El genio


     La genialidad ofende, tenemos que poner cierta distancia para poder soportarla y encontrarla agradable. Necesitamos separar el juego de los genios de nuestro juego cotidiano. De lo contrario, podríamos pensar que competimos con ellos y eso nos demolería. La distancia parece insalvable.

     Las concepciones místicas y románticas de los grandes talentos no están para explicar el genio, sino para ayudarnos a digerirlo y disfrutarlo, para que sobrellevemos mejor nuestra normalidad. Es importante para nosotros crear una regla especial para genios y no medir nuestros logros con los mismos parámetros con que medimos los de ellos. Por eso nos ofende especialmente cuando el genio coincide con la riqueza material, porque el dinero crea la ilusión de una regla común a todos. Por eso también nos resulta siempre más fácil de aceptar el genio del pasado, porque es más fácil hacernos la idea de que no competimos con él.



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Seres inteligentes



     Imaginemos un ser inteligente cuyas capacidades tuvieran bruscas variaciones e inestabilidades, de modo tal que un día perdiera la vista y al día siguiente la recuperara, pero a cambio de padecer fuertes dolores musculares; otro día sufriera alguna forma de amnesia o intensos mareos; otro día perdiera la conciencia por unas horas o se viera invadido por violentos ataques de ira.

     Es poco probable que este ser inteligente pudiera sobrevivir y desarrollarse en soledad. Sin embargo, en grupo estos problemas podrían compensarse. Si algunos pierden la vista, otros se hacen cargo de las tareas que exigen esa capacidad. Estos últimos, mientras tanto, necesitan compensación en otros aspectos. La clave es que cada cual tiene siempre algo para ofrecer a los demás y al mismo tiempo necesita de ellos. Uno puede ver y carece de memoria, otro tiene memoria y no puede ver, otro tiene ambas cosas y está inmovilizado por dolores.

     Ahora bien, para que este efecto compensatorio pueda realizarse plenamente, es indispensable que los miembros del grupo sean seres libres y no estén sometidos a una autoridad absoluta, a un líder incontestable. En ausencia de libertad, los dolores corporales del líder inmovilizan al grupo entero, los ataques de ira del líder arrastran a la guerra al grupo entero. En este contexto, las cualidades y condiciones de los miembros importan poco o nada. La amnesia del líder tiene el efecto de una amnesia colectiva, la ceguera del líder tiene el efecto de una ceguera colectiva.



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Paisaje



El arbolito que emerge

de un agujero en la vereda

como revancha de la naturaleza

aplastada por el cemento.


Los intensos remolinos

que arrastran de un lado a otro

minúsculos restos de ciudad

como piezas en un tablero informe.


La luna que asoma silenciosa

entre los tantos edificios

encendiéndose de pronto

como una ventana más.



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Invasión


La calle está llena de pelos. Cuando los pisamos, se pegan al zapato y los trasladamos de un lugar a otro, los subimos a los taxis y colectivos. Al arrastrar los pies por la vereda, se va formando bajo el calzado una suerte de ovillo, las basuras que el viento desparrama de una baldosa a otra se pegan y se acumulan entre las hendiduras de la suela.

     A cada lugar que vamos, llevamos con nosotros la bola de pelos. Después de horas y días, llega a tener un tamaño tal que casi deberíamos presentarla a los demás, como si fuera una mascota. Si tenemos suerte, se desprende del calzado y termina en el rincón de una tienda o en la vereda misma, a la espera de algún desprevenido que la adopte de un pisotón.

     Si no logramos dejarla por ahí, Dios no lo permita, acaba ingresando en nuestra casa. Las bolas de pelo son seres astutos y ambiciosos. Una vez en nuestro hogar, su objetivo es convertirse en uno de nosotros, tal vez incluso desplazarnos y ocupar el lugar que nos pertenece.

     Al principio, sus pretensiones son más bien humildes, se conforman con el trato que recibiría un hámster o una tortuga. En poco tiempo, logran que su punto de vista se imponga por sobre el de las visitas y los parientes lejanos. Si no las detienes a tiempo, ya verás cómo acabarán sentadas en tu propia mesa, ya verás cómo serás tú el que deba levantarse de la silla para ir a buscar en la cocina el condimento preferido de las bolas de pelo.



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Ejercicio de imaginación



Imaginemos un mundo en el que a nadie le importara lo que hace, pero todos quisieran ser exitosos en ello. Un mundo en el que a las personas no les significara nada ser artistas, comerciantes, médicos, arquitectos, periodistas o docentes, pero dieran todo por tener éxito en alguna de estas actividades o en cualquier otra. Un mundo en el que los niños dijeran “de grande quiero ser famoso”, pero no pudieran mencionar la actividad que los llevaría a ese resultado.

     Imaginemos que el predominio de la fama y el éxito por sobre las materias y actividades llegara a tal punto que “ser famoso” se considerase una actividad en sí misma o que “ser exitoso” se convirtiera en una carrera universitaria. Ya no habría “músicos famosos”, sino famosos con inclinación musical; ya no habría “comerciantes exitosos”, sino exitosos con inclinación comercial.

    Imaginemos que, siguiendo esta misma lógica, las actividades y materias no sólo dejaran de ser necesarias para el éxito, sino que además se convirtieran en un estorbo. De este modo, el éxito alcanzaría su máxima independencia, se liberaría por completo de las enojosas molestias que impone el contenido. Si fuera así, sólo podrían volverse exitosas aquellas personas a las que no les importara en absoluto lo que hacen. La pregunta “¿por qué es famoso?” dejaría de tener sentido. La gente se liberaría de la pesada carga de elegir una vocación. Bastaría con elegir si uno quiere tener éxito o si quiere en cambio fracasar. Todo lo demás vendría por añadidura.



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Nietzsche y el sentimentalismo


Nietzsche se propuso derribar lo que él consideraba una de las grandes ilusiones de la civilización judeocristiana: la creencia en la superioridad moral y epistemológica del marginado, del impotente, del castigado por las circunstancias. Esta ilusión conduce al sofisma de que la torpeza, el sufrimiento y la mala fortuna prueban la verdad del punto de vista de quien las padece. Asimismo, conduce al sentimentalismo, a la confusión entre los buenos sentimientos y las verdades. [1]

     Los instrumentos metodológicos utilizados por Nietzsche para este fin fueron en buena medida falaces, pero muy efectivos: 1) la denuncia del origen de las creencias; 2) la denuncia de los sentimientos que acompañan a las creencias; 3) la denuncia de las consecuencias de las creencias.

     Desde mediados del siglo XX, se ha instalado con fuerza creciente un movimiento filosófico de profunda inspiración anti nietzscheana, que no obstante se ha apropiado de sus instrumentos metodológicos. Las mismas denuncias psicológicas y sociológicas se utilizan ahora para defender una suerte de restauración cristiana, un regreso a la ilusión sentimentalista, al sofisma de la superioridad del débil y desafortunado.

     Vale decir que el nuevo cristianismo no es exactamente igual que el anterior, ya que se desentiende de la vida después de la muerte y de la prédica anti mundana. Pero no se desentiende de la compasión como medida de la verdad. Los intelectuales neocristianos ya no argumentan ni pretenden establecer hechos o conclusiones válidas. Simplemente compiten por quién se muestra más compasivo, más cercano a los dolores del mundo. Se perdona la falacia y hasta la contradicción, pero no se perdona la insensibilidad.

     La diferencia es que la solución ya no puede venir de Dios ni de la vida después de la muerte, puesto que no se cree en estas cosas. Ahora se cree que la solución es el Estado, que es el Dios de los nuevos cristianos, del cual se exige que resuelva todos los sufrimientos en esta vida y ya no en la otra. El viejo cristianismo no podía decepcionar, no prometía nada en este mundo. El nuevo cristianismo sólo puede decepcionar, porque promete todo en este mundo.



[1] Cabe preguntarse si Nietzsche no incurre acaso en la ilusión contraria: la creencia en la superioridad moral y epistemológica del fuerte, del activo, del capaz.



Patas y orejas


Cuando observo un perro, puedo fijar mi atención en las orejas, en las patas, en el color de su pelaje, en el hocico, en su manera de caminar. Ahora bien, en nada de esto se evidencia el “ser perro” del perro. ¿Cómo se presta atención al “ser perro”, al carácter de perro que determina a este ser que estoy mirando?

     Es cierto que, así como digo “veo las orejas puntiagudas de este perro”, puedo decir también “veo que es un perro”. Sin embargo, ¿dónde veo semejante cosa? Es obvio que veo las orejas precisamente en las orejas y que veo el perro en el perro, pero no sé dónde veo el “ser orejas” ni el “ser perro”.

     Si pusieran un perro frente a mí y me preguntaran de qué se trata, diría que se trata de un perro. ¿Qué miraría para saber esto? Las orejas, el hocico, las patas, el pelaje. Mi vista se fijaría en estos rasgos y otros tantos. En algún momento, como por arte de magia, mi voz diría “es un perro”.



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Febrero


Publicado en la revista Río Arga


No te dabas cuenta de lo que hacías.

Tenías los pies encajados

en esos zapatos diminutos

y un vestido tan gris

como la madrugada.


Desapareciste

detrás de muros y ventanas

llevándote para siempre

entre los zapatos

un pedazo de aquella esquina.


Y sin darte cuenta

dibujaste con tu vestido

en el aire

un camino entre aquella noche

y estos versos. 



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