundo violento e injusto? Los dioses nos han dado la guerra, la indiferencia y la corrupción, al mismo tiempo que nos han hecho sensibles al sabor del helado, a la risa de quien nos acompaña, al calor de una manta. Cada día el mundo nos enferma un poco y los detalles nos curan un poco.



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El tamaño de las cosas



Dentro de nosotros todo tiene una dimensión incorrecta. Es imposible calcular el verdadero tamaño de una idea que deambula en el interior de nuestra cabeza. La simple dinámica del pensamiento puede convertir una pequeña preocupación en un drama internacional. Si luego se filtra al exterior y recibe los efectos de la luz del sol, la preocupación vuelve a su tamaño original. También puede ocurrir lo contrario: sucesos que el pensamiento no registra tienen de pronto una importancia fundamental. Por eso, el tamaño de las cosas debe medirse siempre en el mundo y no en nuestra mente, ya que en ella nada tiene su verdadera dimensión, empezando por nosotros mismos.

     Necesitamos la mente para medir el tamaño de las cosas en el mundo, pero esto no quiere decir que ella misma sea la medida de todo. La razón es muy sencilla: por sí misma, la mente no sabe medir. En ella, los objetos se inflan y se desinflan, son al mismo tiempo gigantes y diminutos, sólidos y gaseosos, centrales y periféricos. Estamos, pues, obligados a medir las cosas con un instrumento que repudia toda medida. Por eso, hemos tenido que inventar otras herramientas complementarias: la palabra, la regla, el arte, la lógica.

     Sin embargo, la mente es orgullosa y quiere imponer siempre su propio criterio. Se siente realizada cuando logra convertir una gota de agua en un océano o cuando logra esconder un elefante debajo de una alfombra. Semejantes proezas alimentan su vanidad. A esto se debe que nos cueste tanto salir a la luz del sol, ya que tememos que en ese movimiento se revele nuestro verdadero tamaño. 



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Paciencia y futuro



Lo único que puede darnos paciencia es una perspectiva de futuro. Si lo pensamos bien, esto es bastante obvio. Decimos que tiene paciencia quien posterga una satisfacción o un alivio, o bien quien se embarca en actividades que tardarán mucho tiempo en dar frutos. ¿Por qué haríamos este tipo de cosas, si no fuera porque creemos en la posibilidad concreta de un futuro que vale el esfuerzo? Sin embargo, en nuestras reflexiones sobre la impaciencia del mundo actual o de las nuevas generaciones, rara vez nos preguntamos precisamente lo obvio: ¿Qué ha sucedido con el futuro? ¿Qué visión del futuro se esconde detrás de las formas actuales de la impaciencia? ¿Por qué parece hoy tan poco razonable postergar satisfacciones, embarcarse en tareas de larga duración, esperar a que los procesos maduren y se consoliden?

     La paciencia es una actitud dirigida al presente, pero con vistas al futuro. No es lo mismo que la simple espera, puesto que la espera no presupone otras acciones u omisiones presentes, más allá de esperar. Escribir un libro o estudiar una disciplina son actividades que exigen paciencia. Por lo tanto, tienen en vista un resultado futuro. Pero también presuponen acciones concretas en el presente (escribir, estudiar) y cierta capacidad de evitar o postergar distracciones. Entonces, aunque la paciencia pueda ser en muchos casos indistinguible de la espera, puede tener también otro significado, relacionado con actividades cotidianas y regulares que de a poco conforman un resultado. El proyecto es hijo de la paciencia. El ahorro es otro ejemplo de actividad paciente, ya que presupone la visión de un resultado futuro, la acción cotidiana de poner dinero “aparte”, la omisión de gastos presentes.

     La diferencia entre una cultura del ahorro y el proyecto, por un lado, y una cultura de la deuda y el consumo, por el otro, se expresa en actividades presentes, pero implica también diferencias significativas en las visiones respecto del futuro. La tendencia al proyecto y al ahorro presupone como mínimo una idea de estabilidad y en muchos casos también una visión de prosperidad y progreso. Conlleva una apuesta a que estaremos vivos en el futuro y a que muchos de los valores actuales seguirán vigentes. Conlleva también una apuesta a la posibilidad de que el futuro ofrezca mejores condiciones que el presente, en función de lo cual vale la pena esforzarse hoy para obtener frutos mañana. En este contexto, la paciencia tiene sentido e incluso es la actitud más razonable.

     En cambio, la tendencia al consumo y la deuda presupone una idea de inestabilidad e incertidumbre, y en algunos casos también de retroceso y decadencia. Si creemos que se aproxima el fin del mundo o algo parecido, lo más razonable es endeudarse y consumir. Por supuesto, si el fin del mundo no llega, tendremos una deuda impagable. La tendencia al consumo y la deuda tiene cierto carácter apocalíptico y conlleva riesgos enormes, pero no deja de tener su razonabilidad en contextos en los que desaparece el futuro.

     Lo primero que debe advertirse es que el futuro, al menos tal como lo presupone la paciencia, no es un dato, no se encuentra frente a nosotros como un objeto que podamos ver y tocar. Por experiencia, aprendemos a contar con el futuro inmediato y logramos ampliar la perspectiva en forma creciente, pero esto tiene un límite, el cual sólo puede superarse mediante la incorporación de elementos narrativos en nuestra existencia. Las historias sobre el pasado y el futuro amplían nuestra mirada y nos instalan en otra temporalidad. Así pues, no son anecdóticas para nosotros, no son meros objetos de curiosidad y especulación, sino que tienen un rol constitutivo de nuestra forma de existencia. No estudiamos la historia sólo para saber “cómo llegamos hasta aquí”, sino también para constituirnos como seres históricos.

     La dimensión narrativa tiene repercusiones muy concretas en nuestra forma de vida. Por ejemplo, es imposible advertir la importancia de estudiar por simple experiencia personal. Es fundamental que nos cuenten historias sobre el rol del estudio en la existencia humana, que nos instalen en una narrativa sobre el ser humano y sobre nuestro paso concreto por el mundo, en la cual el estudio ocupe un lugar específico. Lo mismo vale para el ahorro, para la creación de instituciones, para la conformación de familias, para el desarrollo de teorías científicas, para la formulación de políticas públicas y en general para todas las actividades humanas que exigen paciencia. Entonces, la paciencia es hija de las perspectivas de futuro, pero no de cualquier tipo, sino precisamente de aquellas que sólo son posibles a partir de una narrativa que instale nuestra existencia en un marco de continuidad.

     Puede decirse, entonces, que la cultura de la impaciencia tiene un anclaje en la crisis de las narrativas y de la idea de continuidad. Suele afirmarse que nuestro mundo actual es, por un lado, un mundo de pura inmediatez y, por el otro, un mundo sin relatos comprensivos sobre la existencia humana. Pero no siempre se conectan ambas afirmaciones. En cualquier caso, la narrativa apocalíptica es la que mejor se lleva con nuestro estilo de vida, con nuestra cultura de la deuda y el consumo, ya que se trata justamente de una narrativa que cierra el futuro y rompe toda continuidad. Es la historia que se cuenta a sí mismo un mundo que se percibe frágil, cambiante e incierto.

     Naturalmente, la cultura de la impaciencia tiene también su política económica, siendo la deuda y el consumo las principales variables que el dirigente de hoy tiene que hacer crecer cada vez más. No puede hacerlo, por supuesto, en el nombre del apocalipsis, de modo tal que debe encontrar fórmulas más amables. Lo cierto es que el consumo resulta hoy el gran pacificador social y la deuda (estatal y particular) es el instrumento por excelencia para incentivarlo. El dirigente actual se dedica a llevar estas variables al límite y a rogar que la crisis no llegue todavía. Ofrece una política apocalíptica, acorde con la cultura apocalíptica de nuestros días.

     Cabe preguntarse, pues, si acaso la paciencia se ha convertido en una causa perdida. ¿De dónde podríamos obtenerla hoy, cuando resulta casi imposible apostar a una continuidad, cuando el futuro se ha vuelto tan incierto? Podríamos empezar interrogándonos si el fin del mundo es realmente para nosotros un dato o más bien una resignación, si nuestra crisis narrativa es hija de una mayor lucidez o de un mayor cansancio. Tenemos que preguntarnos si realmente el futuro está perdido, si realmente lo más razonable y deseable que podemos esperar hoy es la paz del consumo en sus distintas formas.  



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Sonidos



Para disgusto de cineastas y cinéfilos

la música de fondo de la vida

puede ser el rumor de una heladera

el chirriar de una silla floja


el griterío eterno de los vecinos

que no se puede saber

si discuten para continuar el sexo

o tienen sexo para continuar la discusión


puede ser también el ladrido

de un perro en un monoambiente

y por qué no el ruido mental

el coro de la inquietud y el fastidio.



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Cinco sentidos



     Me preguntan si vi el cartel cruzando la calle, como si fuese la única cosa atendible, el objeto fundamental del paisaje. Me siento mal de no haberlo visto. Me da incluso vergüenza aclarar que en ese momento yo estaba mirando las baldosas y que mi mundo entero era una sucesión de rectángulos grises. Me preguntan si escuché lo que dijo el altoparlante, pero no pude escucharlo, porque estaba pensando en lo que había leído esa mañana y en ese instante todos los sonidos eran para mí una misma bruma que se agitaba alrededor de mi pensamiento.

     Dicen los manuales que tenemos cinco sentidos, pero yo en verdad no tengo más que uno a la vez. Vivo en un espectro de atención muy estrecho, en un universo mucho más pequeño del que sugieren mis capacidades en abstracto. La enorme mayoría de lo que sucede a mi alrededor, por mucho que ingrese en el radar de mis sentidos, no es verdaderamente percibida por mí, se confunde en un torbellino de sensaciones que apenas registro.

     Me da pena perderme tantas cosas, sentir que el mundo me excede por todas partes, que estuve tardes enteras en lugares que sin embargo apenas conozco, que alrededor de mí transcurren innumerables historias que ni siquiera sospecho. Lo único que parcialmente me consuela es pensar que, si me esforzara cada vez más en no perderme nada, tal vez acabaría perdiéndome a mí mismo.  



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